Analecta de las horas

Un caballo de guerra

La trama de la novela de Michael Norpurgo adquiere en el teatro un tono que, aunque dramático, roza lo fantástico y lo mejor de las emociones humanas: la amistad, el dolor, el coraje y la esperanza.

En muchas ocasiones —en realidad siempre que mi especie me brinda ocasión— he citado una de las frases de Jonathan Swift que me parecen más exactas: “Los caballos son mejores que los hombres”. Swift lo creyó al punto de que los hombres son harto parecidos a los yahoo que describe en los famosos viajes de Gulliver; siendo huésped de los caballos, estos le muestran a los yahoo, una raza que, de tan salvaje y grosera, solo puede ser “humana”:

“El caballo amo mandó a una jaca alazana, que era uno de los criados, a que desatase al mayor de aquellos animales y lo sacase al patio. Nos pusieron juntos a la bestia y a mí, y amo y criado compararon diligentemente nuestra fisonomía, repitiendo muchas veces, conforme lo hacían, la palabra yahoo. Es imposible pintar el horror y el asombro que sentí cuando aprecié en aquel animal abominable una perfecta figura humana”.

La nobleza del caballo es proverbial. Y al ver War Horse, la puesta en escena de la novela de Michael Morpurgo hecha por el Teatro Nacional de Londres (en la maravillosa proyección que el Lunario del Auditorio Nacional acaba de realizar), uno tiende a confirmarlo. La trama —que muchos ya conocíamos bien por la novela, bien por la película de hace apenas unos años— adquiere en el teatro un tono que, aunque dramático, roza lo fantástico y lo mejor de las emociones precisamente humanas: la amistad, el dolor, el coraje y la esperanza, una mezcla que la idiosincracia inglesa asume orgullosa.

A ello contribuye, sin duda, el hecho de que transcurra en el contexto de la Primera Guerra Mundial, la matanza que este año cumple un siglo de haberse iniciado. Véase ahí, en la Inglaterra embaucada por sus gobernantes en un conflicto definido como patriótico a pesar de ser claramente imperial, a un muchacho, Albert Narracott, que ve perder a su ser más querido, Joey, un precioso caballo que podría haber sido una buena bestia para arar de no ser porque tiene un buen porcentaje de pura sangre.

Joey —que, al igual que otros caballos-títeres a escala natural, nos hace sentir su imponente presencia durante toda la obra gracias al genio de la compañía sudafricana de marionetas Handspring Puppet Company— es llevado al continente europeo al combate. Era la época en que se estaba dejando atrás la guerra tradicional —donde la caballería jugaba un papel fundamental, lo mismo para el transporte que para el ataque de las tropas— para dar paso a la guerra mecanizada con todos sus nuevos horrores. Por siglos, el caballo estuvo listo para vérselas con espadas, armaduras, lanzas y ballonetas; poco a poco, sin embargo, fue conociendo cada vez más del “ingenio” mortífero del hombre con los fusiles y cañones, y siguió siendo medular en la movilización de los ejércitos hasta entrado el siglo XX.

La obra War Horse es en este punto muy clara, mostrándonos el desconcierto de los soldados ante armas como las ametralladoras o los tanques, cuyo uso comenzó a extenderse en estos años. ¿Qué puede hacer un caballo en este nuevo panorama apocalíptico? Mucho. Sobre todo, recordarnos la entereza, la supremacía que puede ganar la amistad en tiempos profundamente oscuros como los de esta conflagración mundial que tomó la vida de 10 millones de personas y dejó a muchas más en la miseria física y material.

Me llama la atención que la participación británica en la Primera Guerra Mundial se siga viendo, por parte de la clase gobernante de Inglaterra como un “auténtico momento nacional”, como “una guerra justa” que, en palabras del premier inglés Cameron, “se libró con un sentido de justicia ya que nuestros predecesores consideraron que sería perjudicial tener una Europa dominada por Prusia”.

Por supuesto, esta perspectiva no es compartida por los historiadores más serios de la misma Gran Bretaña. Y no tengo que ir a autores marxistas como Eric Hobsbawm, que decididamente la explican como un sangriento estratagema para el nuevo reparto imperialista del mundo; basta ver a la distancia el patrioterismo barato que puso en boga el gobierno inglés para enrolar a miles de jóvenes a los que se les hizo creer que defenderían a la gran Albión, cuando en realidad peleaban sin saberlo por las empresas inglesas y sus temibles “avanzadas de la civilización”, como eufemísticamente las llamó Joseph Conrad en uno de sus títulos.

En War Horse la muerte deambula a sus anchas y el horror de la contienda no tiene ninguna justificación. No tendría por qué tenerla salvo para los políticos ingleses de entonces y ahora que la mostraron como una empresa de interés nacional. La única guerra justa que se libra aquí es la del joven Albert por recuperar a su caballo Joey, viviendo diversos peligros y desastres. Y es el valor de ambos y su voluntad de reencuentro lo que anima este drama donde la guerra de fondo es la que permite ver la fragilidad de los caballos y del hombre (que deja atrás a los yahoo) ante la brutalidad y la muerte sin sentido.

ariel2001@prodigy.net.mx