Analecta de las horas

El "bullying" y los niños terribles

Cuando yo era niño —porque una vez lo fui, perdidamente— no había niños terribles en la escuela a la manera de Dargelos o Paul, los personajes de la novela homónima de Jean Cocteau. Es decir, nadie nos tiraba bolas de nieve al pecho (porque no había) ni formulaba literariamente el deseo de tener veneno: “...igual me gustaría —confiesa Paul en la citaba obra— tener un basilisco, una mandrágora, igual que tengo un revólver...”.

Pasaban, eso sí, situaciones de alerta máxima, con riesgo de muerte incluido, que hacían pensar precisamente en la conclusión de Cocteau:

“Al enfrentarse con un peligro de este tipo [de muerte], la infancia se divide entre dos posturas extremas. Sin sospechar lo profundamente anclada que se encuentra la vida y sus poderosos recursos, imagina enseguida lo peor; pero lo peor apenas le parece real a causa de la imposibilidad en que se encuentra de encarar la muerte”.

Porque lo que sí había en la primaria y la secundaria a las que fui, era un círculo de tres o cuatro “compañeritos” que eran, para decirlo con toda propiedad, unos auténticos e incontrolables hijos de la chingada que, me temo, crecieron y se convirtieron en esos tipos que hoy practican en los espacios de trabajo, en la calle, con sus parejas y con quien pueden, toda clase de abusos.

Tirar bolas de nieve no les atraía. Lo suyo era escupir a los gordos por gordos, a los flacos por flacos, y, en general, a los débiles y a quienes se salían de su estándar. Si eran fuertes y sabían imponerse, podían hacerlo solos, pero lo más común era que actuaran en grupo como lo hacen los más cobardes en todas las épocas de nuestro triste mundo.

Estábamos lejos de llamarle a todo eso bullying, pues por lo menos en esos tiempos no padecíamos esa fiebre por revestir de eufemismos y nombres políticamente correctos todas esas cosas que seguimos, en confianza, nombrando como son, por su denominación más directa. Así que no había un fulano que en la escuela practicara el bullying, sino más bien un fulano o varios que nos madreaba, humillaba y nos hacía conocer la impiedad más salvaje de muchas formas y a cada rato.

Lo que refiero, sin embargo, no era nada especial ni en mi escuela ni en la Ciudad de México. A muchos nos pasó o lo vimos de cerca, unas veces con impotencia y otras involucrándonos, ya como víctimas, ya como victimarios. Es bueno recordarlo: de niños (y no tengo que decir que luego de grandes) todos practicamos en alguna medida la crueldad. Hace muchos años leí una inteligente entrevista al escritor estadunidense Ray Bradbury, donde se le preguntaba sobre su visión ácida y negativa de la niñez. El novelista explicó:

“Yo soy un hombre amante de la vida, extremadamente sensible e incapaz de matar una mosca. Una vez, allá por mis 10 o 12 años, vi sobre una flor a dos bellísimas mariposas haciendo el amor. Tenían grandes alas sembradas de colores, como un antiguo caleidoscopio, y me sentí fascinado por su belleza. Sin embargo, una oscura curiosidad interior, una fuerza ancestral, destructiva y maligna, se apoderó de mí en aquel momento; las tomé entre los dedos y las maté. Hoy recuerdo aquello y siento escalofríos. ¿Cómo pude ser tan estúpidamente cruel y salvaje? La niñez es maravillosa, pero tiene un lado negro que se corresponde con los instintos destructivos del hombre, que existen siempre, pero que el adulto aprende a controlar. Sería terrible permanecer en la infancia toda la vida”.

El periodista le dijo que entonces, desde su punto de vista, Peter Pan sería una especie de monstruo. Bradbury asintió: “Un total y absoluto hijo de puta”.

Comprenderá el lector que cito todo esto para señalar mi indignación por la tragedia en la que un niño perdió la vida en Tamaulipas y por toda la violencia y abusos que cotidianamente se experimentan dentro de las escuelas mexicanas. Como a muchos, me horroriza que tenga que morir un niño para que
reflexionemos sobre el profundo deterioro que padece la sociedad, de por sí sumida en la violencia, y que ésta se apodere todos los días de los espacios escolares, donde se supone se forman los nuevos ciudadanos.

Me duele ese niño muerto y me pregunto si seremos capaces como país de remontar este salvaje estado de cosas, desbordado por completo. Y me desespera (aunque por momentos también me aburre) el uso político que algunos militantes le quieren dar a esta muerte, responsabilizando sin ton ni son a la SEP, al presidente Peña y al primer adversario que se cruza en sus delirantes cabezas. El tema no es solo cosa del gobierno y no se va a resolver de la noche a la mañana: la simiente de esta descomposición viene, siento decirlo, desde casa. Es ahí donde los niños aprenden sus primeros hábitos, donde se moldea su personalidad, donde aparecen o desaparecen para siempre ciertos valores. Luego la escuela, en teoría, hace la otra parte. Pero ya está visto que no la está haciendo, razón de más para exigir que la reforma educativa se profundice.

Gobierno y sociedad tendrán que trabajar muy en serio para evitar que más niños sigan siendo víctimas de la ausencia de las reglas más elementales de convivencia, que justamente entre la casa y la escuela no hemos sabido implantar.

Lo demás ya sabemos cómo puede ser: más y más chicos creciendo como en aquella isla atroz que retratara William Golding en su novela El señor de las moscas. No queremos, ¿o sí?

 

ariel2001@prodigy.net.mx