Analecta de las horas

Nuestro barroco

Los medios andarían muy extraviados si no visualizaran diversos hechos y procesos que desde el pasado vienen a explicar nuestro presente; cuando no lo hacen, son barrocos en el peor sentido: presuntuosos, caprichosos, exagerados y sin consistencia.

El barroco tiene una multitud de significados que lo hacen más lejano e inasible. Dada esa amplitud polisémica que lo mismo alude a un periodo artístico que a una condición exagerada, cuando no kitsch, me pareció muy estimulante ser invitado a participar en el Foro Iberoamericano de la Lengua Española en Zacatecas con el tema del barroco y los medios de comunicación.

Lo anterior supone que este periodo, que ocurrió básicamente en el siglo XVII, no solo consiguió verse a sí mismo sino que trascendió para seguir siendo observado desde los más diversos medios conforme éstos fueron desarrollándose. Debemos asumir que el barroco fue y es noticia cultural; por sí mismo y gracias a la atención que en los siglos posteriores a él se le siguió dispensando.

En su momento, logró que todos sus empeños artísticos difundieran ampliamente su luminosidad o incluso sus claroscuros; para la posteridad, alcanzó todas las cimas canónicas que valoramos e imitamos.

Su arquitectura transmitió una visión clásica pero renovada; su pintura y literatura supieron mirar la vida con otros ojos: ajustando o, si se quiere, haciendo más terrenales las expectativas generadas por el Renacimiento (más adelante, ya finalizando el siglo XVIII, Goya dirá que los sueños de la razón producen monstruos: "Cuando la razón dormita, los miedos despiertan, lo atávico se despereza, los temores primitivos nos poseen, las pesadillas plagadas de engendros y fantasmas, de seres imposibles y espectros que vagan errabundos nos invaden sin tregua...").

Así, los medios del barroco trabajaban en eso que los historiadores denominan el muy largo plazo, demostrándonos que su trascendencia efectiva supera, por ejemplo, toda la presuntuosa inmediatez que hoy conocemos y que solo sabe de ratings, likes y otros neologismos que nos hacen sentir comunicados o, por lo menos, informados de nuestra realidad.

Veamos algo que ilustra lo que señalo: por estos días, en La Haya, Holanda, se presenta una exposición muy singular: Autorretratos holandeses. Los selfies de la Edad de Oro, que consta de 27 obras de maestros como Jan Steen, Rembrandt y Carel Fabritius, entre otros.

Cada una de estas selfies no necesitó de un solo like para llegar hasta nosotros: cruzaron siglos con la pura certeza de su arte. En contrapartida, la inmensa mayoría de selfies de nuestro tiempo se pierden en el ciberespacio, donde mucho de lo que se crea se diluye instantáneamente. Así, no descubro nada nuevo si afirmo que nuestra era es mucho más efímera que la del barroco, que se constituye así como una época que nos enseña a perdurar.

Dice el español Manuel Arias Maldonado: "Nada como un buen aniversario para tener algo sobre lo que hablar: tal es la lógica del periodismo cultural contemporáneo, que cabalga el presente a lomos del pasado, en un movimiento sincopado cuya función más discernible es ir ordenando el canon cultural sobre la base de la efeméride".

Con otras estrategias, el periodismo cultural se convierte en el prisma desde el cual reinterpretamos el pasado, pero también en un espejo en el que éste se refleja. Aunque los medios trabajan con la historia del día a día, es obvio que andarían muy extraviados si no visualizaran diversos hechos y procesos que desde el pasado vienen a explicar nuestro presente. Cuando no lo hacen, son barrocos en el peor sentido; es decir, presuntuosos, caprichosos, exagerados y sin gran consistencia. Si se le añade que pueden estar pésimamente escritos, su talante barroco va al alza.

Entro así, como ya ven, a otra ruta que me sugiere el tema del Foro, una más provocadora porque me permite mostrar cómo el abultamiento, la exageración de nuestra realidad, de los sucesos que la componen, se ha convertido en el peor distintivo de algunos medios.

Esto ocurre frente a la mayoría de los temas y creyendo vivir un tiempo único, es decir, absolutamente original. Por ejemplo, maravillados por las tecnologías nos imaginamos estéril e imposible la existencia sin ellas. Nuestro barroco tecnológico hace imposible entonces ver el barroco artístico.

De inmediato se percibe un agobio irracional: en lo económico y lo político, de pronto nos planteamos estar al borde del apocalipsis. En el extremo de Leibnitz, "todo sucede para bien en este, el mejor de los mundos posibles" (de quien Voltaire se burló en su Cándido), asistimos al "todo sucede para mal en éste, el peor de los mundos posibles".

Si usamos un lente histórico más amplio, nuestro mundo, mutatis mutandis, se parece al del barroco: vivimos una gran depresión económica junto a una globalización extraordinaria, no sin maravillosos hallazgos científicos y técnicos; las artes y la cultura quizás no florezcan del mismo modo, pero es evidente que contamos con sellos distintivos y prestigiosos en todos los campos, y padecemos, desde luego, nuevas y viejas pestes como las guerras religiosas, los fanatismos y la intolerancia.

Pero nuestro barroco es más pobre si los medios de comunicación no nos ayudan a comprender y a interpretar críticamente nuestro pasado y así revalorarlo.

ariel2001@prodigy.net.mx