Analecta de las horas

El arte de vender arte

Al margen del ambiente de crisis financiera que se vive en muchas partes del mundo, el mercado del arte continúa su estallido hasta niveles que hacen dudar por momentos de toda racionalidad económica y estética.

Tras el éxito de Yayoi Kusama. Obsesión Infinita, que provocó numerosos empujones, interminables filas y hasta desesperados campamentos frente al Museo Tamayo para poder ingresar a la exposición, la pregunta obvia que muchos nos hicimos fue: ¿por qué tanta expectación, interés y hasta ansiedad colectiva por una obra tan simple en su discurso y tan obvia en su despliegue?

La mejor respuesta nos la dio una guía del propio museo que recurrió a la palabra clave para explicar la kusamanía que se vivió: marketing.

La habilidad —consciente o inconsciente, qué más da— de la señora Kusama para convertirse y promocionarse como “una de las artistas japonesas más relevantes de nuestro tiempo” me hizo pensar una vez más en los extremos falsos y engañosos del arte contemporáneo. El éxito de esta artista pasa por muchas facetas, pero no hay que perder de vista su “reclusión voluntaria” en una institución psiquiátrica, lo que no hace desde luego que su obra ronde ni por un segundo el art brut (piénsese, si de ello hablamos, en casos como el del mexicano Martín Ramírez, artista autodidacta, migrante, esquizofrénico, que vivió —y murió— por más de 30 años recluido en un hospital para enfermos mentales de California, en Estados Unidos).

No. Por lo que se ve, Kusama entra y sale de los psiquiátricos como entra y sale de un hotel de lujo. Pero la leyenda de sus trastornos prima sobre cualquier consideración crítica y entonces su obra adquiere ese halo de fascinación metafísica que sus apologistas pretenden excepcional.

Bien hecho. La Kusama, al fin y al cabo forma parte de ese boom espectacular que vive el mercado del arte desde hace unos años. En 2008, para no ir más lejos, Christie’s vendió una de sus obras en 5.1 millones de dólares, lo que según los expertos marcó un récord para un artista mujer con vida. No es de extrañar entonces que haya influido en artistas tan “interesantes” como Yoko Ono, ni que una parte muy productiva de su carrera la haya hecho en el terreno de la moda (fundó, a finales de los sesenta, la Kusama Fashion Company Ltd. Y luego “evolucionó” hasta el diseño, muy acorde con la oquedad del siglo XXI, de teléfonos con lunares rosas, y algunas otras sutilezas estéticas para Lancôme o Louis Vuitton).

Observando lo que ocurre, es claro que no deberíamos confundir jamás el ascenso del mercado del arte con el arte en sí mismo. Las ventas —de acuerdo con las estadísticas de Artprice— se van al cielo; el arte quién sabe. Leo un cable contundente al respecto: “El 2014 fue un año excepcional para las subastas de obras de arte en el mundo, que movieron un 26 por ciento más que el año anterior, y registraron un número récord de ventas superiores al millón de dólares”.

Al margen del ambiente de crisis económica que se vive en muchas partes del mundo, el mercado del arte continúa su estallido hasta niveles que hacen dudar por momentos de toda racionalidad económica y —lo que es más importante— estética.

En ese mundo de las subastas, China y sus nuevos ricos ya están por encima de Estados Unidos. Entre martillazos y pujas se movieron el año pasado 15 mil 200 millones de dólares, una suma que ya quisieran muchas naciones para salir de sus apuros financieros y que deja atrás los 12 mil 500 millones de dólares del 2013. En conjunto, el crecimiento de este mercado ha sido, según cálculos de la firma citada, de un 300 por ciento en una década.

Y como van las cosas, no será de extrañar que este 2015 las cifras del mercado del arte sigan su vertiginosa alza. Jactándose de los resultados, Thierry Ehrmann, presidente fundador de Artprice.com, cuyo informe ha sido realizado en colaboración con el conglomerado chino Artron, señala que este boom se acompaña con una tasa de invendidos del 37 por ciento en Occidente y 54 por ciento en China, que “demuestran la ausencia de especulación”.

Aunque se aclara que “las antigüedades, los bienes culturales anónimos y el mobiliario están excluidos de estas cifras”, suponer que todo esto transcurre sin especulación es hacer cuentas muy alegres.

La gigantesca burbuja del mercado de arte es esencialmente especulativa, si bien tiene reglas y características muy diferentes de las de otros valores. El momento de comprar o vender varía; las apuestas por tal o cual artista también. Los brokers de este negocio tienen además otro look, porque son algunos críticos, curadores, galeristas y, por supuesto, casas de subastas extremadamente sensibles, que se conmueven ante la belleza del arte de vender arte en millones de dólares. Sublime, en verdad.


ariel2001@prodigy.net.mx