Analecta de las horas

Waterloo también se olvida

El tiempo pasa y ni siquiera en las naciones “vencedoras” se recuerda Waterloo; la mayoría de la gente, según una encuesta dada a conocer recientemente, no tiene la menor idea de lo que ocurrió el 18 de junio de 1815.

Unos cruzan el Rubicón. Otros encuentran su Waterloo. Las enseñanzas de la guerra se han convertido en frases hechas: nos hablan de la intrepidez, la soberbia y los errores humanos; nos recuerdan acciones, hazañas, posibilidades diversas que la vida convertida en historia nos presenta.

Sin embargo, no es difícil que los hechos militares que les dieron origen a estas expresiones queden en el olvido. Así ocurre con Waterloo, 200 años después de aquel 18 de junio, el verano más triste y humillante que jamás hubiera podido imaginar el arrogante Napoleón Bonaparte. Francia, como era de esperarse, no acudió a los actos oficiales con que se conmemoró el bicentenario de la famosa batalla. El antecedente de que hace unos meses ya había rechazado la propuesta de Bélgica de acuñar una moneda de dos euros para conmemorar este aniversario, fue bastante claro como para suponer que desistiría de conmemorar la fecha.

Puede decirse que francamente no tenía por qué hacerlo, pero es obvio que otros países son más humildes en reconocer sus tropiezos militares, sobre todo porque no necesariamente se identifican ya con las causas o contexto que los produjeron. De cualquier modo, el tiempo pasa y ni siquiera en las naciones “vencedoras” se recuerda Waterloo, que aunque tiene una estación ferroviaria que lleva su nombre, la mayoría de la gente, según una encuesta dada a conocer recientemente, no tiene la menor idea de lo que ocurrió el 18 de junio de 1815 en aquellos campos de Bélgica. Lo dicho: las cosas que cambian al mundo se nos pierden en el tiempo y la desmemoria, y pasan a ser, cosa curiosa, simples expresiones, frases o hasta refranes.

Aun así, Waterloo, sin ser conmemorado por los franceses, significa en todas partes derrota total, caída desde los cielos de la gloria y, para cualquier efecto, subestimación del enemigo. La leyenda dice que el día de la batalla, frente a la coalición comandada por el Duque de Wellington, Napoleón dijo que el ataque le llevaría el mismo esfuerzo que tomar el desayuno. No es difícil que haya dicho tal cosa, pues su prepotencia y megalomanía lo había llevado en no pocas ocasiones a extremos insoportables.

Donde sí se recuerda Waterloo desde todos sus ángulos militares e históricos es en el museo Hermitage, de Ámsterdam, que presenta por estos días una macromaqueta de 33 metros cuadrados acerca de este episodio. Su artífice es Piet Prinsen, un holandés que durante casi 30 años ha reunido miles de soldaditos con sus uniformes de época para representar el paisaje inicial de la batalla (dantesco trabajo el suyo si se hubiera dado a la tarea de mostrar el paisaje perdonen el eufemismo, después de la batalla).

Es así como se pude comprender la guerra: una maqueta, un tablero donde los soldaditos perfectamente uniformados, blandiendo estandartes, disparando la artillería, representan elegantemente la carnicería final que alcanza toda batalla que se precie de serlo.

Pienso entonces en el Napoleón que consigue perfilar magistralmente Anthony Burgess en su inigualable Sinfonía napoleónica (Acantilado, 2015); un comandante frío pero delirante, que de pronto concibe con alguna certeza la condición humana: “Es importante no olvidar nunca que la línea que separa lo sublime de lo ridículo es muy delgada. Recuerdo claramente que me enseñaron eso cuando era cadete. Un hombre es un hombre, seiscientos cincuenta y cinco mil hombres son o una sublimidad estelar o una broma. Marchan, cargan..., son el movimiento mismo de los cielos. Retroceden, tienen disentería..., ah, qué cómico”.

Entre la grandeza y lo ridículo se construye lo tragicómico. Quizás por eso los miles de cadáveres van al olvido y quedan tan solo los “hechos históricos”, los abstractos vencidos y vencedores. Ir a la guerra es eso: aceptar empujar como bestia la rueda de la historia, hacerse invisible —aun sangrando— para que las banderas puedan ser izadas, los imperios caigan o permanezcan.

Napoleón fue hasta Egipto para ser contemplado por sus cinco mil años y llevarse un puñado de arena; conquistó Moscú y el general invierno lo derrotó sin mayor previsión; llegó a Waterloo y su decisión fatal fue perseguir a un ejército derrotado (el de Blücher) y confiar esa empresa al mariscal Grouchy, “un hombre —según el gran retrato de Stefan Zweig en sus Momentos estelares de la humanidad— medio, honrado, íntegro, recto, de confianza. Un jefe de caballería, nada más. No es un furibundo guerrero, vehemente y temerario, como Murat, ni un estratega... Ninguna cualidad visible le da fama y posición en el universo heroico de la leyenda napoleónica”.

En aquel instante, solo Grouchy hubiera podido salvar a Napoléon y al imperio, pero no lo hizo. Acató sus instrucciones sin eso que se llama capacidad de iniciativa, es decir, ciegamente. No supo reaccionar frente a las circunstancias y no pudo evitar la derrota de Waterloo. Menos aún que 200 años después cayera casi en el olvido.

 

ariel2001@prodigy.net.mx