Analecta de las horas

Enzensberger: memoria del desencanto /I

"Tumulto" es una sosegada obra en la que se pasa revista a muchas de las convicciones de una izquierda cuyo deambular histórico oscila entre la tragedia y la farsa.

El desencanto frente a lo que fue la Unión Soviética produjo innumerables páginas. Las primeras y más oportunas fueron en su momento no solo objeto de la incredulidad de los partidarios de la causa comunista sino, sobre todo, de inquisitorial rechazo y severa condena. Textos como Regreso de la URSS, de André Gide, señalaban el final de la ilusión comunista y anticipaban muchos de los horrores por venir, si consideramos que la visita y conclusiones del escritor fueron previas a los llamados procesos de Moscú, que revelarían finalmente el carácter totalitario y terrorista del Estado que se había instalado en Rusia en nombre de la emancipación proletaria.

Lo que vio Gide lo pudieron ver muchos otros que visitaron el paraíso comunista, pero no lo quisieron observar porque el grueso velo ideológico que llevaban consigo les impedía mirar más allá de la emoción que les producía visitar el país donde se había llevado a cabo la más grande gesta de liberación con la que podría soñar la humanidad, aquella que traería el fin de la explotación y la instauración de una sociedad en la que privarían la igualdad y los derechos más sagrados de los trabajadores y campesinos. Y si a eso añadimos que la visita era siempre guiada por los camaradas soviéticos, que les hacían conocer las facetas más benévolas del desarrollo y progreso del hombre nuevo, y que la lengua rusa se convertía en un gran obstáculo para recoger testimonios fidedignos, era imposible que volvieran de su visita a la URSS con impresiones negativas.

A finales de los años treinta, ni siquiera con la persecución criminal desatada contra los disidentes comunistas, no pocos de ellos partícipes decisivos de la Revolución de Octubre, muy pocos intelectuales levantaron su voz para denunciar cómo el socialismo que ahí se construía no era otra cosa más que un Estado totalitario.

El libro de Gide mostraba cómo el sueño comunista era en realidad una pesadilla, más terrible aun por cuanto surgía de los mejores ideales humanos. La valentía de Gide contrastaba con la mirada complaciente de otros como Pablo Neruda (que solo veía al camarada Stalin trabajar hasta muy altas horas de la noche por la revolución proletaria, como dice en un poema dedicado al tirano).

Cuando llevaron a Gide al hotel Sotchi, ejemplo del nuevo bienestar alcanzado por la clase trabajadora rusa, el escritor descubrió cómo los beneficiarios de estas instalaciones turísticas era gente privilegiada: "En general se favorece a los más meritorios, pero a condición de que estén conformes, bien 'en la línea', y solo éstos se beneficiaban de las ventajas". Y alrededor de los admirables sanatorios y casas de reposo de Sotchi, el autor encontró que los obreros dedicados a la construcción de un nuevo teatro se alojaban "en campamentos sórdidos".

En materia de igualdad, supuestamente aquello que debería enorgullecer más a los soviéticos, Gide no lo encontró por ningún lado; antes al contrario, advertía con gran sentido común que las diferencias sociales estaban "acentuándose en lugar de atenuarse. Temo que pronto vuelva a formarse una nueva especie de burguesía obrera satisfecha (y por ende conservadora)".

Acerca de las libertades le inquietaba profundamente una ley contra el aborto que se acababa de aprobar: "¿Se justifica esta ley en cierto sentido? Responde a deplorables abusos. ¿Mas, qué pensar, desde el punto de vista marxista,
de aquélla más antigua contra los homosexuales, que al asimilarlos a contrarrevolucionarios (porque el no-conformismo es objeto de persecución hasta en las cuestiones sexuales) los condena a deportación por cinco años, con renovación de la pena si no se corrigen por el destierro?"

Hans Magnus Enzensberger viajó a la URSS por primera vez en 1963, en el marco de un encuentro de intelectuales de esos que en medio de la guerra fría buscaban "salvar, al menos en el terreno de la cultura, los abismos entre los bloques enemigos". Ya iba alertado sobre la experiencia comunista, para empezar la que tenía lugar en el lado oriental de su patria alemana, pero le atrajo la idea de viajar a Leningrado. Ese es el comienzo de los muchos años más tarde constituiría una memoria sobre sus visitas a la URSS (volvería en 1966), una visita a Camboya y Cuba, así como algunas de las revueltas del 68 que miró con escepticismo.

Todas estas miradas quedan reunidas en Tumulto (Malpaso, 2015), sosegada obra en la que pasa revista a muchas de las convicciones de una izquierda cuyo deambular histórico oscila entre la tragedia y la farsa.

ariel2001@prodigy.net.mx