Analecta de las horas

Siglo y medio con Alicia

Solo un personaje tan libre y refrescante como ella podía burlarse sutilmente de los convencionalismos y del autoritarismo de la era victoriana; es una niña british, pero justamente por eso puede desplegar un singular sentido común.

Para Catalina y Guillermo

 

Considerando todo lo considerable, tuve una infancia feliz. Esto es verdadero en tanto que observo cómo la desdicha se coló en tantas tiernas existencias. Por momentos evalúo, sin embargo, que la carencia de algunas lecturas define en cierto modo qué tan infelices fuimos o somos. Así que aunque fui un niño razonablemente feliz, ahora supongo que pude serlo más si hubiera tenido cerca o presente a Alicia.

Sería como hasta los 17, cuando yo estaba a punto de estrenar oficialmente a la edad adulta, que leí durante dos tardes Alicia en el país de las maravillas, en esa modesta pero bella edición de Alianza Editorial, con la traducción de Jaime de Ojeda y los dibujos que originalmente había preparado para el libro John Tenniel. ¿Qué más podía pedir? Tarde, pero estaba reparando un déficit con el que, pensaba, no podría dejar atrás plenamente mi niñez. Era, desde luego, una idea ridícula, porque lo primero que descubrí es que era un libro que fingía ser “para niños”; me reconfortó entonces emprender su lectura a destiempo. Ahora mismo, más de treinta años después, lo vuelvo a abrir y descubro de nuevo que nunca soy lo suficientemente maduro como para releerlo como quien lee un texto infantil. Sé que es, como todo buen libro “para pequeños”, profundamente inteligente, achispado y exigente, demostrativo de todos —los únicos caminos— que tiene la gran literatura y su disfrute a cualquier edad y en cualquier época.

Paradójicamente, Alicia en el país de las maravillas comienza donde termina la mala literatura: en el aburrimiento. Recordemos: “Alicia estaba empezando ya a cansarse de estar sentada con su hermana a la orilla del río sin hacer nada: se había asomado una o dos veces al libro que estaba leyendo su hermana, pero no tenía ni dibujos ni diálogos, y ¿de qué sirve un libro si no tiene dibujos o diálogos?, se preguntaba Alicia”.

Como se sabe, todo se originó una tarde de verano en la que el diácono anglicano Charles Lutwidge Dodgson, hoy conocido como Lewis Carroll, efectuó un paseo en barca por el Támesis con una preciosa compañía: las tres hermanas Liddell: Lorina, de trece años; Alicia, de diez, y Edith, de ocho. Fue ahí que, atendiendo la petición de estas niñas para que les contara un cuento, Carroll pergeñó la historia que más tarde daría forma a Alicia en el país de las maravillas.

La obra, publicada en 1865, tuvo tal éxito que Carroll debió preparar una segunda parte, Alicia a través del espejo, editada en 1871. Jaime de Ojeda dice que “esta popularidad y ese interés se derivan de lo que Alicia tiene de ejercicio onírico: es el sueño de toda una cultura, el libre deambular de mecanismos dispersos de una ideología histórica caracterizada por su autodisciplina y una formidable represión de instintos”.

Solo un personaje tan libre y refrescante como Alicia podía burlarse sutilmente de los convencionalismos y aun del autoritarismo de la era victoriana. Alicia es una niña perfectamente british, pero justamente por ser una niña cabalmente educada puede desplegar un singular sentido común ante situaciones riesgosas como el proceso en la corte de la Reina de Corazones.

“Regla Número Cuarenta y Dos: todas las personas que midan más de una milla de altura habrán de abandonar la sala”.

Todos miraron a Alicia.

“Pero ¡si yo no mido una milla de altura!”, dijo Alicia.

“¡Ciertamente que sí!”, declaró el Rey.

“Casi dos millas”, añadió la Reina.

“Pues lo que es yo, no me marcharé en ningún caso”, anunció Alicia. “Además, esa regla no vale porque se la acaba de inventar usted”.

“Es la regla más antigua de todo el libro”, aseguró el Rey.

“Entonces sería la primera y no la cuarenta y dos”, acusó Alicia.

La naturalidad y cortesía con que mantiene los diálogos más inverosímiles con gatos, tortugas, conejos o grifos inaugura también una libertad imaginativa de la que se van a servir innumerables escritores en años posteriores. Qué tanta influencia tuvo en diversas corrientes literarias y autores es, por supuesto, siempre discutible;
pero es un hecho que su originalidad trascendió notablemente y llega hasta la psicodelia o el dadaísmo.

La repercusión de la historia de Alicia, por lo demás, sobrepasa el plano literario y llega fácilmente a la lógica, las matemáticas, la ciencia o el ajedrez. Para mí, el libro de Carroll es un viaje y un juego que se intercalan y ordenan a través de la inteligencia inocente, pero profunda, de Alicia. El diálogo que siento que me ha acompañado luego de la lectura es el que sostiene nuestra heroína con el Gato de Cheshire:

“¿Me podrías indicar, por favor, hacia dónde tengo que ir desde aquí?”.

“Eso depende de a dónde quieras llegar”, contestó el gato.

“A mí no me importa demasiado a dónde...”, empezó a explicar Alicia.

“En ese caso, da igual hacia dónde vayas”, interrumpió el Gato.

“... siempre que llegue a alguna parte”, terminó Alicia a modo de explicación.

“¡Oh! Siempre llegarás a alguna parte”, dijo el gato, “si caminas lo bastante”.

Alicia lleva siglo y medio preguntándose y preguntándonos cosas en apariencia muy simples. No obstante, son esas sencillas cosas las que toda la vida buscamos responder.

 

ariel2001@prodigy.net.mx