Analecta de las horas

Shakespeare 450

Parece haberlo dicho todo sobre la vida: el poder, el amor, la amistad, los celos, la gracia, la ambición, la locura... Y si no lo dijo todo, la certeza de que lo ha insinuado es abrumadora

No es el aniversario más redondo, ni tampoco el más celebrado en términos estrictos, pero en todo el orbe la huella deslumbrante de William Shakespeare —de quien recordamos casi el medio milenio de su nacimiento— está presente. Una lectura por aquí, una representación por allá y en muchos casos, en ciudades muy diversas, procesiones, juegos, fiestas, teatro callejero, publicaciones y extensos programas culturales dedicados al inmenso autor son registrados cotidianamente por la prensa cultural.

Samuel Johnson, quien colocó en el siglo XVIII la obra de Shakespeare en el merecido templo ante el que hoy nos santiguamos, escribió en su Prefacio a Shakespeare:

“Algunos parecen admirar indiscriminadamente cualquier cosa preservada por el tiempo, sin tener en cuenta que, en ocasiones, el tiempo coopera con la suerte. Todos ellos están acaso más dispuestos a honrar las excelencias del pasado que las del presente, y sus mentes contemplan el genio a través de las sombras de la edad, como los ojos escudriñan el sol a través de un artefacto oscuro. El objetivo principal de la crítica es encontrar los defectos de los modernos y las virtudes de los antiguos: mientras un autor está vivo juzgamos su capacidad por la peor de sus actuaciones, y cuando está muerto, por la mejor”.

En el caso del genio de Stratford-upon-Avon, su probada trascendencia secular no hace sino volver a poner en claro el por qué de su permanencia: confirma que su arte no fue nunca un fenómeno local, ni tampoco una tendencia isabelina. Las razones de ello tienen que ver con una proximidad a lo humano que reconocemos universalmente; de esto también el gran crítico Johnson, quien realizó la primera gran lectura moderna de nuestro autor, da aviso en el Prefacio que antes hemos citado:

“Sus personajes no están moldeados según los usos de lugares concretos sin vigencia en el resto del mundo, ni por la peculiaridades del oficio o del estudio que solo se manifiestan en unos pocos, ni por las contingencia de modas pasajeras y opiniones circunstanciales: son hijos legítimos de una humanidad común, tal como el mundo siempre nos los proporcionará y en la forma en que nuestros ojos siempre podrán encontrarlos”.

Gracias a ese talante verdadera y profundamente universal es como Shakespeare se abre paso a través de los siglos. El autor de Hamlet podría prescindir tranquilamente de aniversarios y homenajes, y de todas formas lo tendríamos —como lo tenemos— muy presente todo el tiempo, en sinnúmero de referencias que hace ya bastante tiempo rebasaron el valor intrínseco de su aportación literaria. Es decir, su proyección cultural es inmensa y ubicua: en el cine (con todo y las deformaciones estúpidas con las que coquetea Hollywood), obviamente en el teatro, la poesía, la danza, el ensayo y en todo.

Parece haberlo dicho todo sobre la vida: el poder, el amor, la amistad, los celos, la gracia, la ambición, la locura... Y si no lo dijo todo, la certeza de que por lo menos lo ha insinuado es abrumadora. Un arte total ante el cual siempre nos rendiremos.

En el siglo XX, el crítico que más entusiasmo ha tenido alrededor de su obra es Harold Bloom; de algún modo él ha sido una especie de Samuel Johnson moderno, el gran guía que es capaz de llevarnos de la mano por todos sus grandes hallazgos y complejidades. En su célebre El canon occidental, Bloom explicó por qué Shakespeare y Dante están en el centro de su perspectiva crítica, en el corazón mismo de su canon: “Porque superan a todos los demás escritores occidentales en agudeza cognitiva, energía lingüística y poder de invención”.

¿Eurocentrismo? Tal vez. Pero uno muy consecuente con los valores más profundos de la creación literaria. “Shakespeare —escribe Bloom— es al mundo de la literatura lo que Hamlet es al dominio imaginario del personaje literario: un espíritu que lo permea todo, que no puede ser confinado”.

El pretexto para leerlo, releerlo, citarlo, disfrutarlo en cualquier nivel, conmovernos con sus invenciones que hablan tanto de la realidad y de la vida, está dado. Los primeros 450 años de Shakespeare prometen milenios.

 

ariel2001@prodigy.net.mx