Analecta de las horas

El cráneo de Shakespeare/ I

Si alguien profanó la Iglesia de la Sagrada Trinidad en Stratford-upon-Avon para llevarse la calavera de William Skakespeare hace doscientos años, seguro nunca imaginó que lo vendríamos a confirmar en el 400 aniversario de su muerte.

Perder la cabeza es una expresión perfectamente asimilada por todas las culturas. Alude a perder los cabales, enloquecer o incapacitarse intelectualmente por alguna circunstancia. Lo común es perderla en sentido figurado, aunque desde luego también sobran, históricamente y hoy mismo, los ejemplos de quienes en la guerra o diversos actos de violencia (México sabe mucho del tema desde hace unos años) la pierden a manos de verdugos inclementes.

La decapitación, por lo demás, fue durante siglos norma de muchas naciones, aunque hoy sigue siendo practicada de modo oficial por algunos estados y de forma digamos extralegal por parte de grupos terroristas y criminales; desde el Estado Islámico hasta Los Zetas, pasando por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, cortar cabezas es, más que una hórrida afición, una demostración del nulo valor que tiene la vida de los adversarios para ciertas agrupaciones criminales.

Sin embargo, también se pierde la cabeza de otras formas. En el Japón feudal y todavía ahora, si bien de modo excepcional, forma parte del Seppuku, donde uno, con toda dignidad –por honor o por deshonra– debe cortarse el vientre mientras alguien más (generalmente un familiar o amigo) le desprende la testa con una katana. Es el suicidio ritual más impactante que se conoce, y está ligado a un código de ética que sólo guerreros como los samurái pudieron crear.

Ahora bien, pedir la cabeza de alguien es otra cosa. Quiere la misoginia bíblica que Salomé sea una de las pioneras en el arte (ya muy vulgarizado en las esferas burocráticas y políticas) de solicitar al poderoso la cabeza de alguien. Como se sabe, el pobre Juan Bautista, impelido por sus convicciones religiosas (pura moralina de la ley judía) se oponía a que Herodías, mujer divorciada, contrajera matrimonio con Herodes Antipas. El novio resolvió el incordio mandándolo al calabozo, si bien no tenía intención de asesinarlo puesto que temía que la popularidad de Juan Bautista se convirtiera en rebelión.

Cuenta la Biblia que en la fiesta de cumpleaños de Herodes, Salomé interpretó una danza deslumbrante (misma que en la obra de Oscar Wilde no pudo ser menos que sicalíptica), y a tal punto fascinó a Herodes que le concedió a la joven la realización de cualquiera de sus deseos. ¿Y qué pidió la pecadora? La cabeza del buen Juan en una charola de plata, para que no desmereciera el obsequio. En la obra de Wilde también queda claro, desde luego, que fue el rechazo de Bautista a la impenitente lo que provocó tan perverso deseo.

Pero perder la cabeza post mortem, y ya cuando se supone que los restos del difunto "descansan en paz", es otra cosa. Apenas el año pasado nos enteramos que el cráneo de Friedrich Wilhelm Murnau, el inolvidable director de cine alemán, famoso por su obra maestra Nosferatu, había desaparecido de su tumba en el cementerio de Stahnsdorf, en las cercanías de Postdam de Berlín.

El responsable del cementerio, Olaf Ihlefeldt, dijo entonces: "Supongo que la puerta de la bóveda la abrieron con un alambre... y cuando abrimos el ataúd y constatamos que le faltaba la cabeza sufrimos un shock". Y otro tanto debieron sentir cuando la policía expresó su sospecha de que el robo se había efectuado para la realización de un rito, puesto que se hallaron restos de cera cerca de la tumba.

Pues bien, dentro de todos estos asuntos –indudablemente capitales– queda abierta la posibilidad de que algo similar haya ocurrido con el cráneo de William Shakespeare hace más de 200 años.

Mi inquietud y la de todos los lectores del genio inglés crece luego de leer un cable que da cuenta de la investigación de un grupo de arqueólogos en ese sentido. Y aunque la noticia (sospecha, para ser más precisos) ya había sido publicada por una revista en el año 1879 (y en la que se planteaba que el cráneo había sido robado desde 1794 por "cazadores de trofeos"), es hasta ahora que con las nuevas tecnologías es posible descubrir si esto es cierto.

El cable de la agencia EFE que cito, señala que "el grupo de expertos empleó un radar de penetración de tierra (georradar) para poder investigar el contenido del interior de la sepultura, en la iglesia Holy Trinity Church, de la localidad inglesa de Stratford".

Y bueno, sin hacer tanto desorden con la tumba y menos aún con los restos del autor de Macbeth (como el que hicieron los españoles para dar supuestamente con los huesos de Cervantes), los estudiosos, por boca del arqueólogo Kevin Colls, de la Universidad inglesa de Staffordshire, concluyeron algo espeluznante:

"Tenemos la sepultura de Shakespeare con una extraña alteración en la parte de la cabeza y tenemos una historia que sugiere que en algún momento alguien vino y se llevó el cráneo de Shakespeare".

Y si alguien profanó la Iglesia de la Sagrada Trinidad en Stratford-upon-Avon para llevárselo hace doscientos años, seguro nunca imaginó que lo vendríamos a confirmar en el 400 aniversario de su muerte.

ariel2001@prodigy.net.mx