Analecta de las horas

Ritos, misterios y métodos

Trabajar y trabajar es la regla del éxito, venga o no en vida; pero predomina el escritor que necesita condiciones muy especiales para la realización de su obra

Puede o no existir la inspiración —el debate es infinito— pero es un hecho que siempre se la pone en duda o se la confirma a través de un tiempo y un espacio en el que el artista, científico o escritor trabaja. Tanto si es la suma de muchas horas de esfuerzo o si se presenta de forma mágica, precisa de un marco para que se concrete, unos hábitos o rutinas que la hagan posible.

A ese respecto cada intelectual tiene los suyos. Y lo que nos revela una obra como la que he estado leyendo, Rituales cotidianos. Cómo trabajan los artistas, de Mason Currey (Turner, 2014), es que algunas cosas son compartidas por muchos creadores y otras más son absolutamente singulares, demasiado íntimas y hasta extrañas e inverosímiles.

Una gran mayoría se inclina por la disciplina matutina y los paseos o actividades recreativas por la tarde y noche, pero las dinámicas, dietas y estímulos para su producción varían considerablemente. Pero hay quienes traspasan horarios convencionales, como el novelista Thomas Wolfe, quien además de empezar a escribir a medianoche tomaba grandes cantidades de café y té, mientras acariciaba sus genitales, algo que le daba a su prosa “asombrosa rapidez, facilidad y seguridad”.

Antes de que se pusiera de moda entre ciertos ejecutivos y hombrecillos de negocios trabajar desde la cama (una revista dominical me puso al tanto de ello), ya Patricia Highsmith gustaba de llevar hasta sus aposentos, de acuerdo con su biógrafo Andrew Wilson, “cigarrillos, cenicero, fósforos, una jarra de café, una rosquilla y un azucarero” en posición “casi fetal”. La mirada de Mason Currey no trasciende el mundo de los artistas y escritores anglosajones y europeos, porque de lo contrario hubiera tenido que incluir entre los más célebres practicantes de la creación literaria sin salir de cama al novelista uruguayo Juan Carlos Onetti, cuyo camastro forma parte fundamental del Museo del Escritor en Madrid. Voltaire, filósofo iniciático de este rito donde las palabras y las reflexiones más agudas surgen de entre las sábanas, habría sonreído satisfecho.

A pesar de sus limitaciones anglo o eurocentristas, el libro de Mason Currey es una delicia que se deja disfrutar en cada página, sin seguir incluso ningún orden, puesto que se lo puede leer según los intereses y antojos más diversos. Al final, toda la obra constata la máxima de Pritchett: “Más tarde o más temprano resulta que todos los grandes hombres se parecen. Nunca paran de trabajar. No pierden ni un minuto. Es muy deprimente”.

Trabajar y trabajar. Esa es la regla del éxito, venga o no en vida. Sin embargo, predomina el escritor que necesita condiciones muy especiales (silencio absoluto, campiña o mar de paisaje, ninguna interrupción, asistentes, etcétera) para la realización de su obra. ¿Qué habría sido de Jane Austen si no se la hubiera liberado de las tareas domésticas? Quizás solo una costurera dedicada. ¿Qué habría sido de Flaubert sin el criado que lo despertaba todas las mañanas a las diez y sin la complacencia de su familia, cuya vida gravitaba en torno de la suya? Acaso un pequeñoburgués cualquiera. Por eso llama más la atención la prisa y la presión con la que trabajaba un Mozart (para dar paso lo mismo a sus composiciones que a sus encuentros amorosos), la miseria de Marx o los horarios suicidas y excesos etílicos de artistas como Henri de Toulouse-Lautrec (“espero haberme quemado antes de los cuarenta”). Por supuesto, también priva el orden dentro del (aparente) desorden, lo que puede configurar hasta un misterio, como los horarios de trabajo de Samuel Johnson. El reverendo Dr. Maxwell dice:

“Yo lo visitaba a eso de las doce, y con frecuencia lo encontraba acostado, o discurseando frente a su té... Generalmente recibía visitas por la mañana, sobre todo hombres de letras... Nunca pude descubrir cómo encontraba tiempo para sus composiciones. Discurseaba toda la mañana, luego se iba a almorzar a una taberna, y muchas veces se quedaba allí hasta tarde; después tomaba el té en casa de algún amigo, donde holgazaneaba largo rato, pero rara vez cenaba. Me figuro que debía de leer y escribir principalmente por la noche, pues no recuerdo que jamás se negara a ir conmigo a una taberna”.

Pero ni hablar, los metódicos de buena cuna ganan la partida. La estadística que podría surgir del libro de Currey es en ese punto irrebatible.

Ahora bien, por lo que se puede ver también estadísticamente, la literatura y otras artes deben más al café que a cualquier musa. Beethoven lo hizo su desayuno básico (cada taza, decidió, debía tener sesenta —y solo sesenta— granos por taza), y otros más, como Kierkegaard, simplemente no funcionaban sin unas buenas tazas de este néctar.

Del alcohol no tendríamos espacio aquí para enumerar los (supuestos) milagros y desastres (reales) operados sobre la producción de grandes artistas y escritores, pero entre los creadores considerados en el libro de Currey ganan los buenos muchachos que practican la disciplina y el orden cotidiano. Aun así, el whisky, el ajenjo o el jerez chorreaban en diferentes cantidades durante las jornadas productivas de personajes como Jackson Pollock, Edmund Wilson, Truman Capote o John Cheever.

Las rutinas, agendas y horarios del artista son, en todo caso, una formalidad. Quizás por eso el mismo Currey dispuso al final de su libro la certera reflexión de Bernard Malamud: “No hay un método único; existen demasiadas habladurías sobre este tema. Uno es quien es, no Fitzgerald ni Thomas Wolfe. Uno escribe sentándose a escribir... El verdadero misterio por descifrar es uno mismo”.


ariel2001@prodigy.net.mx