Analecta de las horas

Revolucionarios en la Ciudad de México

Zapatistas y villistas descubrirán en 1914 que el poder no radica en una silla ni en un edificio; encontraron que sin un proyecto más amplio su lucha no puede sino estar condenada al aislamiento y más tarde a la derrota.

Diciembre de 1914. Por los rumbos de Xochimilco entra el Ejército Libertador del Sur. Son zapatistas de los de antes, rotundamente auténticos. No llevan pasamontañas. No se les hubiera ocurrido: su lucha, de tan legítima que la sienten, precisa dar la cara en todo momento, como su dirigente, Emiliano Zapata, hombre de mirada recia y rostro altivo. No juegan a inventar una causa: la tienen y es muy clara. La reivindicación de su derecho a la tierra.

Nacidos en comunidades que han vivido la constante desintegración y explotación por parte de las grandes haciendas, no hacen sino reclamar lo que históricamente les pertenece. Han luchado, primero, contra Porfirio Díaz, pero después han terminado enfrentados a Madero, apóstol de la democracia quien, sin embargo, no entiende su causa. Más que una anécdota (relatada por diversos historiadores), el encuentro de Madero y Zapata estuvo marcado por la incomprensión del primero: “¿Y qué van a repartir?”, preguntó don Francisco. Y se contestó él solo: “Porque uno reparte lo que es de uno”.

Y buscando repartir lo que, según Madero, no era de ellos, los zapatistas tuvieron que luchar contra él (muy poco) y contra el que lo traicionó: Victoriano Huerta. Y más tarde, contra otros que, siendo revolucionarios, tampoco entendieron los que había animado a estos campesinos del sur a empuñar las armas. En ese mismo horizonte de desencuentros coincidirán con Pancho Villa. Y dominando momentáneamente la escena militar nacional, villistas y zapatistas entran triunfantes a la Ciudad de México.

La iconografía del momento es legendaria: zapatistas desayunando en un Sanborns, acampando en Xochimilco; Zapata y Villa en la silla presidencial (“pa´ver qué se siente”, dijeron); zapatistas y villistas paseando por la ciudad disfrutando del sueño de la victoria. Y era un sueño: ocupar Palacio Nacional, se enterarían después, no era precisamente tomar el poder. Que los hilos de éste se encuentren de momento sueltos no quiere decir que dos ejércitos campesinos, sin un proyecto más allá de la repartición de la tierra o de la justicia y la libertad en abstracto, puedan hacerse de ellos. En realidad, el poder político les resultará inalcanzable, a pesar de que militarmente han conseguido imponerse en esta coyuntura. Alcanzar el símbolo del poder no es suficiente, y quien mejor describe esa distancia es Adolfo Gilly en su muy recomendable La revolución interrumpida, una obra que se ganó de inmediato la admiración de Octavio Paz.

Zapatistas y villistas descubrirán en 1914 que el poder no radica en una silla ni en un edificio. Encontrarán que sin un proyecto más amplio su lucha no puede sino estar condenada al aislamiento y más tarde a la derrota. Como en efecto ocurrirá luego a partir del asesinato de los dos caudillos.

Traigo a cuento ese momento crucial por la exposición 1914, el año decisivo. Villa y Zapata en la Ciudad de México, que se inauguró hace unos días en la Galería Abierta de las Rejas de Chapultepec. Se trata de un viaje a ese sueño que consigue materializarse solo formalmente, pero no de modo institucional. Y todo eso queda reflejado en las 114 fotografías provenientes de diversos archivos del Instituto Nacional de
Antropología e Historia que, junto con la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México, montan esta muestra.

Miguel Ángel Berumen, curador de la muestra, ha realizado un extraordinario trabajo que logra mostrarnos toda la incredulidad y sorpresa que sintieron los habitantes de la Ciudad de México con la llegada de zapatistas y villistas.

El mundo, por su parte, observa cómo la Primera Guerra Mundial va involucrando cada vez a más naciones. Increíblemente, México será invitado por Alemania, pocos años después, a participar del conflicto a través del famoso telegrama Zimmermann (en el que el Imperio alemán plantea que México ataque a Estados Unidos con la eventual recompensa de recuperar los territorios que nos fueron arrebatados en el siglo XIX). “No, gracias, ya lo hizo Pancho Villa”, pudo ser la respuesta mexicana (el telegrama fue de enero de 1917 y el ataque de Villa a Columbus fue en marzo de 1916).

Combatientes de una revolución dispersa, inacabada y frustrada en más de un sentido, zapatistas y villistas comparecen en esta gran exposición en el mismo Paseo de la Reforma que alguna vez los vio pasar.

 

ariel2001@prodigy.net.mx