Analecta de las horas

Refugiados y memoria

Es muy penosa la amnesia histórica en países como Polonia, Hungría, Serbia, Croacia, Eslovaquia y la República Checa, que fueron castigados por la guerra, la persecución y el desplazamiento de sus habitantes durante el siglo XX.

Una de las cosas por las que simpatizo con la Fundación del Español Urgente (Fundéu BBVA) es porque cada año —desde hace tres— elige una palabra para distinguir el periodo que acaba de finalizar. Al 2015 correspondió, de acuerdo con estos defensores del idioma, la palabra refugiado. Y no hubo, ni puede haber, ningún cuestionamiento a dicha elección porque, efectivamente, se trata de la palabra que más estuvo en los noticiarios, en la conciencia y agenda de las organizaciones humanitarias y, en suma, en la conmoción e indignación colectivas.

Junto a esta palabra, una imagen que le dio la vuelta al mundo: un guardia recogiendo en una playa el cuerpo sin vida de un pequeño refugiado que no alcanzó a llegar a ninguna orilla.

La Fundéu BBVA tuvo claro que en Europa "la crisis de los refugiados, su tragedia, ha sido noticia a lo largo del año y es muy probable que lo siga siendo mientras las causas que desencadenan la huida de millones de personas de Siria, Irak, Libia y otros países no cesen".

Y como desgraciadamente todo apunta a que 2016 siga siendo un año dramático a este respecto, vale la pena considerar de nuevo la diferencia de significado entre refugiado e inmigrante que establece la misma fundación:

"Inmigrante es todo aquel que llega a un país para establecerse en él. Si nos referimos a esta persona desde la perspectiva no de quien entra en un país, sino de quien abandona el propio, estaremos hablando de emigrante.

"Y migrante es un término más general que incluye a ambos y es más frecuente en el español de América.

"Desde un punto de vista lingüístico, y con independencia de la definición precisa establecida en derecho internacional, un refugiado es aquel que 'se ve obligado a buscar refugio fuera de su país a consecuencia de guerra, revoluciones o persecuciones políticas'".

Me detengo en la precisiones, porque las vamos a necesitar —y mucho— para lamentar y luego condenar la forma en que parte de las sociedades y gobiernos europeos han dado la espalda a los principios elementales del humanitarismo y pretenden burlar incluso acuerdos formulados por la Unión Europea que establecieron cuotas de recepción de refugiados para que el problema no recayera en unos cuantos países (Alemania, especialmente).

Es muy penosa y triste la desmemoria y amnesia históricas, sobre todo en países que, como Polonia, Hungría, Serbia, Croacia, Eslovaquia y la República Checa, fueron castigados por la guerra, la persecución y el desplazamiento de millones de sus habitantes durante el siglo XX.

Mostrándose como la parte más atrasada de la Unión Europea, buscan ignorar o desconocer los acuerdos de Bruselas (las cuotas para recibir refugiados) y hasta han presentado (Eslovaquia y Hungría) recursos legales para resistirse a ello. Entre tanto, el presidente checo, Milos Zeman, habla de la "invasión organizada" que sufre, según él, Europa, y en su patanería declara que los sirios deberían quedarse a pelear contra el Estado Islámico.

Otro tanto ha apuntado Witold Waszczykowski, el canciller polaco, mientras que el partido gobernante en Hungría advierte que permitir la entrada de los refugiados significará "la erradicación de los fundamentos cristianos de la civilización europea".

Más lejos van los conservadores polacos, ahora gobierno, de Ley Justicia (PiS), una formación política retrógrada enemiga del aborto, amiga de la fuerza y el "orden" que desprecia y hasta ha buscado prohibir obras como la de la nobel Elfriede Jelinek por su talante feminista.

Según Jaroslaw Kaczynski, el protofascista líder del PiS, los refugiados han provocado brotes de "cólera en Grecia" y "disentería en Viena", además de traer consigo "parásitos que portan enfermedades contra las que están inmunizados en sus países pero no en Europa". Así, este exaltado católico se presume defensor de la tradición en Polonia frente a los extraños intereses que está haciendo suyos la Unión Europea.

Toda esta franja de la Europa del Este que ha venido decepcionando al mundo con su actuación frente a los refugiados, se ha beneficiado en diversas ocasiones de la solidaridad internacional. Han recibido apoyo, ayuda humanitaria en medio de conflagraciones como la Segunda Guerra Mundial o, más recientemente, el conflicto armado en Bosnia; los padres o familiares de ese tal Kaczinskiy Zeman, así como todo el flanco ultraderechista que representan en el Este de Europa, probablemente se alimentaron en algún momento de las latas que de todas partes del mundo fueron enviadas en momentos durísimos de su historia (o no: quizás estos señores descienden de los colaboracionistas que recibieron a los nazis como héroes).

Desde luego, no habría que confundir a estos gobernantes con sus pueblos, pero es claro que la apuesta de la ultraderecha europea es por la desmemoria y el rechazo a la palabra "solidaridad".

En la superficie, el tema son los refugiados, pero en el fondo la cuestión es el futuro de la Unión Europea y los valores que la seguirán (o no) sustentando.

ariel2001@prodigy.net.mx