Analecta de las horas

Premios y diálogo con el poder

La importancia de un galardón no radica en su monto, sino en el prestigio que conlleva y que proviene de la calidad de las obras reconocidas; los otorgado por las grandes editoriales son grandes operaciones de marketing.



Cuestionaba yo la semana pasada los numerosos, onerosos y al propio tiempo poco significantes premios literarios (en el sentido de que cada vez son menos un referente y que no obtenerlos pareciera ser más bien, en muchos casos, un distintivo de la gran literatura, la que se produce sin ambicionar el reconocimiento de un jurado). Desde luego, aunque el título de mi artículo fue “Contra los premios”, no pretendí generalizar y tampoco descalificar a todos los ganadores de los mismos: tal cosa sería, por lo menos, injusta e irracional. Pero es claro, por ejemplo, que más allá del premio Nobel, la obra de Alice Munro tiene un lugar especial en las letras contemporáneas, si bien es cierto que el máximo galardón ha puesto de relieve la calidad de su trabajo y le genera una difusión mundial que de otro modo no alcanzaría.

Mis comentarios creo que valen sobre todo para una Iberoamérica plagada de reconocimientos —inspirados en esa vocación neopopulista de “quedar bien” con la cultura—, aunque muchos de los cuales ya no saben ni siquiera cómo reproducirse. Me explico: el nivel de ganadores de un premio que llegó a ser prestigioso, puede de pronto, pasados unos años, comenzar su declive justamente por la obligatoriedad que hay de tener siempre un ganador. Y a veces, en la decadencia total, se hace obvio que la obra de los nuevos ganadores no guarda ninguna relación con la de los premiados inicialmente, que fueron los que prestigiaron el galardón.

En el extremo, se ha dado el caso de que un premio caiga en el descrédito cuando se ha demostrado no solo la deplorable condición literaria de algunos de sus ganadores, sino su pobre estatura ética. ¿Qué tal los casos de escritores triunfadores cuyos plagios han sido demostrados? Ese es tal vez el punto más bajo que puede alcanzar un premio literario. Pero no el único.

Sin embargo, ya lo dije, hay de premios a premios. Y como estoy lejos de estar en desacuerdo con todos, creo que habría que mirar un poco hacia otras latitudes; por ejemplo, al mundo anglosajón, de cuya buena salud literaria nadie duda. Veamos: hace unas semanas, el escritor James McBride ganó el National Book Award de Estados Unidos (EU), superando incluso a autores como Thomas Pynchon. Ese galardón corre parejas con el Pulitzer, y es uno de los mayores reconocimientos literarios en EU, y quien lo gana se lleva solamente 10 mil dólares. Eso sí, queda emparentado con la élite que lo ha recibido: personajes como William Faulkner, Thornton Wilder o Don DeLillo.

Esto demuestra, contra lo que piensan las grandes editoriales iberoamericanas, que la importancia de un premio no radica en su monto, sino en el prestigio que conlleva y que solo puede provenir de la calidad de las obras reconocidas. Aunque —bueno es saberlo— los premios literarios que impulsan las grandes editoriales son en realidad grandes operaciones de marketing en las que probablemente perderá la gran literatura o el lector, pero nunca sus organizadores.

La cosa funciona más o menos así (y no pretendo reduccionismo alguno): una editorial crea un premio, lo otorga a través de un jurado (que, sin duda, debe compartir por lo menos algunos criterios con la editorial) a un escritor cuya obra se supone tiene méritos indiscutibles, e inmediatamente después se publica en una tirada espectacular. Los ejemplares se venden como jabones (o como sea) y entonces el negocio literario progresa, porque se vuelve a demostrar que lo bueno vende y lo que se vende es bueno, ¿no?

Ahora bien, en los días siguientes a mi planteamiento, se entregaron en México los premios nacionales de Ciencias y Artes. Fue en esa ocasión que el presidente Enrique Peña Nieto habló de establecer una nueva relación con los intelectuales, creadores y científicos, “una relación positiva que le sirva a México, fincada en el diálogo, el entendimiento y, desde luego, lo más importante, en el absoluto respeto” (cito la nota de Jesús Alejo, MILENIO, 12-XII-2013).

Y fue ahí también que Roger Bartra, quien habló en nombre de los galardonados, dijo algo sobre los premios que comparto esencialmente: son un estímulo para que los intelectuales mexicanos continúen creando y contribuyendo al desarrollo del país.

Y, mientras en la calle, frente al Senado y la Cámara de Diputados, un contingente de supuestos “patriotas” se resistía a la reforma energética, Bartra habló de algo verdaderamente sustancial: “Debemos esforzarnos por mantener abiertos los canales que comunican el mundo de la creación y la investigación, con el poder y la gestión gubernamental; sin esos vasos comunicantes, con todo y que a veces producen tensiones, la sociedad y la política correrían el riesgo de estancarse. Los premios que otorga el Estado son un estímulo para continuar trabajando… pero no trabajamos, ni creo que debamos trabajar para conseguir premios.”

Lo que dijo Bartra equivale a saber para qué sirven los premios, cuál es su razón de ser y qué cosas positivas pueden propiciar en un país urgido de cambios.

ariel2001@prodigy.net.mx