Analecta de las horas

Paz: el viaje al arte /I

Su sensibilidad estuvo abierta a todas las formas de expresión, y tenía la generosidad para compartir lo que se abría paso en las letras, las artes visuales y las ideas.

Además de las distintas facetas creativas por las que terminó siendo reconocido con el Premio Nobel de Literatura, Octavio Paz cultivó siempre un espíritu de viajero y explorador que nunca lo abandonó. Obviamente sus viajes nunca se ciñeron a la geografía: de los valles, bosques y ciudades pasaba invariablemente a las ideas, a la producción artística, a las novedades musicales y poéticas. Y en ese punto la exploración lo llevó a acercarse a las vanguardias literarias y artísticas para convertirse en uno de sus más lúcidos interlocutores y en uno de los grandes protagonistas intelectuales de nuestra modernidad.

Por otro parte, su universalismo era una suerte de programa estratégico de acercamiento y recuperación permanente de tradiciones estéticas y cosmovisiones de las más diversas latitudes. Su sensibilidad estuvo abierta a todas las formas de expresión del arte, y esta apertura tenía también como sello característico una enorme generosidad para compartir lo nuevo, lo que estaba abriéndose paso en las letras, las artes visuales y las ideas.

Ahora que acabo de recorrer la muestra En esto ver aquello. Octavio Paz y el arte, que se presenta exitosamente en el Palacio de Bellas Artes, es posible advertir los muchos senderos por los que la curiosidad del poeta devino admiración y amistad hacia las más grandes figuras del arte del siglo XX: Pablo Picasso, Marcel Duchamp, Alberto Gironella, Juan Soriano, Antoni Tàpies, Frida Kahlo, Manuel Álvarez Bravo, Henry Moore, Max Ernst, Edward Hooper, Vicente Rojo, Jackson Pollock, Diego Rivera, Robert Motherwell, Manuel Felguérez, Paul Klee, José Clemente Orozco, Robert Rauschenberg y muchos otros, sin dejar de lado el tributo hacia los gigantes del arte prehispánico y virreinal.

La muestra guarda la lógica de la reciprocidad: la palabra del poeta entablando una extensa conversación con las obras que se exhiben, al tiempo que sugiere imágenes y reflexiones que despiertan fascinación y nuevos intereses en los espectadores.

Al ser presentadas en este rico diálogo con Paz, las 228 obras de artistas mexicanos y extranjeros que se exhiben describen también la ruta de una memoria estética y personal donde el viajero nos comparte su mirada más profunda. Su paso por España recoge las impresiones más coloridas y sorprendentes del cubismo de Picasso o Juan Gris (su “silencioso maestro”), y más adelante del fabulador Joan Miró, el artista que “era una mirada de siete manos”.

En Francia lo guía la rebelión surrealista. Cuando muchos ya daban por muerta a esta corriente, Paz declara que el cadáver está vivo: “Tan vivo, que ha saltado de su fosa y se ha presentado de nuevo ante nosotros, con su misma cara terrible e inocente, cara de tormenta súbita, cara de incendio, cara y figura de hada en medio del bosque encantado. Seguir a esa muchacha que sonríe y delira, internarse con ella en las profundidades de la espesura verde y oro, en donde cada árbol es una columna viviente que canta, es volver a la infancia. Seguir ese llamado es partir a la reconquista de los poderes infantiles”.

Pero en ese mismo cuadrante europeo lo atrae igualmente la provocación innovadora de Marcel Duchamp (“Los ready-mades —escribió Paz— fueron un puntapié al “objeto de arte” para colocar en su lugar a la cosa anónima que es de todos y de nadie. Aunque no representan precisamente la unión del arte y el pueblo, fueron una subversión contra los privilegios excesivos y minoritarios del gusto artístico”).

Los juicios de Paz brillan en todo momento por su capacidad para establecer vínculos o paralelismos aun entre creadores que podrían parecer distantes a primera vista. Revisando el arte abstracto, nuestro poeta supo ver, por ejemplo, que “la influencia de Siqueiros sobre Pollock fue tanto la de una sensibilidad como la de una estética. En primer término, su concepción del espacio: Siqueiros rompe los límites del cuadro, que deja de ser una dimensión estática para convertirse en una superficie dinámica… Es materia en movimiento. De ahí la importancia de la teoría de la mancha de pintura, principio que Pollock recoge de Siqueiros y que le abre las puertas de un universo físico que es, asimismo, un mundo psíquico”.

Frente al arte, Paz fue siempre un descubridor de mundos a veces ni siquiera descritos o verbalizados por sus propios creadores. Así, uno puede ver la obra de Robert Rauschenberg, pero era indispensable que Paz nos hiciera sentir el viento que llevaba su nombre. El poema (“Un viento llamado Bob Rauschenberg”), entonces, lo dice todo:

 

Paisaje caído de Saturno,

paisaje del desamparo,

llanuras de tuercas y ruedas y palancas,

turbinas asmáticas, hélices rotas,

cicatrices de la electricidad,

paisaje desconsolado:

los objetos duermen unos al lado de los otros,

vastos rebaños de cosas y cosas y cosas,

los objetos duermen con los ojos abiertos

y caen pausadamente en sí mismos,

caen sin moverse,

su caída es la quietud del llano bajo la luna,

su sueño es un caer sin regreso,

un descenso hacia el espacio sin comienzo,

los objetos caen,

están cayendo,

caen desde mi frente que los piensa,

caen desde mis ojos que no los miran,

caen desde mi pensamiento que los dice,

caen como letras, letras, letras,

lluvia de letras sobre el paisaje del desamparo.

 

ariel2001@prodigy.net.mx