Analecta de las horas

Paz: el viaje al arte /y II

En la experiencia personal del escritor, la poesía siempre lo llevó al arte y el arte a la poesía, pero no a la manera de un círculo, sino de una espiral infinita que comunica permanentemente principios y fines semejantes.

El mayor ensayo de Octavio Paz en torno de la poesía es, sin duda, El arco y la lira, obra en la que plantea su visión estética y personal acerca del oficio que lo convocara desde joven:

“La poesía es conocimiento, salvación, poder, abandono. Operación capaz de cambiar al mundo, la actividad poética es revolucionaria por naturaleza; ejercicio espiritual, es un método de liberación interior. La poesía revela este mundo; crea otro. Pan de los elegidos; alimento maldito. Aísla; une. Invitación al viaje; regreso a la tierra natal. Inspiración, respiración, ejercicio muscular. Plegaria al vacío, diálogo con la ausencia: el tedio, la angustia y la desesperación la alimentan”.

Sobra decir que esto es así porque la poesía es arte y consecuentemente sirve también para describir y definir las sutilezas formales y poderes absolutos que el arte es capaz de desplegar. En la experiencia personal de Paz, la poesía siempre lo llevó al arte y el arte a la poesía, pero no a la manera de un círculo, sino de una espiral infinita que comunica permanentemente principios y fines semejantes.

Ante Balthus, el pintor, lo mismo que ante Eliot, el poeta, Paz experimenta (en distintos grados, obviamente) ese mismo vértigo —placentero y doloroso; cuerdo y loco— que acompaña siempre la creación artística y también su contemplación con los sentidos abiertos, poniendo en juego, apostando directamente, toda la sensibilidad.

Recupero y planteo lo anterior a colación de la muestra En esto ver aquello. Octavio Paz y el arte, que se presenta en el Palacio de Bellas Artes. Se trata de una exposición que puede verse a través de las corrientes y temas que la ordenan en cada sala de exhibición, pero también es posible verla a partir de regiones, geografías y nombres propios que en la obra de Paz ocuparon un lugar esencial. Duchamp o Tamayo se convierten, por ejemplo, en grandes temas ensayísticos. La definición de la actitud que Paz tiene —dicha por él mismo— ante Tamayo, en realidad es la reacción que le despierta el arte que más le interesó:

“Rotación, gravitación: me atrae y simultáneamente me mantiene a distancia —como un sol. También podría decir que provoca en mí una suerte de apetito visual: veo su pintura como un fruto, incandescente e intocable. Pero hay otra palabra más exacta: fascinación. El cuadro está allí, frente a mí, colgado en una pared. Lo miro y poco a poco, con flexible y lenta seguridad, se despliega y se vuelve un abanico de sensaciones, una vibración de colores y de formas que se extienden en oleadas: espacio vivo, espacio dichoso de ser espacio. Después, con la misma lentitud, los colores se repliegan y el cuadro se cierra sobre sí mismo”.

Habla de Tamayo, sí, pero sus apreciaciones perfilan todo cuanto para él representa la más sencilla aproximación al arte, y de ahí el enorme sentido que cobran para entender de qué modo para Paz el arte es una experiencia vital cuya trascendencia proviene justamente de las cosas más simples: “No hay nada intelectual en esta experiencia: describo simplemente el acto de ver y la extraña, aunque natural, fascinación que nos embarga al contemplar el cotidiano abrir y extraerse de las flores, los frutos, las mujeres, el día, la noche”. Frente a Tamayo, como frente a todo el arte que lo conmovió, Paz sabe que “no asistimos a la revelación de un secreto: participamos en el secreto que es toda revelación”.

Ahora bien, la relación de Paz con el arte no se limita a la expresión contemporánea de éste. El talante universal que refleja su obra nace precisamente del reconocimiento de nuestro pasado como mexicanos, de la ubicación que en la historia global tiene todo cuanto nos da identidad: el patrimonio material e inmaterial. Las palabras, las piedras, los sabores y las señas que conducen a la mexicanidad son objeto de una atención especial a lo largo de su obra.

El mismo poeta que se deja maravillar por la representación de la soledad moderna y noctámbula en las obras de Edward Hopper, también celebra la risa representada en miles de pequeñas piezas totonacas de El Tajín o lo que hay de sorprendente en otras que representan “criaturas turbadoras: deidades narigudas, con un tocado en forma de ave que desciende; esculturas de Xipe-Tlazoltéotl, dios doble, vestido de mujer, cubierta la parte inferior del rostro con un antifaz de piel humana… Esas obras, unas aterradoras y otras fascinantes… objetos misteriosos sobre cuya función o utilidad poco se sabe pero que, por su perfección, nos iluminan con la belleza instantánea de lo evidente”.

Y esa es, quizá, la clave de la mirada que Paz tiene hacia el arte: valorando la estética prehispánica, se encontró con las vanguardias y los artistas internacionales; examinando el arte y cultura novohispanos, supo llegar en caballo de hacienda al arte universal. Fue y volvió. Siempre llevando y trayendo noticias de la belleza, como hacen todos los grandes viajeros.