Analecta de las horas

Paz: homenaje sin fin /y II

Como otros, elijo Piedra de sol como el poema que mejor representa su poética y, acaso, la poesía mexicana del siglo XX, ya que sus palabras siguen emocionándonos como la primera vez que lo leímos.

La obra poética de Octavio Paz, multicolor y polifacética a través de sus diversas estaciones, hace difícil acercarnos a la predilección. Sin embargo, puestos a decidir tenemos que coincidir con José Emilio Pacheco, en que “mientras exista la lengua española, Piedra de sol será uno de los grandes poemas de la poesía mexicana”. De algún modo es el comienzo y el final de la poesía que Paz ambicionó producir; no hay otra obra tan cargada de significados, de arcanos incluso.

Pacheco nos recuerda que en la primera edición de 1957 “aparece la cifra 585 escrita con el sistema maya de numeración; asimismo, los signos mexicanos correspondientes al día 4 Olín (movimiento) y al día 4 Ehécatl (viento) figuran al principio y al final del poema. Quizás no sea inútil señalar que este poema está compuesto por 584 endecasílabos (…) Este número de versos es igual al de la revolución sinódica del planeta Venus, que es de 584 días. Los antiguos mexicanos llevaban la cuenta del ciclo venusino (y de los planetas visibles a simple vista) a partir del día 4 Olín; el día 4 Ehécatl señalaba, 584 días después, la conjunción de Venus y el Sol y, en consecuencia, el fin de un ciclo y el inicio de otro”.

Piedra de sol es un vasto poema con el que damos un paseo mítico:

 

…un caminar tranquilo

de estrella o primavera sin premura, agua que con los párpados cerrados mana toda la noche profecías, unánime presencia en oleaje,

ola tras ola hasta cubrirlo todo,

verde soberanía sin ocaso

como el deslumbramiento de las alas cuando se abren en mitad del cielo…

 

Un poema que impacta toda nuestra percepción de la vida, su vacío, su salvación:

 

oh vida por vivir y ya vivida,

tiempo que vuelve en una marejada y se retira sin volver el rostro,

lo que pasó no fue pero está siendo y silenciosamente desemboca

en otro instante que se desvanece:

frente a la tarde de salitre y piedra armada de navajas invisibles

una roja escritura indescifrable

escribes en mi piel y esas heridas

como un traje de llamas me recubren, ardo sin consumirme, busco el agua

y en tus ojos no hay agua, son de piedra, y tus pechos, tu vientre, tus caderas

son de piedra, tu boca sabe a polvo,

tu boca sabe a tiempo emponzoñado (…)

 

Y también en sus versos redescubrimos el milagro que pueden producir los amantes, aun en un mundo que se asfixia por tantos títulos, jerarquías y patrañas:

 

…amar es combatir, si dos se besan

el mundo cambia, encarnan los deseos, el pensamiento encarna, brotan las alas en las espaldas del esclavo, el mundo es real y tangible, el vino es vino,

el pan vuelve a saber, el agua es agua, amar es combatir, es abrir puertas, dejar de ser fantasma con un número

a perpetua cadena condenado

por un amo sin rostro;

el mundo cambia si dos se miran y se reconocen (…)

 

Para Harold Bloom, “estos excesos barrocos no sólo nos recuerdan a Góngora y Quevedo sino al arcipreste de Hita (siglo XIV), cuyo Libro de buen amor es alabado en Conjunciones y disyunciones. Piedra de sol continúa y culmina el proceso de secularización del dogma de la encarnación, convertido en la transfiguración de la carne por la carne y a través de la carne”.

 

Puede ser, pero Piedra de sol es, por eso y sobre todo, una profunda reflexión existencial:

 

—¿la vida, cuándo fue de veras nuestra?, ¿cuándo somos de veras lo que somos?, bien mirado no somos, nunca somos

a solas sino vértigo y vacío,

muecas en el espejo, horror y vómito, nunca la vida es nuestra, es de los otros, la vida no es de nadie, todos somos

la vida —pan de sol para los otros,

los otros todos que nosotros somos—,

soy otro cuando soy, los actos míos

son más míos si son también de todos, para que pueda ser he de ser otro,

salir de mí, buscarme entre los otros,

los otros que no son si yo no existo,

los otros que me dan plena existencia…

 

Como otros, elijo Piedra de sol como el poema que mejor representa la poética de Paz y, acaso, la poesía mexicana del siglo XX. Termina el año y el homenaje al gran autor sigue sin terminar. No tendrá fin en tanto las palabras del poeta sigan emocionándonos como la primera vez que lo leímos.

 

ariel2001@prodigy.net.mx