Analecta de las horas

El otro Orwell

La fama literaria es como Jano: posee dos caras. Sin embargo, mantiene una diferencia sustantiva con el dios romano: el doble rostro de la fama no se puede ver ni siquiera de perfil, ya que uno oculta por completo —casi siempre— al otro. En algunos autores, la fama es solo una enorme máscara para ocultar una obra superficial y pobre que no le dirá nunca nada a la posteridad (aunque sí, claro, a las cifras de superventas en las librerías); pero también, en otras ocasiones, la fama sirve para dejar en el desván, por no decir en el olvido, el valor trascendental de un autor y su trabajo.

Pienso en esto al encontrarme, gozoso, con los ensayos completos de George Orwell, que por primera vez tenemos reunidos en español gracias al esfuerzo de la editorial Debate. Orwell, un autor al que millones de lectores en todo el mundo reconocen por 1984 (o al menos por El Gran Hermano que todas las televisoras del mundo han popularizado hasta el ridículo), si no es que por Rebelión en la granja, es prácticamente desconocido como articulista y ensayista. El libro que comento, con un magnífico prólogo de Irene Lozano y las traducciones que un grupo muy amplio y diverso ha realizado a lo largo de los años, sirve para confirmar que tras el archiconocido novelista y narrador hay un poderoso intelectual que va más allá de su tiempo, si bien muchas de las batallas que libró tienen como escenario algunos momentos decisivos del siglo XX, como las revoluciones que desembocaron en grandes traiciones a la libertad o la apocalíptica Segunda Guerra Mundial.

El talante intelectual de George Orwell es de suyo provocador e incómodo, pero no a la manera de esos que se oponen a ideas mayoritarias solo para “no formar” parte de un conjunto de gente común y corriente, sino como un ejercicio decidido y responsable de la crítica. Así, sus opiniones políticas inauguran varias “terceras vías”, que lo mismo la izquierda que la derecha miraron siempre con recelo, comprendiendo quizás que si las enseñanzas de Orwell a favor de pensar libremente cundieran, los mensajes partidistas tendrían menos oportunidad de embaucar a nadie.

Fernando Savater hizo una valoración puntual de esta condición:

“George Orwell (como Chesterton, como cualquiera que no asume la mentalidad reptiliana del ‘amigo-enemigo’ en el plano social) aceptó la paradoja y se autodenominó ‘anarquista-conservador’ o si se prefiere la versión de Jean-Claude Michéa, ‘anarquista tory’. Esto implica saber que ‘en todas las sociedades, la gente común debe vivir en cierto grado contra el orden existente’. Pero también que las personas normales no aspiran al Reino de los Cielos ni a la perfección semejante a él sobre la tierra,  sino a mejorar su condición de forma gradual y eficiente”.

Pero Orwell no es solo un hombre que se rebela contra lo establecido a través de la pluma. Es de esa estirpe de hombres de acción que son capaces de empuñar un arma y salir al combate, por ejemplo, en la Guerra Civil española. Esa valentía, desde luego, estaba precedida de una valentía intelectual que es parte esencial de lo más admirable de su obra. Y, con razón, decía: “... la cobardía intelectual es el peor enemigo al que tiene que enfrentarse un escritor o un periodista...”.

Estas líneas forman parte del prefacio a Rebelión en la granja, que no en balde intituló “La libertad de prensa”, uno de los textos más profundos que redactó, donde traza su visión de lo que debe ser el modo de actuar de la inteligencia frente al poder
y la propaganda. Pero ojo: cualquier poder y cualquier propaganda (porque, por ejemplo, en México estamos muy acostumbrados, gracias a cierta propaganda, a pensar en el poder solo desde la perspectiva de quien detenta la Presidencia o de quien es el más rico, cuando en realidad hay un sinnúmero de poderes propagandísticos y fácticos que operan desde la misma sociedad civil o desde la corrección política).

Para Orwell el compromiso intelectual no era ni con los oprimidos ni con un partido, ni con la llamada izquierda, cuya denominación hace sentir todavía cómodos a algunos que dicen formar parte de ella, sino con algo más simple: los hechos, que dan sustento a la verdad. Si de ahí surgía la justicia, alguna causa popular o rebelión, sin duda Orwell las abrazaría. Pero si surge el desencanto (como apareció de la Revolución Rusa), ahí también estaba Orwell para decirlo.

En cada uno de sus artículos y ensayos, que ahora podemos disfrutar en conjunto, Orwell hace patente la defensa de una idea fundamental: poder decirle a la gente lo que no quiere leer, ver o escuchar. Sin intelectuales como él y los que han seguido su ejemplo, nuestro mundo estaría dominado única y exclusivamente por los propagandistas y los charlatanes.

 

ariel2001@prodigy.net.mx