Analecta de las horas

Odios

El perdedor radical llega a su punto más alto cuando su disposición a morir forma parte de esa radicalidad que realiza cobrando todas las vidas que sea posible en nombre de sus creencias extremas.

El terrorismo es resultado, básicamente, del gran odio que pueden abrigar los más pequeños fanáticos de todo el mundo. Es un odio hacia la diferencia, hacia todo cuanto signifique tolerancia y pluralidad, toda vez que para ellos solo hay una verdad: aquella —la suya— que debería regir para todos y en todas partes. Es siempre una verdad elemental: un dios, una consigna, una forma de vida, en fin, un camino del que nadie debe apartarse bajo pena de provocar la ira de estos personajes.

Hace unos años, en su ensayo El perdedor radical. Ensayo sobre los hombres del terror (Anagrama, 2007), Hans Magnus Enzensberger examinaba a ese ser, cuyas características, producto de la competencia y la globalización más irracional del capitalismo, el pensador alemán describía en estos términos:

“Al fracasado le queda resignarse a su suerte y claudicar; a la víctima, reclamar satisfacción; al derrotado, prepararse para el asalto siguiente. El perdedor radical, por el contrario, se aparte de los demás, se vuelve invisible, cuida su quimera, concentra energías y espera su hora”.

En el futuro, prevé Enzensberger, este tipo de sujetos irá en aumento dada la despiadada dinámica de la sociedad moderna, con lo que “las cohortes de los frustrados, de los vencidos y de las víctimas se irán disociando unas de otras en medio de un proceso turbio y caótico”.

Sin embargo, de entre los perdedores radicales sobresalen (por su impacto global y la crueldad que pueden manifestar) los terroristas islámicos. Aunque es mentira que sean una creación exclusiva del Islam, pues ya en el siglo XIX y comienzos del XX en distintos países de Occidente hubo verdaderos maestros del terror y de atentados contra inocentes, es cierto que hoy por hoy los fanáticos del Islam han conseguido que el mundo entero identifique sus infames acciones con su credo.

Es ahí donde el perdedor radical llega a su punto más alto, puesto que su disposición a morir forma parte de esa radicalidad que realiza cobrando todas las vidas que sea posible en nombre de sus creencias extremas. En ocasiones no muere de inmediato (es decir, no se hace estallar o acribillar en el acto), pero invariablemente está persuadido de que perder la vida es apenas un paso a la gloria o al cielo eternos.

¿Alá es tan grande que necesita que unos resentidos fanatizados se encarguen de llevar su mensaje a los infieles? En realidad es tan solo como todos los dioses (y hay muchos): una creencia con una bonita decoración mítica. Pero el fanatismo se ha encargado de rentabilizar a gran escala (como dice Enzensberger) “la energía religiosa de una religión mundial que con mil 300 millones de fieles no solamente sigue gozando de suma vitalidad sino que, por meras razones demográficas, se expande en todos los continentes”.

El odio más común de estos señores violentos se canaliza hacia las escuelas, los medios de comunicación (peor si son humorísticos, como ha quedado claro después del atentado a la revista francesa Charlie Hebdo) y en general las voces que se les oponen. La vida de Malala, la Premio Nobel de la Paz 2014, es un claro ejemplo de qué tanto les importa a los terroristas no solo acallar una voz que los refuta valientemente, sino destruir la posibilidad de que la educación libre prospere y surjan nuevas generaciones ajenas por completo a su doctrina de miedo y a la cerrazón de lo que predican.

Y por supuesto, no están desencaminados al intuir que la educación es un obstáculo para que la intolerancia siente sus reales. Ni qué decir tiene que la ciencia o el conocimiento de otras culturas les provoca espasmos de rabia porque terminan por negar “la fe verdadera”.

Por eso atacan las escuelas en Pakistán y masacran a los alumnos y maestros; por eso quisieron asesinar a Malala y por eso todos los días renuevan sus amenazas contra la posibilidad de que los niños y los jóvenes puedan mirar el mundo de otra manera.

Por otro lado, la ejecución de periodistas patentiza su desprecio mortífero por la prensa que no se ha sometido a la mordaza que su propaganda quiere imponer. El atentado en Francia estaba anunciado desde hace tiempo: les pareció imperdonable la burla hacia Mahoma que los caricaturistas de Charlie Hebdo habían hecho. Para desagraviar a Mahoma era preciso disparar cobardemente contra dibujantes y redactores desarmados.

Esos terroristas han muerto, pero sus instigadores sufrirán de mayor ira cuando vean que la revista contra la que atentaron tiene ahora un tiraje de un millón de ejemplares y cuenta con el respaldo no solo de la sociedad francesa sino de buena parte del mundo donde se respeta la libertad de expresión.

Otra vez, pese al costo en sangre, son simplemente perdedores. Radicales, sí, pero perdedores ante todo. Alá los debe juzgar muy incompetentes.

 

ariel2001@prodigy.net.mx