Analecta de las horas

Oaxaca: las buenas y las malas

De ese estado nos llegan diariamente muchas noticias: algunas de ellas, las que provienen de sus artistas e instituciones culturales, son alentadoras; pero también recibimos noticias increíblemente nefastas de organizaciones y grupos antisociales.

De Oaxaca nos llegan diariamente muchas noticias. Algunas de ellas, las que provienen de sus artistas e instituciones culturales, son alentadoras y no pocas veces ejemplares. Para no ir más lejos: con motivo de la donación de 49 instrumentos musicales a la banda de niños mixes de Tamazulápam del Espíritu Santo, que realizara el pintor Sergio Hernández hace unos días, el estado volvió a ocupar diversos titulares en la prensa.

El artista le dijo a la reportera de MILENIO, Leticia Sánchez, que “vivimos en un país muy convulsionado, con mucha vida, pero con mucha violencia. Hay que ser más positivos y proponer más, y por supuesto debemos denunciar. Paralelamente, tenemos que ser más solidarios en la sociedad. Lo único que nos va a salvar de toda esta barbarie que se ha desatado en este país es la cultura”.

Donación y mensaje señalan una actuación que otros artistas podrían seguir: “Me pareció un detalle —dijo Hernández— regresar lo que como resultado de mi educación y de mi trabajo tengo, reintegrarlo a la sociedad a través de esta donación de instrumentos”.

Días después, Francisco Toledo “vendió” en un peso, al Instituto Nacional de Bellas Artes, dos de las instituciones creadas por él: el Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca y el Centro Fotográfico Manuel Álvarez Bravo, que en conjunto resguardan un acervo conformado por más de 125 mil piezas de arte.

El gesto, de una generosidad encomiable, nos debe hacer pensar en un modo de actuar que, si fuera emulado por la comunidad artística y por otros sectores sociales, propiciaría, sin duda, un cambio en el país.

Esas acciones forman parte de lo que se conoce como capital social, una noción que bien harían en conocer (y mejor, practicar) muchos de quienes han recibido algo o bastante por parte del Estado o su comunidad, y que nunca le han retribuido absolutamente nada, a pesar de ostentar discursos solidarios con todas las “causas populares” habidas y por haber.

Cito la Wikipedia: “El Capital Social es considerado la variable que mide la colaboración social entre los diferentes grupos de un colectivo humano (…) y aquellos aspectos que permiten que prospere la colaboración y el uso, por parte de los actores individuales, de las oportunidades que surgen en estas relaciones sociales. Una sociabilidad entendida como la capacidad para realizar trabajo conjunto, la de colaborar y llevar a cabo la acción colectiva”.

Otras buenas noticias corren a cargo, por ejemplo, de la Fundación Harp Helú, que algo sabe de ese capital y que ha conseguido traducir en la creación de museos, espacios artísticos, talleres y trabajos de restauración del patrimonio oaxaqueño, por solo mencionar algunas de sus obras más conocidas. O de Instrumenta, esa fabulosa Academia-Festival musical que anualmente hace posible Nacho Toscano y de quienes desinteresadamente apoyan su esfuerzo.

Pero del gran estado de Oaxaca también nos llegan noticias increíblemente nefastas de organizaciones y grupos que —en contrapartida del mencionado capital social— merecerían acaso ser llamadas antisociales, aunque en Cuba esa definición quedó hundida en el descrédito por el propio régimen castrista cuando se incluyó en ella a los intelectuales opositores, a los homosexuales y a otros sectores disidentes o, simplemente, no de su agrado. Pero esas agrupaciones oaxaqueñas de las que hablo no son otra cosa más que antisociales, en el sentido de no compartir en lo más mínimo el interés de la sociedad. Trabajan en contra de todo cuanto signifique modernización y bienestar colectivo.

Me refiero a noticias como la de los maestros de la sección 22 de la CNTE que desde hace unos días iniciaron, una vez más, paros de actividades y bloqueos de las principales vialidades como protesta ante la reforma educativa. ¿Pueden ser progresistas los maestros que no quieren ningún cambio; que esperan que todo quede igual para que sus intereses sean los únicos que prosperen?

Son miles de niños —entre los más pobres del país— los que vuelven a ser víctimas de estos “luchadores sociales”, muchos de los cuales ni siquiera son maestros sino únicamente parte de la nómina de militantes de una organización que año con año chantajea al gobierno local y a las autoridades federales para seguir cobrando sin trabajar.

Me decepciona mucho, profundamente, ver a algunos intelectuales o artistas que los apoyan, cuando en realidad ellos no les entregarían la educación de sus hijos ni cinco minutos.

En muchas oportunidades, todas ellas marcadas por la impunidad, estos grupo causan millonarios destrozos a vehículos, equipos e instalaciones del gobierno y de diversas instituciones. Eso las convierte en delictivas, ante la inacción y vista gorda del gobierno estatal de Gabino Cué.

Por cierto, también el gobierno oaxaqueño apoyó hace unos días algo que nadie en principio podría cuestionar: la creación de una Casa Refugio para escritores y artistas perseguidos. Pero irremediablemente, me pregunté: a sus niños más pobres, sin educación, sin ninguna perspectiva de progreso, a manos de falsos mentores, ¿quién les va a dar refugio?


ariel2001@prodigy.net.mx