Analecta de las horas

Un Nobel para el relato corto

La vocación de la Academia Sueca es sorprender. Cada anuncio del premio Nobel de Literatura pone a prueba esa capacidad tan suya, y hay que reconocer que, a pesar de las polémicas que inevitablemente suscita, casi siempre termina justificándose su decisión y adquiriendo legitimidad.

Este año, la escritora Alice Munro lo confirma fácilmente, en primer lugar por engrosar ese enteco porcentaje de laureadas a lo largo de la historia, y porque cultiva un género que ha sido muy desconsiderado por los académicos, propensos a galardonar. ante todo. la enjundia novelística.

Este 2013 los principales perdedores fueron nuevamente los apostadores, quienes otra vez apostaron la mayor parte de sus fichas por Haruki Murakami. El fenómeno que representa el escritor nipón consiguió apoderarse de las preferencias, y ratificó que se trata de un autor muy bien cotizado, con una obra voluminosa y a la vez ligera, con grandes ventas pero también con un aire sofisticado que lo hace muy atractivo, especialmente para los jóvenes lectores. Y si a eso añadimos su talante deportivo, el encanto que produce es total —él mismo se ha encargado de dar cuenta de dicha condición de escritor metido a maratonista en su obra De qué hablo cuando hablo de correr (Tusquets, 2010), que se deja leer, como lo comenté en su momento, como uno de esos textos que aparecen en las revistas que obsequian los gimnasios y tiendas de deportes.

Que Munro sea la ganadora vuelve a poner orden en las expectativas de quienes gustan de hacer pronósticos con las insondables decisiones de la Academia Sueca. Que se entienda: se premia una trayectoria, no un éxito del momento, por muy ascendente que sea; se premia la maestría en un género, no la deslumbrante presencia de un autor.

En este caso, a Munro se la reconoce como “maestra del relato corto contemporáneo”, y es muy grato que así sea, porque revalora al cuento en medio de una apabullante andanada editorial en su contra, al punto de que el mamotreto se ha convertido en el consentido de los editores más comerciales.

Quizás se exagere cuando se la menciona como la “Chéjov con faldas”, pero es un hecho que nos recuerda la genialidad y fuerza que debe tener la narrativa breve para adueñarse de nuestro gusto. “Al revés que el poema lírico y que la novela —escribe Harold Bloom—, que pueden provocar en nosotros infinidad de sensaciones, de penas y alegrías, el cuento solo nos emocionará una vez. Pero lo cierto es que los cuentos de Chéjov y los escasos cuentistas que están a su altura pueden emocionarnos tantas veces, y con tanta intensidad, como cualquier novela o poema lírico.”

La escritora canadiense había asegurado una posición sólida en este terreno, gracias a libros como Las lunas de Júpiter (1982), Secretos a voces (1994), El amor de una mujer generosa (1998), Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio (2001) o Demasiada felicidad (2009). Sin embargo, no pocas veces la ha rondado la irregularidad, algo que apenas hace unos meses, en la revista Letras libres, describía perfectamente Rodrigo Fresán al reseñar su más reciente libro aparecido en español: Mi vida querida.

Escribió Fresán: “Para sus cada vez más numerosos seguidores —y en especial para sus fans españoles—, la canadiense y duquesa de Ontario en el Reino de Redonda Alice Munro (Wingham, 1931) es como Billy Wilder o Bruce Springsteen. Nada de lo que haga estará mal y todo lo que hizo (aun en horas bajas o momentos irregulares) siempre será, como mínimo, algo rozado por la genialidad. Pero, se sabe, ningún genio es genial todo el tiempo. Lo que no ha impedido —como ya ocurrió en inglés— que la decimocuarta colección de sus cuentos, Mi vida querida (Lumen publicará la traducción al español en marzo), sea recibida con fuegos artificiales, aleluyas sinfónicos y corales, el infaltable ‘Chéjov con faldas’, histeria cuasi religiosa, etc. Incluso Jonathan Franzen se permitió años atrás —en un ensayo incluido ahora en su Más afuera (Salamandra, 2012)— exagerar a su favor la condición “de culto” de la gran maestra para, así, con su característica humildad (Franzen es el Cristiano Ronaldo de las letras Made in USA; el espectro de David Foster Wallace vendría a ser Lionel Messi), casi atribuirse su descubrimiento más allá de que, de un tiempo largo a esta parte, Munro aparezca, octubre tras octubre, en las quinielas del Nobel”.

Y bueno, el pasado jueves dejó las quinielas del Nobel para alzarse definitivamente con él e invitarnos a leerla, disfrutarla y valorarla en toda su riqueza. Gana ella, pero gana, sobre todo, un género fulgurante y profundo que vuelve por sus fueros.