Analecta de las horas

Nobel: gana el reportaje (y los apostadores)

Más de uno reclamará a la Academia su extraña coincidencia con los apostadores, pero quizá más aún el hecho de que la elección de la autora bielorrusa constituya todo un riesgo al tomar por literatura lo que es mero periodismo.

Los apostadores están de plácemes: su favorita para ganar el Premio Nobel de Literatura 2015 era la bielorrusa Svetlana Alexiévich. Y lo ganó. Es una rareza (inquietante si consideramos el supuesto hermetismo enigmático de la Academia Sueca, esta vez descifrado por los tahúres), pero han atinado por todo lo alto.

No sabría decir con certeza si eso es bueno o malo, o si es simplemente mera coincidencia, pero nunca las expectativas (¿o criterios?) de los jugadores habían sido las mismas del jurado. Es más: cualquiera hubiera podido suponer que el simple hecho de que Alexiévich fuera la favorita de aquéllos la descalificaba frente a éste. Para colmo —que alienta más de una broma—, Sara Danius, la primera mujer en ocupar la secretaría de la Academia Sueca y la encargada de dar a conocer el veredicto del jurado, sabe mucho de apostadores: en su juventud fue crupier.

En todo caso, más de uno reclamará a la Academia esta extraña coincidencia con los apostadores, pero quizá más aún el hecho de que la elección de la autora bielorrusa constituya todo un riesgo al tomar por literatura lo que es mero periodismo, como dirán algunos. Alexiévich, sin pasar por el Pulitzer (aunque sí por el premio Kapuscinski) y sin hacer tanta alharaca en torno del "periodismo narrativo" (¿hay otro?), se ha alzado con el Nobel de Literatura contando un sinfín de historias rusas: los grandes y trágicos momentos que marcaron a los soviéticos y a sus inefables descendientes, los rusos de hoy (incluidos bielorrusos y ucranianos).

En alguna parte Walter Benjamin dijo que el futuro de la literatura estaba en el reportaje. Y lo que por lo visto ha hecho la Academia Sueca al otorgarle el mayor galardón de las letras a esta periodista —"y escritora", dicen todos por añadidura, como si los periodistas, los buenos, no fueran primordialmente escritores— es reconocer en el reportaje no solo un género periodístico sino también literario.

Porque eso es lo que ha hecho Svetlana Alexiévich: grandes reportajes sobre episodios cruciales de la Rusia comunista y la de hoy, así como del derrumbe y la fragmentación que abrió paso a naciones como la suya, Bielorrusia. Su conciencia de este sinuoso proceso lo reflejó la escritora en una entrevista: "Soy investigadora de aquel periodo, y tanto yo como mis héroes hemos pasado de aquella época a otra nueva... Escribo en ruso, mi país es Bielorrusia y he vivido una simbiosis que ha afectado a muchos en este país, donde el 90 por ciento de la población habla en ruso". Y remataba: "Hay un pequeño grupo que busca de forma agresiva su identidad bielorrusa, pero ésta, por desgracia, no existe".

No obstante, los apostadores quizás tuvieron una consideración muy obvia: Occidente ve con preocupación la actuación de Vladímir Putin, y sería ingenuo suponer que eso no juega en una Academia Sueca plagada de criterios "políticamente correctos". Solo así se explica que gigantes de las letras como Philip Roth, Claudio Magris, Cormac McCarthy, Don DeLillo, John Banville, Milan Kundera, Cees Nooteboom, Ismail Kadaré, Joyce Carol Oates y Amos Oz, por mencionar solo a algunos, hayan vuelto a ser descartados.

Polémicas aparte —en sus primeras declaraciones, la misma ganadora ya se ha metido en varias, nada literarias, con el régimen de Putin y el gobierno de su país—, tras la obra de Alexiévich hay un suceso central, de proporciones apocalípticas: la Segunda Guerra Mundial. Lo fue para todo el mundo, sí, pero en particular para Rusia, que perdió probablemente —hoy se habla de esas cifras— más de 30 millones de vidas.

La ofensiva nazi contra territorio soviético, lanzada el 22 de junio de 1941 y conocida como Operación Barbarroja, arrasó lo que es hoy Bielorrusia, la tierra de Alexiévich, en cosa de días. De acuerdo con uno de los más grandes estudiosos del tema, Constantine Pleshakov, "en los tres primeros días de guerra, 28 divisiones de la infantería soviética fueron destruidas y las que sobrevivieron perdieron la mitad de sus hombres o más. En los primeros veinte días, los soviéticos perdieron a uno de cada cinco soldados destinados en las proximidades del frente: cerca de 600 mil de los tres millones que eran. Solo en las cercanías de Minsk [capital de lo que es hoy Bielorrusia], 328 mil 898 soldados soviéticos cayeron prisioneros de guerra. Decenas de miles se dieron por perdidos".

¿Cuántos rusos murieron al final? Cuenta Pleshakov que en 1945 "Stalin dio la cifra de 10 millones. Su sucesor, Nikita Jrushev, añadió tranquilamente otros diez millones. Con Mijaíl Gorbachov la cifra oficial creció hasta los 27 millones; algunos cálculos independientes la estiman hoy en 50 millones".

Esa es la sustancia primigenia de los grandes reportajes históricos de Alexiévich: La guerra no tiene rostro de mujer (1983), en donde da voz a las mujeres rusas que combatieron en esos años, y El último testigo (2004), que recoge la memoria de algunos de los niños que vivieron ese horror.

Con su más reciente obra, El fin del hombre rojo, concluye un ciclo en el que también deben considerarse otras dos obras: El chico de zinc (1989), que da cuenta del Vietnam ruso: Afganistán, y Voces de Chernóbil, la única obra que le conocemos en español y donde aborda la tragedia nuclear.

Vamos a esperar las traducciones de más libros de esta escritora que ha indagado en el "hombre soviético", para poder opinar con más elementos sobre su obra. Mientras tanto, el premio Nobel (y las apuestas) autorizan el beneficio de la duda.

ariel2001@prodigy.net.mx