Analecta de las horas

Navidades y Nocheviejas de la Gran Guerra

La batalla del Somme de 1916, como se sabe, fue quizás la más terrible de la Primera Guerra Mundial… Cuesta creer que en un matadero de esas proporciones el oficial Sulzbach, como muchos otros, se diera tiempo de pensar en la Navidad.

Hace meses conté en estas páginas cómo durante la Navidad de 1914, en plena Primera Guerra Mundial, la Nochebuena se abrió paso  –por lo menos unas horas– en el Frente Occidental. Allí, la conflagración, luego del rápido avance alemán de los primeros meses,  se había empantanado: ni los alemanes podían avanzar hacia
París, ni los franceses y sus aliados británicos encontraban la forma de romper el cerco.

Fue, como escribí en ese artículo, en esa telaraña mortífera que los mantenía atrapados como insectos, “que tuvo  lugar un inverosímil armisticio que duraría unas horas: un grupo de soldados escoceses, otro de franceses y uno más de alemanes, que se supone deberían estar combatiendo en todo momento, se acercaron de modo casi natural, humano, a una tregua en razón de que era Nochebuena.  Sus respectivas trincheras estaban separadas por apenas unas decenas de  metros, y desde cada una de ellas podían escucharse los pequeños festejos que hacían momentáneamente menos miserables las vidas de los combatientes”.

Sin embargo, las navidades que siguieron no respetaron ninguna otra celebración que no fuera la de dar muerte al enemigo o la exaltación de los avances militares. Peter Englund, en su extraordinaria obra La belleza y el dolor de la batalla, cuenta cómo la Navidad de 1916 en el Somme transcurrió sin ningún gesto de compasión, excepto por el relato del oficial alemán Hebert Sulzbach,  a quien “sus orígenes judíos no le han impedido entregarse a las celebraciones…Sin embargo, aquí en el frente del Somme la paz navideña rehúsa hacer acto de presencia. A Sulzbach le indigna bastante que el enemigo de enfrente no respete esta, «la más alta y hermosa de las fiestas», sino que, por el contrario, continúe presionando… Hasta avanzada la noche el fuego no disminuye lo suficiente como para que Sulzbach, en  calidad de oficial, pueda recorrer la batería y, yendo de pieza en pieza, les desee feliz Navidad a los hombres y charle un rato con ellos (…) Ve que hay regalos preparados, listos para ser abiertos. (El correo llegó hace poco, junto con los hombres del relevo). Oye a los soldados cantar Noche de paz. Uno pensaría que el lugar y las circunstancias convertirían la Navidad en una Parodia, pero sucede más bien lo contrario: «Aunque todas las navidades anteriores hayan despertado nuestros profundos y casi sagrados sentimientos, esta vez, involucrados en esta gran batalla, nos sentimos particularmente conmovidos»”.

La batalla del Somme de 1916, como se sabe, fue quizás la más terrible de la Primera Guerra Mundial, cobrando un millón de bajas entre franceses, ingleses y alemanes. Cuesta creer que en un matadero de esas proporciones el oficial Sulzbach, como muchos otros, se diera tiempo de pensar en la Navidad. No obstante, el testimonio que dejaron refleja cómo la esperanza y las ilusiones de esta época del año podían anidar en las trincheras y hacer sonreír por un momento a los que poco después yacerían muertos en el campo de batalla.

¿Y cómo fueron las fiestas de fin de año? Oscurecidas por los relámpagos de los cañonazos, llenas de espantosas predicciones y, sin embargo, también llenas de esperanza y hasta de buen humor. En la obra de Peter Englund se recoge el testimonio de un oficial francés, Alfred Pollard, quien, en Le Toquet, mira con ternura a los norteamericanos recién llegados a la guerra. Es la Nochevieja de 1917. “Al Pollard parrandero le fastidia la ley seca que rige en el ejército americano y la hipocresía que conlleva: a solas no hay prácticamente ningún oficial americano que no saque una botella del fondo de algún baúl donde la tenía escondida. Incluso esta noche  –¡Por el amor de Dios, pero si es Nochevieja!– los diecinueve norteamericanos del cursillo se han excusado de tomar parte en fiesta alguna. ¡Todos se han ido a la cama a las diez! A Pollard esos americanos tan tranquilos del curso, más que verdaderos soldados, le parecen empleados de banca”.

Aburrido por la falta de acción bélica y por la abulia de los norteamericanos, Pollard reúne a unos ingleses para iniciar una broma memorable:

“Los cuatro ingleses se acercan de puntillas a las primeras camas, van dos hombres por cama. Entonces, a la de tres, levantan las camas y vuelcan al suelo las crisálidas con sus durmientes contenidos, acto seguido corren hasta las próximas dos camas, las vuelcan, luego las dos siguientes, y así sucesivamente… Algunos de los aturdidos americanos golpean salvajemente a su alrededor, pero solo consiguen alcanzar a sus compañeros de infortunio, quienes, por supuesto, devuelven los golpes. Se libran confusas peleas en la oscuridad. Antes de que alguien tenga tiempo de darle al interruptor de la luz, Pollard y  sus compinches, encantados y sin ser vistos, ya se han largado del barracón para perderse en la noche. El año de 1918 acaba de empezar”.

 Sin saberlo, con esas “confusas peleas en la oscuridad” han escenificado, para la Nochevieja de 1917, toda la sinrazón
de la guerra. Menos aún saben que sus bromas acompañan la muerte de 10 millones de personas y la disolución de cuatro imperios.

 

ariel2001@prodigy.net.mx