Analecta de las horas

Modiano: el pasado como cátedra

En el escritor francés París lo es todo y cualquier otra ciudad o país son solo puntos de referencia en una obra cuya preocupación es el tiempo y cómo nos instalamos frente a él; pero se trata de lo pretérito, arraigado e inamovible.

Hizo bien la Academia Sueca en no complicarse con criterios regionalistas y/o de género al momento de elegir a Patrick Modiano como ganador del Premio Nobel de Literatura 2014. Pudo razonar que apenas hace seis años otro escritor francés, Jean-Marie Gustave Le Clézio, lo había obtenido, y que quizás hacerlo recaer en un paisano suyo provocaría más de una polémica. También podría haberse impuesto la idea de que Modiano no participa de la política ni abraza una causa justa o correcta de las muchas que conmueven a una parte de los notables suecos (de hecho, a Modiano le parece que la política “es peligrosa para un escritor. La política no es más que una torpe simplificación de las cosas. El escritor trabaja justamente de la forma opuesta; trata de mostrar lo oculto, la complejidad”).

Pudo eso y pudo lo otro. Pero no lo hizo y todos debemos estar agradecidos porque distinguió a un escritor de pura cepa a quien apadrinó en su juventud Raymond Queneau, un adorador de las ciencias del cual recibió también lecciones de geometría.

Es curioso que Modiano haya precisado de cátedra en esa materia, puesto que el problema medular de su literatura está lejos de ser el espacio: París lo es todo y cualquier otra ciudad o país son solo puntos de referencia en una obra cuya preocupación es el tiempo y cómo nos instalamos frente a él. Pero no cualquier tiempo: no el futuro, inasible siempre, sino lo pretérito, arraigado e inamovible. La inquietud de sus personajes, desde El lugar de la estrella, primera novela de la Trilogía de la ocupación (Anagrama), a la que siguieron La ronda nocturna y hasta Los paseos de circunvalación, es el pasado. El pasado que vuelve, que nunca se va; el pasado que buscamos explicar para saber quiénes somos. El pasado como cátedra nunca aprobada.

Tal es la desesperación de Guy Roland, el personaje de Calle de las tiendas oscuras (Anagrama), la novela que le valió el Premio Goncourt en los años setenta y que pudimos leer y recomendar en México en 2009 (por mi parte, la incluí entre los mejores 15 libros del año, el listado que hemos venido haciendo para el programa de televisión del mismo nombre que conduce Carlos Puig en MILENIO TV). Guy es un detective, pero no uno cualquiera. Sus pesquisas son en torno de sí mismo; y no se crea que sobre un problema menor: lo que busca nuestro personaje es saber quién es, de dónde viene. En su caso es porque ha perdido por completo la memoria, pero no deja de transmitirnos una angustia frente al pasado que no requiere de amnesia alguna para ser vivida.

El enigma de la vida se construye con todos esos tramos que hemos olvidado o que permanecen inexplicados. Y si bien lo vemos, no son pocos. Hay un momento en que el personaje lo enuncia claramente: solo somos nuestro pasado. Y al no tenerlo, es obvio que su vida es una sombra sin registro; debe buscar obsesivamente su origen, los hechos que lo pusieron en esas calles de París por las que deambula sin saber nada de sí, pero reconociendo cómo los demás, sin amnesia aparente, también han perdido muchos detalles trascendentes de su vida. ¿Cuándo los buscarán? ¿Quién los recordará en un mundo en el que todos nuestros recuerdos tienden a ser volátiles?

La metáfora de esta novela concentra y resume toda su novelística. De su trilogía sobre la ocupación de París, dijo alguna vez que las dos novelas que le siguieron a El lugar de la estrella no eran sino la reescritura, con diferentes ángulos, de ésta; y en otra parte aclaró: “No es la ocupación histórica la que describo en mis tres primeras novelas, es la luz incierta de mis orígenes. Ese ambiente donde todo se derrumba, donde todo vacila...”.

Mirando hacia Francia, la Academia sueca hubiera podido optar también, perfectamente, por Pascal Quignard o Pierre Michon, ambos desde hace tiempo aspirantes naturales al Nobel, quizás más conocidos en otras latitudes (definitivamente Quignard es más popular por su Todas las mañanas del mundo, llevada exitosamente al cine; mientras que la complejidad de Michon lo mantiene entre públicos más selectos). Pero de alguna forma Modiano los representa y llama la atención sobre sus obras, toda vez que forman parte de su generación y de la misma reivindicación, plena y absoluta, de la literatura.  


ariel2001@prodigy.net.mx