Analecta de las horas

Enzensberger: memoria del desencanto /y II

El suyo es un libro fascinante sobre un mundo cuyos horrores nacieron de la utopía comunista, que sigue presente en la cabeza de 'luchadores sociales', y que aún sirve como manto protector de proyectos políticos atroces.

Ya con la solvencia que frente a algunos temas brinda la vejez, Hans Magnus Enzensberger recuperó apuntes y recuerdos sobre mundos y proyectos que podríamos suponer muertos, pero que precisamente al ser evocados por el autor alemán nos hacen reflexionar sobre su inquietante sobrevivencia en el mundo actual. Me refiero al proyecto comunista y sus adláteres de izquierda radical que hoy mismo protagonizan otras ilusiones, vanas esperanzas sociales y, en las sociedades democráticas (las maduras y especialmente aquellas en ciernes), no pocos tumultos.

Al dar forma a Tumulto (Malpaso, 2015), Enzensberger realizó un viaje memorioso hacia el desencanto que ya había producido en los intelectuales menos complacientes el llamado "socialismo real" de la Unión Soviética y otros países como Cuba. Aunque comenta con gran sentido del humor que antes de su primer viaje a la URSS se "había surtido de una dosis de nociones básicas de marxismo, ayudado por un jesuita de Friburgo, Gustav Wetter, quien en dos tomos había diseccionado el materialismo dialéctico tan esmeradamente como lo hace un caníbal con el lactante del que va a dar cuenta", es evidente que después de sus travesías como "huésped del Estado" sus ideas sobre el tipo de sociedad en que desembocó la Revolución de octubre llegaron a conclusiones definitivas que le valieron la pérdida de su estatus de "escritor burgués progresista" (condición que le había valido para la invitación de la Unión de Escritores de la URSS).

Hay que recordar que muchos otros (para no ir más lejos, Jean-Paul Sartre, a quien Enzensberger describe "manso como un cordero" ante la dirigencia soviética), incluso décadas después del aviso que dieran escritores como André Gide y Breton de lo que significaba el proyecto comunista, volvían de esos paseos para intelectuales y artistas más convencidos aún de que lo que ahí se gestaba era, ni más ni menos, el hombre nuevo o por lo menos algo alternativo a la miseria capitalista. Ciegos por la ilusión de un mundo más justo, no alcanzaban a reconocer —pasadas ya muchas barbaridades como las hambrunas, las purgas estalinistas, el permanente Gulag— el terrible desastre del paraíso socialista.

Pero Enzensberger encontró en la Unión Soviética no solo esta realidad con la que él ya había tomado contacto a través de George Orwell o Czeslaw Milosz; también halló amigos, sitios deslumbrantes y, por si fuera poco, se topó con un nuevo amor (Misha), cuya evocación da al libro un toque de romanticismo conflictivo (puesto que él tenía esposa y una hija).

En 1967 Enzensberger vio el nacimiento de la Comuna I en Berlín, bautizada así por Rudi Dutschke, "quien por cierto nunca llegó a integrarse en la agrupación". La Comuna I (obvio, por la Comuna de París) eran "cuatro chalados sin interés. Todo lo que tenían que ofrecer era de segunda o tercera mano. Un poco de Proudhon, Wilhelm Reich y Henry Miller, una pizca de Dadá y alguna cita del archivo de los situacionistas. En cualquier caso tenían más en común con Max und Moritz [un librito infantil que relata las aventuras de dos chicos traviesos] que con Marx".

Con gente así se hicieron algunos tumultos que, no obstante, resultaron simplemente divertidos. El propio hermano menor de Enzensberger participó de esta revuelta de "ocurrencias carnavalescas" que incluso llegó a ofender a "los colocadores de bombas, pues los tres o cuatro comuneros procedían de forma completamente incruenta, a saber, con maquillajes en vez de con cocteles molotov. Eran expertos en confundir y hacer rabiar a la sociedad, pero no querían asesinar a nadie. Eso a los futuros terroristas les pareció poco serio. Uno de sus cómplices menores, en vez de cargarse a los fiscales, un día se cagó, literalmente, en el tribunal". (Ojalá nuestros activistas antitodo cambio tuvieran una dosis mínima de este talento en lugar de sus pasamontañas, cohetones y, eventualmente, como se ha visto, pistolas).

También el tumulto tiene su gracia cuando se lleva por lo menos con ingenio. Pero a la inacción de agrupaciones en todo caso divertidas como ésta, seguirían grupos violentos y delirantes como la banda Baader-Meinhof, de ingrata memoria.

Las andanzas de Enzensberger por la URSS, Cuba, Praga y Camboya resultan profundamente aleccionadoras, aunque por la forma juguetona en que fueron redactadas pareciera que este es un atributo que siempre negará el autor. Ya lo advertía él mismo: "El problema es cómo voy a distinguir el tumulto objetivo del subjetivo. Mi memoria, ese director caótico, delirante, entrega una cinta absurda cuyas secuencias no cuadran. El sonido es asincrónico. Hay planos enteros subexpuestos. A veces, la pantalla solo muestra una película en negro. Muchas escenas están tomadas con una cámara de mano temblorosa. Y a la mayoría de los actores no los reconozco".

Aun así, el resultado ha sido un libro de memorias fascinante sobre un mundo cuyos horrores nacieron de la utopía comunista, un mundo que sigue presente al menos en la cabeza de muchos luchadores sociales y que continúa sirviendo como manto protector (esa justificación que siempre prestan los ideales) de proyectos políticos atroces.

ariel2001@prodigy.net.mx