Analecta de las horas

Kennedy, el mito /y II

Si era simpático con los medios, lo era mucho más con las mujeres: como el propio presidente se lo confesó a Harold Macmillan, primer ministro del Reino Unido, "me dan unos dolores de cabeza terribles si paso tres días sin una mujer"

De acuerdo con lo que comentábamos la semana pasada, la mitologización de la figura de John Fitzgerald Kennedy (JFK) comenzó el mismo día de su muerte. Unos instantes, trágicos sin duda, bastaron para que la historia general (no la detallada, la que hace ver otras facetas) pusiera en otra balanza su actuación en conjunto.

Sería injusto, no obstante, negarle un papel no solo esperanzador en diversos sentidos e incluso uno decisivo en lo que fue la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos (EU). Hay que recordar que la nación campeona de la libertad en el mundo mantenía, a comienzos de los años sesenta del siglo pasado, un régimen que en los hechos era de auténtica segregación racial, con espacios públicos exclusivos para blancos y otros destinados a los negros.

El gobierno de JFK —no sin la enorme presión que distintas organizaciones venían desplegando— jugó un rol favorable para poner fin a la discriminación racial. Y de eso, por increíble que parezca (y sin que haya desaparecido del todo, extendida ahora hacia mexicanos y otros inmigrantes), hace apenas 50 años.

Pero en el campo internacional JFK no pudo deslindarse de la locura —para utilizar la expresión de Barbara Tuchman en su célebre libro La marcha de la locura: de Troya a Vietnam— que caracterizó la política exterior de EU en la guerra de Vietnam y el inicio de acciones anticastristas como la invasión a Bahía de Cochinos, en Cuba.

Estos dos ejemplos nos muestran a un presidente atrapado en los intereses imperiales menos racionales, puesto que, independientemente de lo injustas que fueran sus motivaciones ideológicas o políticas, esas acciones estaban condenadas al fracaso.

Tanto en Vietnam como en Cuba no faltaron los asesores que advirtieron, con toda claridad, la imposibilidad de que EU alcanzara sus objetivos. Y en ese terreno JFK, el carismático, demócrata y joven político, no se separó mucho de otros mandatarios estadunidenses que, a la distancia, no gozan de cuando menos un porcentaje de su popularidad (todos son viejos y con mala facha, y solo él prevalece sonriente, fresco y juvenil).

En este punto tenemos que hablar de los medios, dado que fueron determinantes en la creación de su mito y, desde luego, en su sostenimiento a largo plazo. Ben Bradlee, quien fuera director del Washington Post durante el caso Watergate, cuenta en sus memorias (La vida de un periodista) que JFK fue el último presidente de EU intocable para la prensa. Bradlee era su amigo, iba a sus fiestas y conocía, por ejemplo, su debilidad por el sexo opuesto, pero en esos tiempos resultaba imposible que un periodista hablara de este tema o siquiera lo insinuara, a pesar de que los rumores podían ser un verdadero griterío en temas como el de su relación con Marilyn Monroe (que la hubo, aunque sin la constancia y la intensidad que la gente del espectáculos de entonces y de ahora le atribuyen).

Más allá del plano personal, y sin que mediaran mecanismos de censura abierta (como lo fue más recientemente el Acta Patriótica, a raíz del 11-S), los medios practicaban una suerte de autocensura provocada por su devoción hacia JFK.

Y si era simpático con los medios, lo era mucho más con las mujeres. La leyenda de su relación con Marilyn es prueba de ello, pero no suficiente para explicar toda su brillante y desmesurada trayectoria con el sexo opuesto. Donald Spoto, en su magistral biografía de Marilyn Monroe, concluye que el supuesto romance con JFK no fue sino cosa de uno o dos encuentros estrictamente sexuales, un logro que la diva seguramente compartió con otras estrellas de Hollywood porque, tal y como el propio Kennedy se lo confesó a Harold Macmillan, entonces primer ministro del Reino Unido, "me dan unos dolores de cabeza terribles si paso tres días sin una mujer".

"Nuestro hombre es un ciudadano americano que ocupa un alto cargo en el gobierno, casado y padre de una familia joven, que opina que la monogamia rara vez ha sido el acicate de la vida de un gran hombre. Siempre ha tenido mujeres —numerosas mujeres, consecutiva y simultáneamente, entre ellas amigas de la familia, herederas, figuras mundanas, modelos, actrices, amistades profesionales, esposas de colegas, golfillas y prostitutas—, a raíz del descubrimiento juvenil de que a él le gustaban las mujeres y a ellas les gustaba él".

Quien así lo describe es Jed Mercurio, en uno de esos libros que cabalgan sabiamente entre la historia real y la novela: El adúltero americano, que solo al final de su primer capítulo ("Nuestro hombre"), nos revela que está hablando del mismísimo JFK.

Gracias a la incansable labor de la CIA y de sus admiradores y amigos en la prensa, sus travesuras nunca desembocaron en un escándalo como el de Bill Clinton en un salón de la Casa Blanca. De cualquier modo, antes ocurrió la tragedia que lo inmortalizó como un presidente con un gran potencial de cambio, con discursos inolvidables y una sonrisa que ellas jamás olvidaron.

ariel2001@prodigy.net.mx