Analecta de las horas

Islas

Todos soñamos o imaginamos una que nos acoja en medio de la desgracia; o todos sufrimos y lloramos en una isla que nos despierta y duerme con la misma soledad de siempre.

Judith Schalansky tiene nombre de exploradora, geógrafa medieval o conquistadora de cimas. Tiene, en distintas proporciones y por lo que veremos a continuación, bastante de todo ello; sin embargo, es, ante todo y oficialmente —de acuerdo con la ficha biográfica dada a conocer por sus editores—, “una escritora, diseñadora gráfica y editora alemana”. También ahí refieren que “estudió Historia del Arte en la Universidad de Berlín y Diseño de la Comunicación en la FH Potsdam”. Enfatizan que se trata de una “novelista reconocida, ganadora de un premio como diseñadora gráfica y gran aficionada a los atlas desde pequeña...”. Y un detalle más: “Ha trabajado en este libro durante años”. ¿Qué libro? Atlas de islas remotas, (Nórdica/ Capitán Swing, 2014), una obra inspirada en esos parajes remotos en medio del mar, donde tantas veces la imaginación literaria ha naufragado y tantas otras la historia ha encallado.

A la Schalansky le gustan los mapas: “Las líneas de los mapas demuestran ser auténticas artistas de la transformación; con su fría estructura matemática recortan meridianos y paralelos, sin tener consideración alguna por las diferencias entre tierra y mar; convierten además montañas, valles y fosas marinas en meras líneas de altura; y procuran, con la ayuda de tonos oscuros, que la Tierra mantenga su corporalidad”.

De esa afición surgió una todavía más singular: su fascinación por las islas, “notas al pie de la tierra firme”, que nos cuentan historias de soledad, esperanza y perdición. No son estrictamente las islas que nos han contado Defoe (Robinson Crusoe) o Stevenson (La isla del tesoro), pero todas —y son 50 las que ella ha seleccionado— tienen historias increíbles en las que, en algunos casos, la literatura se impuso finalmente sobre los hechos históricos o donde la ficción abrevó sustancialmente hasta inmortalizar lo que de otro modo sería simplemente un terreno más en medio del océano.

Así que, por ejemplo, la isla del más célebre náufrago de todos los tiempos es, por supuesto, la de Robinson Crusoe, pero solo con fines turísticos ha sido bautizada, hace apenas unas décadas, con ese nombre. En realidad y con sentido de elemental justicia, esa isla chilena debería llamarse Alexander Selkirk, el navegante escocés que sobrevivió en ella y que presumiblemente sirvió de modelo a Daniel Defoe para su historia.

En otro caso famoso, la Isla de Cocos, perteneciente a Costa Rica, de tan poblada que estaba de historias alusivas a piratas que enterraron allí sus botines, pudo servir de inspiración al buen Stevenson para imaginar el sitio donde se hallaba el legendario tesoro de su novela.

Por ser un raro elemento geográfico, la isla (un fragmento, una casualidad terrenal en medio de la nada marina) ha sido y es motivo de toda clase de aventuras reales e imaginarias, de sueños y pesadillas, de ambiciones y miserias humanas. La pregunta de qué libros nos llevaríamos a una isla (necesariamente desierta) no sería igual si la formuláramos en una perspectiva continental, por muy lejano que nos resulte el destino propuesto: “¿Qué libros te llevarías a Oceanía?”. No tiene gracia.

Como prisión las islas no escapan a la narrativa de Schalansky. La isla italiana de Elba (que no es considerada en esta obra) acaba de celebrar el bicentenario del regreso de Napoleón Bonaparte a Francia, luego de permanecer exiliado en esta isla toscana; pero es en otra isla (de la que sí se ocupa Schalansky) donde el autonombrado emperador, “que no ganó ni una sola batalla marina”, moriría: Santa Helena, en el profundo Atlántico, a mil 850 kilómetros de lo que hoy es Angola, en África.

Nuestra cartógrafa también nos hace tener presente que el infierno solo puede estar en la tierra (bueno, en el mar), en Norfolk, por ejemplo: “La reclusión en esta isla paradisiaca es el mayor castigo que puede recibir un criminal: nadie que cumpla condena en este infierno regresará jamás a su hogar”. Sin embargo, el lunes 25 de mayo de 1840, para festejar el cumpleaños de la reina Victoria, todos los prisioneros serían liberados por unas horas: “Ni los presos ni los guardias pueden creérselo: ni un solo grillete, ninguna medida de seguridad. Todas las verjas se levantan y todos los cerrojos se abren. Todos juntos beben ponche, aliñado con unas gotas de ron auténtico, a la salud de la lejana reina”. Después del festejo todos vuelven a sus celdas. La jornada festiva, increíblemente, deja un saldo blanco.

Todo eso y más es posible en una isla. La esperanza y la desesperación deambulan por igual en su espacio cerrado y abierto a la inmensidad a un tiempo. “Para un perseguido, para usted, sólo hay un lugar en el mundo, pero en ese lugar no se vive. Es una isla”. Eso es lo que le dice “un vendedor de alfombras en Calcuta” al personaje de Adolfo Bioy Casares en La invención de Morel).

Ver una isla, al menos en el mapa, plantea el gran reconocimiento que elabora Schalansky: “Los cartógrafos deberían reivindicar su oficio como un verdadero arte poético y los atlas como un género literario de belleza máxima; en definitiva, su arte es digno merecedor de la primera denominación que recibieron los mapas: theatrum orbis terrarum [Teatro del mundo]”. Y en ese teatro todos soñamos o imaginamos una isla que nos acoja en medio de la desgracia; o todos sufrimos y lloramos en una isla que nos despierta y duerme con la misma soledad de siempre.


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