Analecta de las horas

Gramática parda

Hubo reyes y nobles que murieron a manos de sus ambiciosos hermanos, de perversos hijos o de infames esposas que hallaron en sus amantes cómplices perfectos; los hubo que llegaron a envejecer sin ser sabios, y otros con vidas fastuosas que murieron en sus lechos “gordos, felices y gotosos”, como decía Álvaro Cunqueiro en uno de sus recuentos gastronómicos.

También los hubo que murieron en grandes gestas y guerras, mientras que otros fueron ejecutados, guillotina o hacha de por medio, para satisfacción de turbas enardecidas. En ese trance, algunos se comportaron con entereza (Carlos I de Inglaterra, por ejemplo).

Ahora los reyes abdican. Simplemente se van. Nos lo recordó esta semana el rey Juan Carlos de España, que presume de hacerle un servicio a su país al retirarse y dejar a Felipillo, ya crecido, las riendas de su noble clan. Dios, las cortes y una masa de súbditos que leen ¡Hola! y que se regocijan con los hábitos, dramas, chismes, amores y escándalos de la familia real parecen aplaudirle su grandeza.

Se olvida deliberadamente o por esa amnesia que todo lo distorsiona, que esos borbones han sido cosa seria y nada grata en varios momentos: sus antepasados fueron partidarios de dictadores como Primo de Rivera o Franco, y antes produjeron personajes como Fernando VII, el llamado Rey Felón.

Ya sabíamos que el rey Juan Carlos era tan terrenal como para increpar a Hugo Chávez en un foro internacional, lo que queda en el olvido entre sus contribuciones a la política exterior de su país; o tan decente como para no hablar jamás de vulgaridades como las que se le imputan a él y a una parte de su familia: favorcillos, desviación de recursos, tráfico de influencias, en fin, cosas que ocurren hasta en las mejores familias y frente a las cuales eso de cazar elefantes es cosa de chicos.

Su safari empezó a complicarle las cosas. Pero eso, que tanto interesó a las redes sociales, no es lo más reprochable del monarca español. Yo creo que además de lo que judicialmente pueda en un momento u otro imputársele (y comprobársele, por supuesto), está la falsificación o exageración de su papel en la historia de la transición democrática española. Porque sucede que apenas abdica y los medios adeptos a la monarquía (que ahora incluso lo son algunos que se han vendido como progres toda la vida) hacen balances muy alegres sobre su rol como diplomático, su mecenazgo cultural y, desde luego, su legendaria intervención para detener el golpe de Estado del 23-F. Aquí sucede incluso que aun la figura de Adolfo Suárez es empequeñecida a su lado.

Lo peor que sucede es que la polémica monarquía-república, que ha hecho salir a miles a la calle para exigir un plebiscito, es minimizada o de plano ignorada por la prensa adicta a la casa de los Borbón. Pretenden que la gente, entre la crisis y la decadencia de sus instituciones políticas, siga pendiente de los trajes de la princesa Letizia o de si se vio en partido de tenis a alguna de las infantas.

Pero, por lo que veo, no son pocos los españoles que al no ganar “más caudal que el de sus esperanzas, siempre colocadas a interés compuesto”, como decía Benito Pérez Galdós, piensan seriamente en lo oportuno que sería separar de una vez para siempre de las instituciones del Estado rémoras como la monarquía. Es decir, que puedan ser todo lo nobles que quieran, pero por su cuenta, sin capacidad para intervenir por herencia (cuasi) divina en los asuntos públicos. Y claro, que si lo desean se sometan a elección para ocupar un cargo de representación o que participen legítimamente de un gobierno que se ostenta como democrático.

El tema es poco valorado por algunos analistas y hasta por partes de la intelectualidad que se supondría liberal y republicana. Son ellos los que tendrán que atender las palabras que le dijo Pacorro Chinitas, aquel amolador de la calle del Baño que figura en La corte de Carlos IV, uno de los mejores Episodios Nacionales, al jovencito Gabriel de Araceli:

“Esa gente de arriba es muy ambiciosa, y hablando mucho del bien del reino, lo que quiere es mandar; tenlo presente. Yo, aunque no me han enseñado a leer ni a escribir, tengo mi gramática parda; sé conocer a los hombres, y aunque parece que somos bobos y nos tragamos todo lo que nos dicen, ello es que a veces columbramos la verdad mejor que otros muy sabiondos, y vemos clarito  lo que va a venir. Por eso te digo que veremos cosas gordas, muy gordas; y si no, acuérdate de lo que te digo”.

Pues sí, pura gramática parda de esa que nunca les ha gustado a los borbones.


ariel2001@prodigy.net.mx