Analecta de las horas

FCE: polémico cumpleaños

Ojalá el nivel de la discusión se mantenga y se nutra en lo sucesivo no solo con las buenas plumas de Silva-Herzog Márquez o Pérez Gay, sino con la perspectiva de los responsables de la política cultural del país.

Al celebrar sus 80 años, el Fondo de Cultura Económica (FCE) se ha visto envuelto en, por lo menos, dos polémicas. La primera se produjo a partir de que la institución puso la mesa para una entrevista al presidente Enrique Peña Nieto, a cargo de varios reconocidos periodistas y con la moderación del director del Fondo, José Carreño Carlón. Ese acto, de suyo decepcionante para quienes confunden profesionalismo periodístico con formas groseras u oposición gratuita o irracional hacia el gobierno, fue también descalificado en un artículo por Jesús Silva-Herzog Márquez: “El FCE no es un órgano periodístico ni merece trato de agencia de relaciones públicas de la Presidencia. Lejos de ser una conversación a fondo, la editorial organizó una conversación a modo. Uno de los momentos más penosos en la historia de esa casa”.

Ya en las trituradoras de las redes sociales los periodistas que participaron de la entrevista habían sido enjuiciados como lambiscones, acomodaticios, abyectos y hasta cobardes, simplemente por no responder a las expectativas de la oposición más tozuda y maniquea. Pero fue Silva-Herzog Márquez el que trascendió el tema de la actuación profesional de los periodistas, para ingresar al cuestionamiento del papel que jugó el FCE, y particularmente su director, en la entrevista.

Con la inteligencia que lo caracteriza, Silva-Herzog Márquez construye una argumentación que parece impecable y convincente: El Fondo no tiene como función preparar entrevistas —a modo, o no— con el Presidente de la República, ni tampoco Carreño Carlón tiene que ejercer como periodista para dirigir esa institución. Sin embargo, en el hecho de que excepcionalmente sirva de foro o espacio para una entrevista con el Presidente no veo ningún acto de “corrupción”.

Puede o no gustarnos el resultado o la forma en que se realizó este ejercicio, pero el FCE no comprometió su carácter institucional al propiciar este diálogo con el presidente Peña. Como toda institución cultural, creo que más allá de sus objetivos fundamentales el Fondo puede y debe ser un foro público. Lo ha sido frente a los autores, editores y diversos pensadores invitados a sus recintos, y francamente no veo por qué motivo no debería reunir a un grupo de periodistas para entrevistar al Presidente de la República.

Una parte importante del catálogo del FCE analiza la historia, desarrollo y problemática de las instituciones del país. ¿Por qué no podría propiciar un encuentro como el que cuestiona el flamante miembro de la Academia Mexicana de la Lengua?

La segunda polémica que ha surgido la abrió Leo Zuckermann en un artículo desde cuyo título podemos apreciar claramente el sentido de su argumentación: “¿Se justifica la existencia del Fondo de Cultura Económica?”. Y su respuesta fue también clara: ya no se justifica. Si alguna vez fue necesario, nos dice Zuckermann, ese tiempo ha quedado atrás.

A pesar de no compartir su perspectiva, la pregunta de Zuckermann me parece no solo legítima sino pertinente y, desde luego, brinda la oportunidad, en el 80 aniversario del FCE, de dar una respuesta sobre el futuro de esta institución cardinal de la cultura. Descalificar la pregunta como han hecho grosera (pero sobre todo estúpidamente) montones de intolerantes embozados en Twitter y Facebook, es pretender que la discusión sobre la editorial se detenga y todo quede como si nada. Y aquí hay que tener presente que los primeros en preguntar qué es y qué deber ser en el futuro el FCE son sus propios directivos; esa cuando menos ha sido su convocatoria precisamente para celebrar los 80 años de la editorial.

Siguiendo la polémica, Rafael Pérez Gay pregunta: “¿Necesita México un Estado editor de las dimensiones del que tenemos?”. Y se responde: “Yo creo que no. Es más, creo que el Estado cultural ha confundido fomento a la lectura con gasto en producción. ¿El resultado?: dinero tirado a la basura, funcionarios ineficientes, burocracia a pasto, ausencia vergonzosa de distribución, libros embodegados”.

Frente a reflexiones de este tipo, celebro que sea el mismo Jesús Silva-Herzog Márquez quien señale (en respuesta a Zuckermann) “la distorsión que generan los grandes conglomerados editoriales y los efectos culturales de sus cálculos comerciales”, y que “el criterio de lo publicable, lejos de ser más amplio que antes, se restringe por la tiranía de la novedad editorial. Lo notable es que, en su diatriba contra un Estado cultural que describe como ineficiente y elitista, no advierte que el mercado es, también, censor...”.

El cumpleaños 80 del FCE viene cargado de lo más saludable para una institución: la polémica. Ojalá el nivel de la discusión se mantenga y se nutra en lo sucesivo no solo con las buenas plumas de Silva-Herzog Márquez o Pérez Gay, sino con la perspectiva de los responsables de la política cultural del país. Para mí, es lo mejor que le puede ocurrir al Fondo en su aniversario.

 

ariel2001@prodigy.net.mx