Analecta de las horas

Esperando a los terroristas

Si los fanáticos triunfan, de las ciudades patrimonio de la humanidad de Siria e Irak no quedará nada; tan solo quedará el polvo, confundido con el desierto, de todo ese odio que los extremistas islámicos han desatado.

Tiene mucho de perturbador, acaso de apocalíptico, saber que un ejército de fanáticos —enemigos jurados del pasado infiel, aspirantes a reinstaurar un califato que siga el modelo de aquel primero que fundara el mismísimo Mahoma en el siglo VII— toca a las puertas de una ciudad bíblica como Palmira, en el desierto de Siria.

La preocupación es obvia si nos atenemos a la destrucción que ya antes ha producido el Estado Islámico (EI) en lugares con un patrimonio cultural tan rico como Nimrud, Hatra y Mosul, donde ya vimos el desprecio enfermizo que practican los miembros del EI ante toda muestra de civilización ajena a la sociedad perfecta que ellos instaurarían por mandato divino. Sin muchos rodeos las han hecho explotar, como quien rompe un ídolo maléfico y abre así las puertas del paraíso.

Es evidente que no se trata de algo así como en el poema “Esperando a los bárbaros” de Kavafis (“¿Qué esperamos congregados en el foro?/ Es a los bárbaros que hoy llegan”). Si bien lo pensamos, ni siquiera cuando Roma llegó a caer en manos de los bárbaros estos se dieron a la tarea, por ejemplo, de destruir el Coliseo. Los conquistadores españoles combinaron mucho el saqueo con la destrucción, pero incluso ellos no tuvieron como norma destruir sistemáticamente las pirámides o edificios ceremoniales de los aztecas. Aunque es difícil un recuento riguroso, históricamente el saqueo ha sido práctica predominante de los ejércitos vencederos, pero el EI prefiere la desaparición o exterminio total de cualquier vestigio de civilización extraña a su intolerate credo. Así que no hay punto de comparación. Tampoco a los nazis se les ocurrió dinamitar la Torre Eiffel o el Odéon cuando ocuparon París, aunque sí ciertamente, como sabemos, robaron cuanto pudieron de sus museos. Y apreciaban tanto su botín que lo escondieron y fue necesario un grupo, hecho famoso ahora por la película The Monuments Men, para dar con numerosas obras de arte y restituirlas a los museos e iglesias a los que pertenencían.

De acuerdo con Rami Abdel Rahman, director del Observatorio Sirio de Derechos Humanos, con sede en Gran Bretaña, la batalla por Palmira “tiene lugar a dos kilómetros al este de la ciudad, después de que el grupo EI se hiciera con el control de todos los puestos del ejército entre Al Sujna y Palmira”.

La ciudad, declarada Patrimonio Mundial por la Unesco, mezcla en su arquitectura la herencia grecorromana con los elementos tradicionales y, desde luego, la influencia persa. Por supuesto, los yihadistas no siempre destruyen todo: trafican con las piezas de gran valor para financiar su guerra. Y esa es la única razón por la cual muchas joyas que ofenden el culto a Alá han sobrevivido.

Si los fanáticos triunfan, de las ciudades patrimonio de la humanidad de Siria e Irak no quedará nada. Tan solo quedará el polvo, confundido con el desierto, de todo ese odio que los extremistas islámicos han desatado. Sin embargo, cuando termine la guerra (y un día, sea como sea, eso sucederá) sí habrá necesidad de crear un grupo como los Monuments Men para rastrear cientos o miles de piezas que estos salvajes han comercializado en el mercado negro.

Los ministros de cultura de 10 países árabes celebraron esta semana un congreso en la capital egipcia, motivados por las amenazas que para el patrimonio de Irak y Siria significa la acción del EI. Lo malo es que faltó Siria, y no se ve que vaya a recibir gran apoyo para repeler a las fuerzas islámicas, si bien estas naciones acordaron “poner en marcha esfuerzos conjuntos”.

¿Qué va a ocurrir? Loretta Napoleoni ha hecho un examen profundo del EI en su nuevo libro El fénix islamista. El Estado Islámico y el rediseño de Medio Oriente (Paidós, 2015), y ahí apunta algo que debe tomarse muy en cuenta: “En los últimos tres años, el EI ha obtenido éxitos sin precedentes. Con medios brutales y una aguda perecepción, quizá logre lo históricamente imposible: la reconstrucción del califato. En la época posterior a la Segunda Guerra Mundial no hubo ningún grupo armado que lograra ganar un territorio tan extenso. Este logro suele considerarse consecuencia del conflicto sirio, que se interpreta como incubadora de una nueva variedad de terrorismo”.

Esta tendencia marca un sombrío panorama para el patrimonio de la humanidad en esa región. Para el salafismo radical ciudades como Palmira no contienen más que monumentos para idólatras. El nuevo califato que ellos instaurarán traerá a Palmira (y a todas las ciudades que caigan en sus manos) la verdadera fe.

La historia, sin embargo, siempre enseña que las atrocidades no son definitivas. En el año 273 Palmira fue arrasada; Diocleciano la reconstruyó. En el 634 fue tomada por los musulmanes —unos mucho más sabios y tolerantes que los del EI—, y más tarde, en el 1089, un terremoto la destruyó. De un modo u otro ha sobrevivido y ahí está ahora, esperando a los terroristas.

 

ariel2001@prodigy.net.mx