Analecta de las horas

Elegías y cavernas

Hay días en los que parecen sembrarse los más terribles presagios. Al principio no tienen forma, pueden ser vagas inquietudes o hasta ciertas canciones y poemas que hace tiempo no tenemos presentes. Es como una metafísica que nos roza y que no sabemos leer. Al cabo, las cosas se ordenan y entonces asoma, por ejemplo, la muerte de un querido amigo.

Así me pasó el martes, cuando desperté tarareando la “Elegía” de Miguel Hernández interpretada por Joan Manuel Serrat. No sabía que para la noche ya sería como un himno ante la noticia de la muerte de Jorge Ochoterena Bergstrom, pintor, poeta y colaborador de MILENIO:

 

Un manotazo duro, un golpe helado,

un hachazo invisible y homicida,

un empujón brutal te ha derribado.

No hay extensión más grande que mi herida,

lloro mi desventura y sus conjuntos

y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos de difuntos,

y sin calor de nadie y sin consuelo

voy de mi corazón a mis asuntos.

 

 

Lo conocí al despuntar la década de los ochenta en casa de su madre, Francis Landing Bergstrom, una belleza sueca que al enviudar se casó con José Castillo Farreras, inolvidable profesor nuestro de Lógica y Ética en la Escuela Nacional Preparatoria. Recuerdo que comencé a frecuentar su casa, que él llamaba La Caverna, y a consumir muchas noches conversando de literatura y filosofía, escuchando música, contando grandes anécdotas y, en fin, recreando un tipo de bohemia que, por lo menos yo, no he encontrado nunca en ninguna otra parte.

La Caverna estaba en un viejo edificio de avenida Juárez (hoy Plaza de la República), y por más de una década fue para nosotros sede
de una tertulia semanal de proporciones épicas, no solo porque en el centro estaba siempre la poesía (su lectura y comentario), sino también porque Jorge encarnaba a uno de esos seres sublimes a los que no importa otra cosa que las formas de la belleza y el pensamiento profundo. Pudo haber descollado socialmente, en eso que solemos llamar el ambiente intelectual o cultural, pero él no quería salir de casa. Si el mundo lo hubiera visitado, su genio se habría conocido de otra forma. Pero como decidió quedarse entre sus dibujos, pinturas, poemas y libros, alcanzó por elección propia el estatus de marginal.

Desde muy joven había suscrito lo que Rimbaud (uno de sus héroes) le escribió alguna vez a su madre: “Vivimos y morimos de manera muy distinta a como quisiéramos, y sin esperanza de compensación ninguna. Afortunadamente no hay otra vida y ello es evidente…”.

Un documental dirigido por un amigo común, Carlos Franco, lo sacó momentáneamente del anonimato o de ese estar fuera del mundo. El título de este material no pudo ser más afortunado: El penthouse del underground. Ahí aparece un Jorge Ochoterena muy nítido: antisolemne, incrédulo de las esperanzas mundanas, hablando, más que de sí y de su trabajo como pintor o poeta, de todas esas poderosas percepciones existenciales que lo habían marcado desde joven.

Tuvimos la suerte de poder compartir en estas páginas sus textos de crítica de artes visuales. En ellos fijó su mirada lúcida y su original perspectiva. Lector noctámbulo y voraz, sabía reflexionar sobre las obras intelectuales y artísticas de mayor calado, siempre con singular talento y sensibilidad; también con un finísimo humor y una elegancia a toda prueba.

“Cuanto más absurda es la vida, menos soportable es la muerte”, escribió Sartre en Las palabras. Algo así habríamos discutido nuevamente si mi propósito de tomar una copa con él una noche de estas se hubiera concretado. La fatalidad no lo permitió. A cambio, quedo desolado pero lleno de recuerdos y de todas esas frases brillantes y perfectas que él consiguió que fueran las verdaderas habitantes de La Caverna.

 

ariel2001@prodigy.net.mx