Analecta de las horas

Eichmann visto por Mulisch

El funcionario alemán “no solo no sabía lo que hacía mientras transportaba a cientos de miles de víctimas hacia las cámaras de gas, sino que, en cierto sentido, ni siquiera sabía que hacía algo”.

Aunque es más conocido como novelista gracias a El asalto, el escritor holandés Harry Mulisch trasciende también por sus impecables e impactantes crónicas periodísticas. En éstas siempre demostró que la frontera entre el periodismo y la literatura puede ser más una convención que una realidad.

Cuando el periodismo no se miraba a sí mismo como un género paupérrimo que necesitara de “recursos” literarios, era simplemente literatura emergente, escritura puesta al servicio de la actualidad y los más candentes acontecimientos. No había talleres de periodismo narrativo y era obvio que la fuerza de la palabra escrita se ponía simplemente a prueba frente a los hechos: las historias bien contadas siempre salieron adelante y se pergeñaron en redacciones donde lo literario era, más que una meta, una herramienta central en el trabajo cotidiano.

Los editores de la revista holandesa Elseviers Weekblad seguro no se preguntaban dónde terminaba el periodismo y comenzaba la literatura al enviar en 1961 a Jerusalén a Harry Mulisch para que cubriera el proceso contra el criminal de guerra nazi Adolf Eichmann. La solvencia de Mulisch había sido probada en innumerables oportunidades; pero el reto de transmitir lo que ocurriría en ese juicio no era menor.

Escogieron a un conocedor de la Segunda Guerra Mundial y de las profundas consecuencias que acarreó para la vida y la muerte de millones de personas.

Hijo de un colaboracionista (lo que evitó que su madre judía y él fueran llevados a un campo de concentración), conoció de cerca los dilemas éticos que suponía la confrontación directa con el mal.

Ya en su novela El asalto nos presentaba temas que le resultaban familiares: un colaboracionista es asesinado ante la puerta de una casa; quien vive ahí decide mover el cadáver a la casa vecina, lo que traerá inesperadas y dolorosas consecuencias. Así nos hace notar que la destrucción de una guerra no termina con las rendiciones, ni con la firma de la paz: es llevada en la conciencia y no deja de atormentar a los que la sufrieron de un modo u otro.

Mulisch, pues, estaba lejos de debutar en el tema cuando fue a Jerusalén. El proceso seguido a Eichmann produjo miles de páginas en todo el mundo; pero el trabajo de Mulisch constituye, junto con el de Hannah Arendt (Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal), una de las reflexiones más profundas sobre el genocidio y las mentes que lo diseñaron y ejecutaron.

Ya desde los primeros artículos que Mulisch envió a ese semanario —y que ahora afortunadamente podemos conocer compilados en El juicio a Eichmann. Causa Penal 40/61, Editorial Ariel, 2014—, advierte a sus lectores sobre la verdadera dimensión del tema que abordaría:

“Eichmann no solo no sabía lo que hacía mientras transportaba a cientos de miles de víctimas hacia las cámaras de gas, sino que, en cierto sentido, ni siquiera sabía que hacía algo. No me refiero a la responsabilidad ni nada de eso —esos son conceptos de jueces pequeños para pequeños bellacos—. No, una persona que hace lo que hizo Eichmann no es muy distinta de nosotros, aunque sí está más funestamente alienada de la vida en la tierra, y sobre todo de la muerte en la tierra. Los chinos castigaban al Huang Ho —el Río Amarillo— cuando se salía de madre y mataba a miles de personas. La diferencia entre el Huang Ho y Eichmann es que a él lo declararemos culpable en un juicio”.

Puesto frente a un personaje como Eichmann (“Perversamente irreal”, enajenado de sí mismo, capaz de decir que el arrepentimiento “es cosa de niños”), Mulisch intenta recrear su vida, explorar su rostro y manos (a través de fotografías) al tiempo que nos relata con lujo de detalles, a manera de diario, el proceso que se le siguió y que lo conduciría a su ejecución. El texto es, según el propio Mulisch, la crónica de una experiencia, que “no es lo mismo que un razonamiento puesto que la experiencia cambia. Al final del recorrido, uno se encuentra con una persona distinta, que tiene en parte ideas diferentes a las del principio”.

Y es absolutamente cierto, porque Mulisch, a pesar de estar curtido en el tema, pudo tomar contacto con un ser que ninguna película de terror podrá mostrar mejor que la primera frase de sus memorias escritas en prisión:

“Hoy, quince años y un día después del 8 de mayo de 1945, mis pensamientos se dirigen a aquel 19 de marzo de 1906 en que, a las cinco de la madrugada, entré en la vida terrestre, bajo el aspecto de ser humano, en Solingen, Renania”.

Acaso asustado, Mulisch cree encontrar en estas palabras “una nube de sobrenaturalidad”. Ya sobrepuesto, descubre que se trata de una mentira: “Eichmann cree que una persona profunda escribe así: no es él quien escribe —aunque pensándolo eso no es posible, puesto que él no existe: Eichmann existe solo a través de los demás…”. Los demás en los que el horror se materializó. Los demás que para él eran menos que inexistentes.

 

ariel2001@prodigy.net.mx