Analecta de las horas

Diarios de la Gran Guerra

En la guerra todos están obligados a ser bestias; aun así la humanidad se sobrepone siempre, a veces hasta de forma automática, primero para salvar la propia vida y después para consagrarse a la solidaridad, esa que luego llamamos heroísmo.


Historias de la Primera Guerra Mundial hay muchas. Desde luego, destacan en el plano académico las escritas por los historiadores y estudiosos del conflicto, pero hay un sinnúmero de otras que han sido elaboradas por miles de testigos que sufrieron directamente la conflagración.

Las historias con mayúsculas nos revelan las causas y el desarrollo de la movilización militar más sangrienta del siglo XX; pero las historias con minúsculas contienen los detalles, los pormenores de un terror que deja de ser abstracto para concretarse en todas las vidas sacrificadas, los millones de desplazados, las poblaciones destruidas.

Hace unos días, el Archivo Nacional del Reino Unido, en un hecho inédito, puso a disposición del público copias digitalizadas de mil 944 diarios de la Primera Guerra Mundial que ofrecen una panorámica personal e íntima del desastre.

Como este año se cumple el centenario de este conflicto que arrastró a toda Europa y otras regiones del mundo, los ecos de su barbarie llegan hasta nosotros de distintas formas. El Reino Unido, que se involucró en la guerra para no quedarse atrás en el nuevo reparto del mundo (su imperio no podía, supuso, darse ese lujo), ha preparado diversos actos conmemorativos. ¿Qué conmemora? Oficialmente, su participación al lado de los aliados, la defensa de una Europa a su medida, la libertad, etcétera. Pero en los hechos solo cabe recordar su contribución a la carnicería en la que perdieron la vida nueve millones de combatientes.

Leo que un experto en estos archivos señaló que este esfuerzo de digitalización es “interesante porque es humanizador. La guerra es algo que humaniza”. Supongo que lo que quiso decir es que, a fuerza de sus brutalidades y de todo el torrente deshumanizador que caracterizó a la contienda, el sentido de lo humano tuvo que ampararse, protegerse, resurgir una y otra vez. Es en medio del terror de la guerra que podemos distinguir exactamente quiénes somos: hombres o bestias. Sin embargo, en la guerra todos están obligados a ser bestias —miente quien diga lo contrario—. Aun así, por supuesto, la humanidad se sobrepone siempre, a veces hasta de forma automática, primero para salvar la propia vida y después, cuando hay oportunidad, para consagrarse a la solidaridad incluso extrema, esa que luego llamamos heroísmo.

El corresponsal en Londres del diario El País mostró en una nota algo de lo que podemos hallar en estos archivos digitales; cita, por ejemplo, el testimonio del capitán C. J. Paterson, del regimiento británico de infantería South Wales Borderers, durante un alto en la primera confrontación del Marne, en 1914:

“Aquí estoy, sentado al sol en la trinchera de nuestro cuartel general. La lluvia que hemos tenido sin parar durante dos días ya ha cesado y ahora el mundo debería parecer la gloria… La batalla se ha parado aquí por un momento, aunque se pueden oír en la distancia los disparos del segundo cuerpo del ejército inglés y la batalla en general. Como digo, todo debería ser hermoso y pacífico y bonito. Pero en realidad es imposible describirlo (…) Trincheras, pedazos de equipamiento, ropa (seguramente con manchas de sangre), munición, herramientas, sombreros, etc., etc., por todas partes. Pobres desgraciados yaciendo muertos por todas partes. Algunos son de los nuestros, otros son de la Primera Brigada de Guardias que pasaron por aquí antes que nosotros, y muchos son alemanes.

“Todos los setos están rotos y pisoteados, toda la hierba está pisoteada de barro, agujeros allí donde han estallado los proyectiles, ramas separadas de su tronco por las explosiones. En todas partes las mismas señales terribles, sombrías y despiadadas de la batalla y de la guerra. Ya tengo el estómago lleno de todo eso”.

Según se sabe, el capitán Paterson moriría pocos días después de redactar este reporte, que constituye sin duda otra muestra de cómo la humanidad tiende a sobreponerse a la guerra. Nos horrorizamos porque somos humanos. Increíblemente humanos, a pesar de todo.

Los Archivos Nacionales de Gran Bretaña han convocado a todos aquellos que quieran ser lectores de estos diarios de guerra para que ayuden a etiquetarlos y clasificarlos, lo cual facilitará el acceso a los mismos. Con gran ingenio, su campaña en internet reza: “Operación Diario de Guerra: ¡Tu país te necesita!”.

Con esa idea de que el país necesitaba de muchos, hasta El Gordo y El Flaco (en famoso cinta cómica) terminaron yendo a la Primera Guerra Mundial. Pero quizás nunca los países necesitaron tanto y tan estúpidamente de sus reclutas, sangre joven enviada sin clemencia a mataderos en todo el mundo para defender supuestos intereses nacionales, mientras los dueños de las plantaciones, mineras o industrias en juego jugaban a los naipes en lujosos salones.

Y todo fue así: la rabia nacionalista de un fanático que asesina al archiduque Francisco Fernando hace temblar a un imperio que se siente en la “necesidad” de dar una lección a un pequeño país pero que, protegido por otros, no fue tan pequeño. La locura escala entonces todos los absurdos, que se convierten después en todos los horrores.

Pronto hará 100 años. Recordemos.

ariel2001@prodigy.net.mx