Analecta de las horas

Después de Gabo /I

Examinar la figura de García Márquez como intelectual e interlocutor del poder es indispensable para comprender el paradigma del autor comprometido en América Latina, figura que, quizás, tuvo en él a su último gran patriarca.

Habiendo cometido “la ridiculez de morir” —como dijo él mismo de la muerte de Julio Cortázar, parafraseando a éste, por cierto—, la genialidad literaria de Gabriel García Márquez refrenda un reconocimiento universal pocas veces visto. Sus historias, contenidas en esa inmensa fórmula que se enuncia fácilmente como realismo mágico, siguen despertando un profundo y genuino interés en todas las latitudes y recuperan para la literatura un espacio que creíamos perdido ante los embates de la cultura del espectáculo.

La admiración por sus páginas y el enorme cariño por su figura lo convierten en uno de los más grandes símbolos del poder de la palabra. Para constatarlo, apenas si hace falta señalar la presencia popular en su homenaje y las innumerables muestras de afecto que ha recibido su familia.

Con García Márquez la novelística iberoamericana del siglo XX llegó a uno de sus puntos más altos, a pesar de no ser siempre reconocido por otros escritores o por la crítica anglosajona o eurocentrista, que tiene, por supuesto, otros héroes. Pero su preeminencia regional es indiscutible: probablemente, y sin ánimo de establecer comparaciones absurdas o imposibles, su obra solo tenga como contrapartida la de José Lezama Lima, Mario Vargas Llosa y, antes y en portugués, Joaquim Machado de Assis.

Sin embargo, en el momento de sus exequias vimos con claridad que una es la figura literaria y otra, de mayor impacto mediático, la figura pública, la frecuentada, requerida y ansiada socialmente por las clases políticas, especialmente las de la región.

El propio autor de El coronel no tiene quién le escriba se encargó de que esto fuera posible. Ya antes de la recepción del premio Nobel era consciente de que este galardón le daría una proyección pública sin igual, la que él usaría en concordancia con sus convicciones políticas. Decía, como recordé la semana pasada, que a los problemas de la región en la que había nacido no podía, como escritor, darles la espalda, ignorarlos y vivir una vida ajena, despreocupada y distante de ellos. Así que su obra literaria, particularmente Cien años de soledad, termina por ser llevada como estandarte discursivo en la ceremonia de recepción del Premio Nobel de Literatura, para explicar brevemente la realidad de nuestros países, su agobio frente a distintas dictaduras y la profunda injusticia que padecen:

“La independencia del dominio español —dijo ante la Academia Sueca— no nos puso a salvo de la demencia. El general Antonio López de Santa Anna, que fue tres veces dictador de México, hizo enterrar con funerales magníficos la pierna derecha que había perdido en la llamada Guerra de los Pasteles. El general García Moreno gobernó el Ecuador durante 16 años como un monarca absoluto, y su cadáver fue velado con su uniforme de gala y su coraza de condecoraciones sentado en la silla presidencial. El general Maximiliano Hernández Martínez, el déspota teósofo de El Salvador que hizo exterminar en una matanza bárbara a 30 mil campesinos, había inventado un péndulo para averiguar si los alimentos estaban envenenados, e hizo cubrir con papel rojo el alumbrado público para combatir una epidemia de escarlatina. El monumento al general Francisco Morazán, erigido en la plaza mayor de Tegucigalpa, es en realidad una estatua del mariscal Ney comprada en París en un depósito de esculturas usadas”.

El recuento que hizo ante la Academia Sueca incluyó cifras que resumían todas las atrocidades que dibujaban el perfil del subcontinente al despuntar la década de los ochenta: los miles de desaparecidos, la miseria y la enorme desigualdad: “Me atrevo a pensar que es esta realidad descomunal, y no solo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de las Letras. Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual este colombiano errante y nostálgico no es más que una cifra más señalada por la suerte. Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad”.

En el intento por desanudarla, el autor de La hojarasca puso su voz al servicio de las causas que consideró progresistas, si bien la realidad se encargo, en más de una oportunidad, de desmentirlo. Examinar la figura de García Márquez como intelectual e interlocutor del poder me parece indispensable para comprender el paradigma del autor comprometido en América Latina, figura que, quizás, tuvo en él a su último gran patriarca.

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