Analecta de las horas

Después de Gabo /y II

Viniendo de una tierra tan sufrida y de un tiempo de golpes y crisis que parecía eterno, Gabriel García Márquez puso al servicio de su compromiso político el mayor galardón de las letras universales. Era lo que correspondía: convertirse en vocero del cambio que necesitaba la región ante décadas de dictaduras militares y —cuando las cosas iban mejor— ante gobiernos tutelados directamente desde Washington.

Formando parte de un destacado grupo de intelectuales y artistas progresistas que habían creído en la revolución cubana, el premio Nobel puso a García Márquez a la cabeza de esta corriente de la que formaban parte distinguidos escritores como Julio Cortázar y Carlos Fuentes. Las diferencias con otro grupo intelectual, el encabezado por otro premio Nobel, Octavio Paz, no eran solo personales sino incluían de manera central una visión completamente distinta de lo que debería ser el cambio de todo lo que ya había sido. La lectura de la revolución cubana era muy distinta: para Paz o Vargas Llosa, la isla pagaba muy caro sus logros sociales, asfixiando las libertades democráticas, suprimiendo todas las voces disidentes y encarcelando a los adversarios, con lo que, en su opinión, Fidel Castro había instaurado otra dictadura. Para García Márquez o Cortázar, en cambio, la revolución no había tenido muchas opciones frente a la gran presión estadunidense, expresada sobre todo en el bloqueo y el apoyo a los más rabiosos anticastristas de Miami. La permanencia de Fidel en el poder se justificaba y hasta era imprescindible para defender el cambio.

La perspectiva del cambio en escritores e intelectuales como García Márquez provenía, sobre todo, de los reflejos ideológicos condicionados por un largo periodo de dictaduras militares y de gobiernos civiles manipulados directamente por la Casa Blanca. Un autor como él, siguiendo una tradición literaria que lo coloca al lado de Miguel Ángel Asturias (El señor presidente) o de Roa Bastos (Yo, el supremo), no podía menos que intentar su versión del traumático fenómeno dictatorial en El otoño del patriarca, para algunos (algo muy discutible) su mejor novela. El crítico V. S. Pritchett dice precisamente de esta obra:

“El patriarca que imprime a la novela su tema moral es el elusivo déspota de una república sudamericana, cuyo acento es posible oír en las voces dispersas de su gente y en su propia voz. En su juventud de toro salvaje es el habitual líder campesino con los pies descalzos; más tarde, es el monstruo seguro de sí mismo que acapara sin misericordia los despojos del poder, indiferente al crimen y las matanzas, con su madre campesina como único apoyo y que sobrevive gracias a su astucia. Más tarde aún, ya anciano, es una marioneta manipulada por las sucesivas juntas que venden el país a explotadores, un Calibán arrinconado pero trágico, con una voluntad aterradoramente primitiva de sobrevivir”.

Suena muy cercano a muchos de los gobernantes que emergieron de los lamentables golpes militares que asolaron América Latina por décadas, pero también a algunos que tomaron el poder en nombre del pueblo y luego se quedaron en él años y años. De hecho, también es posible ver hoy a algunos calibanes con “una voluntad aterradoramente primitiva de sobrevivir” en países como Venezuela, donde el poder de Nicolás Maduro es una herencia directa de Hugo Chávez, a quien no le alcanzó la vida para eternizarse en el poder a imagen y semejanza de Castro.

En esto, el arte literario de García Márquez escapa o está más allá de su amistad con Fidel Castro y de su simpatía inicial por Hugo Chávez. Su novela permite ver a los patriarcas de antes, pero también, sin ningún género de duda, a los que desde la izquierda y en nombre del cambio revolucionario los sustituyeron. Esa es la grandeza de El otoño del patriarca, frente a la debilidad o abierta simpatía de su autor por Fidel.

García Márquez, siempre de la mano del extraordinario periodista que era, escribió al finalizar 1999 una espléndida (aunque ambigua) crónica de la llegada al poder de Hugo Chávez: “Los enigmas del coronel Hugo Chávez”, publicada en el diario La Nación de Argentina. El texto, que no tiene desperdicio, “fue una buena experiencia de reportero en reposo. A medida que me contaba su vida iba yo descubriendo una personalidad que no correspondía para nada con la imagen de déspota que teníamos formada a través de los medios. Era otro Chávez. ¿Cuál de los dos era el real? El argumento duro en su contra durante la campaña había sido su pasado reciente de conspirador y golpista. Pero la historia de Venezuela ha digerido a más de cuatro”.

Es una crónica que de un modo u otro justifica a Chávez, aunque se permite finalizar con gran lucidez: “Mientras se alejaba entre sus escoltas de militares condecorados y amigos de la primera hora, me estremeció la inspiración de que había viajado y conversado a gusto con dos hombres opuestos. Uno a quien la suerte empedernida le ofrecía la oportunidad de salvar a su país. Y el otro, un ilusionista, que podía pasar a la historia como un déspota más”.

Como es claro, Chávez no salvó a su país y sí, en cambio, lo sumió en el atraso político y material que ahora intenta preservar Maduro. Pero, por increíble que parezca, esta no es la perspectiva de los intelectuales que heredaron los reflejos ideológicos de una parte de la izquierda, pergeñados en los años sesenta y setenta. Reflejos y formas de ver el mundo sin duda bienintencionadas, como esa “nueva y arrasadora utopía de la vida” que García Márquez le planteó a la Academia Sueca cuando recibió el Premio Nobel, una “donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a 100 años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra”.

Lamentablemente, esa segunda oportunidad ya fue desperdiciada en algunos lugares donde la revolución no quiso saber nada de vida democrática ni de libertades. Los intelectuales de izquierda en América Latina tendrán que pensar en eso, ya sin patriarcas ni utopías.

ariel2001@prodigy.net.mx