Analecta de las horas

Descubriendo a Darío

invariablemente La inteligencia de su dolor, sus anhelos, la ternura de sus imágenes y sus grandes esperanzas me hacen sentir que la palabra, cuando vibra y es luminosa, es siempre un consuelo.

Ante mí, un grueso volumen: La dramática vida de Rubén Darío. Al abrirlo, una dedicatoria —con caligrafía notoriamente nerviosa— del autor a mi padre: "A Guillermo González, el amigo ejemplar, que fue mi alumno y hoy es un hermano en el amor a las causas de la humanidad. Edelberto Torres. San José, Costa Rica, marzo de 1981".

Don Edelberto Torres, el educador y comprometido escritor nicaragüense (ahí donde la palabra comprometido adquiere toda su pureza y relevancia originales), rebasaba por ese entonces los ochenta años, y acababa de ver publicada una reedición más, aumentada y corregida, de la obra que vio la luz en 1952 y que lo consagraría como el biógrafo por excelencia de Rubén Darío.

Bien lo dijo Carlos Tünnermann, flamante ministro de Educación de la Nicaragua sandinista (mientras el sueño revolucionario todavía no se desvanecía y la traición y las corruptelas todavía no se instituían en el gobernante FSLN), en la presentación de esta reedición: "Los que en un principio criticaron la obra del maestro Torres de poco rigor académico —esos patrones universitarios que ciertos críticos habían extraído de otras escuelas europeas—, por fin se han convencido de que poco había que hacer contra esta avalancha de libros escritos al modo americano —de nuestra América, como decía Rubén— mejorados y reforzados por las manos de Edelberto".

La llegada de su libro a casa emocionó a mi padre. Recibía noticias del amigo y el precioso texto de quien lo había iniciado en el culto a Rubén Darío. De esa devoción por el poeta, siempre profesada con gran placer y admiración sin fin, fui testigo desde muy temprano, cuando me recitaba, como una de las grandes cosas que hay que saber en este mundo, "La calumnia":

Puede una gota de lodo
sobre un diamante caer;
puede también de este modo
su fulgor oscurecer;
pero aunque el diamante todo
se encuentre de fango lleno,
el valor que lo hace bueno
no perderá ni un instante,
y ha de ser siempre diamante
por más que lo manche
el cieno.

Para mi padre no había un genio de mayor estatura en las letras luego de Cervantes. Su generación latinoamericana, sometida a duras pruebas (cuando decir intervención imperialista no era un pretexto demagógico para justificar atrocidades políticas o groseros populismos a lo Chávez, Kirchner o Morales), había visto la caída violenta de gobiernos como el de Jacobo Árbenz y dictaduras infames como la de Maximiliano Hernández en El Salvador o la de Anastasio Somoza en Nicaragua. Pero también había tenido a la revolución cubana como fuente de inspiración y esperanza, si bien nunca pudo ver claramente su deterioro y la enorme frustración que fue produciendo.

Fue, la suya, una generación lectora de José Martí, José Enrique Rodó, Aníbal Ponce, José Carlos Mariátegui, Enrique Gómez Carrillo y tantos otros nombres de nuestra región entre poetas, ensayistas y luchadores que a los más jóvenes les dicen hoy poco o nada, pero que para los estudiantes de los años treinta y cuarenta eran las grandes figuras intelectuales de las que había que aprender si se quería un mundo mejor.

Y en el centro, como un dios, Rubén Darío. En su obra estaba toda la savia y sensibilidad americanas; era un poeta del amor sublime y del sufrimiento humano. Pero, atento al mundo y de mirada profundamente inteligente, podía dibujar también la triste historia latinoamericana. Por eso a Cristóbal Colón le dice en su famoso poema:

La cruz que nos llevaste padece mengua;
y tras encanalladas revoluciones,
la canalla escritora mancha la lengua
que escribieron Cervantes y Calderones.

Cristo va por las calles flaco y enclenque,
Barrabás tiene esclavos y charreteras,
y en las tierras de Chibcha, Cuzco y Palenque
han visto engalanadas a las panteras.
Duelos, espantos, guerras, fiebre constante
en nuestra senda ha puesto la suerte triste:
¡Cristóforo Colombo, pobre Almirante,
ruega a Dios por el mundo que descubriste!

En el centenario de su muerte, releerlo inevitablemente representa recordar a mi padre y a su amigo Edelberto Torres, devoto y biógrafo, respectivamente, del "niño poeta", del ser cuya grandeza enaltece a nuestras tierras, porque no era —como dijo para despedirlo Antonio Machado— sino un "Jardinero de Hesperia, ruiseñor de los mares, corazón asombrado de la música astral". Un poeta total y rotundo por donde se lo vea y lea.

Escuchados de labios de mi padre los primeros poemas que conocí de Darío, nunca he terminado de descubrirlo. Muchas noches vuelvo a la mar de Margarita, a las razones del lobo y a sus otros cantos. Invariablemente la inteligencia de su dolor, sus anhelos, la ternura de sus imágenes y sus grandes esperanzas me hacen sentir que la palabra, cuando vibra y es luminosa, es siempre un consuelo.

ariel2001@prodigy.net.mx