Analecta de las horas

Decir Camus

Digo Camus y de inmediato pienso en mis primeras letras profundas, en la extrañeza inquietante de Meursault mostrándonos lo ajenos e indiferentes que podemos ser frente al mundo y sus sufrimientos o placeres. Digo Camus y veo a un jovencito —yo mismo, hace muchos años ya— inoculado para siempre de un sutil escepticismo ante la vida, una forma pendular (desapasionada a veces, desesperada otras tantas) de comprender las circunstancias que la rodean.

Digo Camus y podría quedarme solo con el recuerdo de esa primera y explosiva lectura de El extranjero, pero sé perfectamente que, para suerte nuestra, Albert Camus es mucho más que el autor de una extraordinaria novela. Es el antihéroe que nos enseña que la libertad no nos puede ser indicada por los otros (especialmente por aquellos que, al mostrárnosla, nos pretenden guiar hacia ella), que solo puede nacer y perdurar en el ámbito individual, rechazando a los rebaños y sus pastores, incluso con sus nobles causas y sus profecías ideológicas.

Pero quién lo dijera: el Camus más libre de todo humanismo penitente (como el cristiano), el que describe la extranjería como salvación de los designios de la masa y sus adalides, es al propio tiempo el más coherentemente comprometido con la resistencia ante la ocupación de Francia por los nazis, con un mejor (aunque imposible) futuro para Argelia o con un mundo donde ninguna nación se sobreponga a otra y donde la guerra y sus mataderos sean cosa de un abominable pasado.

Ese es el Camus capaz de pronunciar un discurso inolvidable ante la Academia Sueca, en 1957, al momento de recibir el Premio Nobel de Literatura:

“…el papel de escritor es inseparable de difíciles deberes. Por definición no puede ponerse al servicio de quienes hacen la historia, sino al servicio de quienes la sufren. Si no lo hiciera, quedaría solo, privado hasta de su arte. Todos los ejércitos de la tiranía, con sus millones de hombres, no le arrancarán de la soledad, aunque consienta en acomodarse a su paso y, sobre todo, si en ello consiente. Pero el silencio de un prisionero desconocido, abandonado a las humillaciones, en el otro extremo del mundo, basta para sacar al escritor de su soledad, por lo menos, cada vez que logre, entre los privilegios de su libertad, no olvidar ese silencio, y trate de recogerlo y reemplazarlo, para hacerlo valer mediante todos los recursos del arte”.

El mérito de Camus no reside exclusiva ni principalmente en haber podido pronunciar estas palabras, sino en haberlas encarnado. Poniendo el ejemplo, y a riesgo de su propia vida, dirigió Combat, el diario de la resistencia francesa durante la ocupación alemana. No era un juego de esnobs ni de existencialistas de café; él lo sabía y escribió entonces algunas de sus páginas más valientes, brillantes y de mayor fuerza moral. Podrían no ser las más bellas, pero también lo son: con esa estética que solo puede perfilar la congruencia entre el discurso y la acción.

Hubiera preferido quedarse en casa, acaso escribiendo una novela o una obra de teatro, como hicieron otros que luego presumirían de haber participado “activamente” de la resistencia, pero que en realidad vivieron cómodamente bajo el yugo nazi. Pero Camus decide que es momento de tomar partido, de oponerse y sacar lo mejor de cada uno para detener la barbarie nazi.

Su descubrimiento y asunción del hombre rebelde tiene lugar en un escenario histórico por demás dramático: el siglo XX transcurre ante sus ojos condensando todos los horrores de los que es capaz la especie humana.

Llegada la liberación de París, Camus sueña con que ésta debe continuar a través de la revolución. Pero bien pronto se aleja de los comunistas y alcanza a entender la pesadilla totalitaria que se cierne sobre Europa Oriental.

Como intelectual, empieza a ser incómodo para la izquierda que marcha sin querer ver los crímenes del estalinismo o cómo el sueño libertario está siendo aplastado invocando la igualdad y la justicia, el hombre nuevo…

Y al ver venir el baño de sangre que significará la independencia de Argelia, la tierra en la que creció pobre y tuberculoso, su postura disgusta a casi todos: los defensores del colonialismo, los independentistas y los intelectuales progresistas (que apoyan, desde luego, la independencia) no comprenden cómo él puede llamar a la “tregua civil”. Se sabe que mientras pronuncia en Argel un discurso defendiendo este planteamiento, la muchedumbre lo abuchea y maldice; y en París, desde las cafeterías, intelectuales como Sartre también lo cuestionan por aspirar al sueño de una Argelia donde pudieran convivir en paz y con objetivos comunes los franceses como él (nacidos allí, los pieds noirs) y sus habitantes originarios.

Digo Camus y duele conocer la incomprensión hacia su pensamiento de quienes hoy lo quieren exaltar para casi cualquier uso (hasta a Sarkozy se le ocurrió, en un momento dado, que sus ideas y las de Camus tenían un punto de contacto. ¡Vaya bufonada!).

Pero sobre todo, digo Camus y me emociona la vigencia de sus palabras, el valor perenne de su ejemplo sobre el cual quisiera decir algo más en futuros artículos.

ariel2001@prodigy.net.mx