Analecta de las horas

Cioran y el Día de San Valentín

De pronto estoy otra vez frente al filósofo, su lúcido pesimismo, su terca y sombría visión de la vida que en realidad todos hemos sentido (justamente para seguir viviendo).

Por una casualidad —que de no ser así sería una perversidad— llego al Día del Amor y la Amistad rodeado de algunas reediciones poco cercanas a la melosa cursilería y a la farra consumista que se despierta tan fácilmente en esta fecha. Le habría dado la vuelta a su relectura, pero de pronto estoy otra vez frente a Cioran, su lúcido pesimismo, su terca y sombría visión de la vida que en realidad todos hemos sentido (justamente para seguir viviendo).

Qué mejor contexto que una convocatoria babosa y risueña, un día en el que lo más elemental de la especie planta corazones por doquier, para encontrarme de nuevo con las ácidas y elocuentes palabras del filósofo rumano-francés. Debe quedar claro que no las busqué, pero las bonitas reediciones del sello Taurus (Del inconveniente de haber nacido y Breviario de podredumbre) confirman que los clásicos del siglo XX regresan a nuestras manos más temprano que tarde, pero siempre en buenos momentos.

Entonces juego con la posibilidad de ser un hombre perdidamente enamorado, tediosamente optimista y de golpe confrontar estas palabras: “No corremos hacia la muerte; huimos de la catástrofe del nacimiento. Nos debatimos como sobrevivientes que tratan de olvidarlo. El miedo a la muerte no es sino la proyección hacia el futuro de otro miedo que se remonta a nuestro primer momento”.

Resultan, lo sé, un balde de agua fría en donde el amor quizás solo sea uno más de los miedos que proyectamos hacia adelante para olvidar cuál será nuestro final.

Imagino también a los que entre hoy y mañana despertarán separados. Bien porque se cumplió la premisa de que “el amor acaba” (José José dixit) o porque de plano descubren entre ellos un cadáver al que llamaban amor.

Esos pueden tener, sin embargo, el consuelo de Cioran: “Se puede soportar cualquier verdad, por muy destructiva que sea, a condición de que sea total, que lleve en sí tanta vitalidad como la esperanza que ha sustituido”. Es decir, igual que un buen “vete a la chingada”.

También puede ser que en los próximos minutos, horas, días —así pasa— creamos encontrar al amor de nuestras vidas. En tal caso, seguro nos podemos servir de alguna frase de Del inconveniente de haber nacido: “Cada vez que me siento arrebatado por un acceso de furor, primero me aflijo y me desprecio, luego me digo: ¡Qué suerte, qué ganga! Todavía estoy vivo, todavía formo parte de esos fantasmas de carne y hueso...”. Si sentimos algo como esto, no nos preocupemos: ¡abracemos al fantasma!

Pienso en los grandes fracasados del amor. Aquellos que han sido piedras rodantes (y a los que por supuesto les han cantado los Rolling Stones y otros músicos menos decididos), que han sufrido el desamor hasta sus últimas consecuencias: “En el punto más bajo de uno mismo —Cioran, ¡oh Cioran!—, cuando se ha tocado el fondo y se ha palpado el abismo, uno se endereza súbitamente —reacción de defensa o de ridículo orgullo— por el sentimiento de ser ‘superior’ a Dios. El aspecto grandioso e impuro de la tentación de dar por terminado todo”. Y es que en esos trances nada se acaba, ni siquiera uno. Descubrir que el gran final no llega con el desamor es acaso la experiencia más patética de nuestras vidas. Debería ser cierto que morimos de amor, para dignidad del amor y de nosotros mismos.

Con todo, siempre hay gente que ama —obvio, no es posible de otra manera— con muy poca objetividad. Para ellos, Cioran ofrece estas líneas: “Cuando hemos puesto a alguien muy alto, se nos hace más asequible en cuanto comete un acto indigno. Así nos libera del calvario de la veneración. Y a partir de ese momento, sentimos por él un verdadero apego”. Podemos decir entonces: “qué poquita cosa eres, pero te quiero igual”.

Pero si alguien llega a sentir lo que de forma sabia (misóginamente también) se dice en esa canción que todos los pobres hombres hemos tarareado: “El que pierde a una mujer no sabe lo que gana…”, debe tener presente la sabiduría exquisita del pesimista europeo: “Habiendo destruido todas mis ataduras, tendría que experimentar una sensación de libertad. Y, en efecto, siento una tan intensa que temo regocijarme”. En otras palabras, teme empezar a cantar aquella de “ya probé la libertad y me gustó”.

Y ya de remate les dejo estas dos frases sueltas que seguro encontrarán buenas interpretaciones en algunos corazones:

1) “Solo es real todo lo que procede de la emoción o del cinismo. Lo demás es talento”.

2) “Si queremos ver disminuir el número de nuestras decepciones o de nuestros furores, es importante, en cualquier circunstancia, recordar que estamos aquí para hacernos infelices unos a otros, y que rebelarse contra ese estado de cosas es socavar los cimientos mismos de la vida en común”.

¡Feliz Día del Amor y la Amistad!

 

ariel2001@prodigy.net.mx