Analecta de las horas

Un Chéjov total /y II

Los años que contempla el primer volumen de cuentos completos son los mismos en los que el autor amplía sus miras, gana en extensión y temáticas, contrae la tuberculosis, deja la medicina y se va con su amante: la literatura.

Los primeros años de Chéjov como el inmenso autor que conocemos nos son mostrados por entero en el primer volumen (serán cuatro) de los Cuentos completos (1880-1885) que Páginas de Espuma, en coedición con Colofón, ha publicado recientemente. Tuve el gusto, junto con Rafael Pérez Gay, de presentar esta obra en la pasada Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería, y todavía perdura en mí la emoción que nos plantea esta extraordinaria aventura editorial que ha emprendido Paul Viejo (responsable de este monumental proyecto) para beneplácito de los lectores hispanoamericanos.

Prosigo, pues, en esta entrega, compartiendo algo de lo que dije en dicha presentación.

En el periodo del que se ocupa este primer volumen de sus cuentos completos tenemos a un escritor no solo reconocible sino admirado por figuras de la talla de Gorki o Tolstói. Éste, como se sabe, despreciaba el teatro de Chéjov; en cierta ocasión le dijo: “Detesto a Shakespeare, pero las comedias que usted escribe son todavía peores”. Sin embargo, adoraba sus cuentos, esa cascada incesante de relatos que habrían servido para dar sentido y contenido a la trayectoria no de uno, sino de muchos escritores.

En todo caso, en este periodo ya tenemos formado y completo al autor capaz de hacernos reflexionar con profundidad sin apelar abiertamente a la filosofía ni a la historia ni a las ciencias, sino a las cosas aparentemente más simples de la vida. De ahí que Gorki dijera que Chéjov “era capaz de revelar el humor trágico presente en el tenue mar de la banalidad”. Sí, de las cosas diarias, acaso ínfimas, Chéjov extrae toda la complejidad de la existencia, o bien, todo su ridículo; todo lo cómico y toda la melancolía caben ya en estos primeros relatos.

Natalia Ginzburg, biógrafa además del maestro ruso, presenta así su carácter literario:

“…si en los cuentos cómicos la risa nacía junto con un frío estremecimiento, en los cuentos más serios la emoción y el dolor nacían de una atmósfera inclemente y fría, que cortaba la respiración, como el aire cuando nieva. Y si el lector derramaba alguna que otra lágrima, el escritor tenía siempre los ojos secos. Además, los personajes de sus cuentos ofrecían sin cesar comentarios, juicios, observaciones, opiniones. El escritor no ofrecía comentario alguno. No daba la razón a nadie ni se la quitaba. Así era Chéjov en sus primeros relatos y así fue en los últimos. Un escritor que nunca hacía comentarios”.

Los años que contempla este primer volumen de cuentos completos de Chéjov son los mismos en los que nuestro autor amplía sus miras, gana en extensión y temáticas, contrae la tuberculosis, deja la medicina y se va para siempre con su amante: la literatura.

También se da tiempo, por esta época, de escribir una novela, Un drama de caza, quizás —según Sergio Pitol, traductor de ella al español— la primera novela policiaca rusa. Los alcances de su literatura son ya enormes, trascienden la vida diaria (aunque partan de ella) para llegar a la vida nacional y al espíritu de toda una época para, desde ahí, lograr toda la universalidad que nos sigue deslumbrando.

Chéjov visita la novelística, incluso la crónica, con mayor éxito el teatro, pero siempre vuelve al cuento. Es en este género donde atrapa los hechos más conmovedores, la sustancia de un sinnúmero de vivencias que sin él podrían pasar por baladíes y que, en su pluma, nos llenan de asombro y nos comunican sutilezas y valores que siempre hablan al ser humano de todas las latitudes. Su tratamiento es impecable, como la receta de un médico experimentado que no quiere escatimar nada para mitigar el dolor.

Chéjov decía que “los rusos adoran su pasado, odian su presente y temen el futuro… Qué triste puede ser si olvidamos que el futuro que tememos gira lentamente dentro del presente, que odiamos, y del pasado que adoramos”, concluía. Es un tema imponente que recorre su obra. En su cuento “El estudiante” el personaje central otea las mismas alturas: “Una súbita alegría agitó su alma, e incluso tuvo que pararse para recobrar el aliento. ‘El pasado —pensó— y el presente están unidos por una cadena ininterrumpida de acontecimientos que surgen unos de otros’. Y le pareció que acababa de ver los dos extremos de esa cadena: al tocar uno de ellos, vibraba el otro”.

El escritor y editor italiano Elio Vittorini lo supo ver con fineza:

“En los grandes momentos de una literatura, siempre ha habido un Chéjov, es decir, alguien que renuncia a la novela y a cualquier forma de representación o interpretación explícita de su época para llegar hasta el fondo de las almas particulares de los vencidos de la época, los aislados del desbarajuste y la tempestad”.

Así, el escritor de estos años que van de 1880 a 1885 es el primer Chéjov, pero es ya Chéjov por todos los costados. Un Chéjov total. Son los primeros años que anuncian toda la inmensidad de su obra, ese propósito “humilde”, como él decía, que nos ha permitido echar un vistazo a nuestras vidas y ver cuán ridículas y desastrosas pueden ser.

ariel2001@prodigy.net.mx