Analecta de las horas

Chéjov entra en la madurez /Y II

En 1885-1886, el escritor sigue trabajando sin parar, es una maquinaria literaria infatigable cuyo delicado engranaje, cada vez más perfecto, puede ser apreciado en estos años: no está aquí todavía la genialidad, pero sí relatos inolvidables.

Antón P. Chéjov. Cuentos completos (1885-1886) (Páginas de Espuma, 2015), el nuevo volumen de la serie de cuatro que nos tiene prometida Paul Viejo, abarca tan solo dos años de la producción literaria del literato; pero es tan intensa, que bien podría constituir, en términos cuantitativos, la obra cuentística completa de muchos otros autores, incluidos algunos que solo han trascendido como partícipes de este género.

Por eso nuestro héroe literario es la contrapartida de aquellos escritores exquisitos y quejumbrosos que sencillamente no pueden trabajar a contrarreloj, presionados por un editor o en ambientes adversos. El joven Chéjov (su obra aquí considerada, les recuerdo, es redactada entre los 25 y 27 años) establece semanalmente un handicap contra su imaginación y capacidad literarias, demostrando que se puede ser el mejor desde el trabajo contratado (obligado) y, con mayor razón, desde la libertad ganada.

“En 1885 —nos informa el editor de estos Cuentos completos—, el mayor número de colaboraciones de Chéjov continuaba siendo para la revista Fragmentos, dirigida por Nikolái Leikin, que suponía para Chéjov, por una parte, una fuente sólida de ingresos que le podía tranquilizar económicamente y, por otra, cierto grado de esclavitud, no tanto por el ritmo de publicación, como podría pensarse, sino por las ataduras y limitaciones que podía suponer a su obra”.

Después se las arregla para colaborar simultáneamente en la Gaceta de San Petersburgo y luego en Tiempo nuevo, lo que supone un impulso renovado para su carrera. De cualquier modo, tenemos siempre a un escritor aventajado, que no le teme jamás a la estupidez de “la página en blanco”. Como si supiera que no llegará ni a la cincuentena, apura todo cuanto puede, aceptando las prisas ajenas y propias, sin padecer mayormente el no construir navíos gigantescos como Guerra y paz o Los hermanos Karamazov. Sus naves, pequeñas y frágiles como la vida misma, son veloces y por supuesto pueden recorrer también aguas profundas sin desbaratarse.

Al arrancar 1885, el médico Chéjov ha mejorado sustantivamente la situación de su familia (de la que él había tomado las riendas desde más joven). Tiene muchos pacientes, aunque a los más pobres los atiende gratis; compran, según su biógrafa Natalia Ginzburg, muebles y alquilan una casa en Babkino. Ya ha tenido alguna crisis de tuberculosis, pero le resta importancia. Tiene forma de endeudarse y meses después se va con sus hermanos a Moscú. Viaja a San Petersburgo y empieza a colaborar en Tiempo Nuevo, dirigida por Alexéi Suvorin. “Se decía de él que era astuto, cínico, oportunista, falto de escrúpulos. Su diario era reaccionario”, anota Ginzburg, lo que no impide que se hicieran muy buenos amigos.

La carta que recibió de Grigórovich, en febrero de 1886, resultó una de las grandes satisfacciones de la temporada: “Tiene usted verdadero talento, un talento que lo coloca por encima de todos los escritores de la joven generación”.

Aun así, los altibajos son la constante. Se muda nuevamente de casa, esta vez al centro de Moscú, donde nuevamente las deudas lo llevan a empeñar algunas cosas y a pedir un préstamo al editor Leikin. Y sigue trabajando sin parar. Es una maquinaria literaria infatigable cuyo delicado engranaje, cada vez más perfecto, puede ser apreciado claramente en este segundo volumen de sus cuentos completos. No está aquí todavía la genialidad de “El beso” o “La dama del perrito”, pero sí relatos inolvidables como “La broma” o “Vanka”, porque desde luego ya está presente, en esa maduración rápida que él mismo se ha exigido y alcanzado, todo su universo característico.

Sus personajes, como dice Vlady Kociancich, “realmente viven como pueden. A los buenos y los malos, a los ciegos y a los lúcidos, a los poderosos y a las víctimas, se los lleva la corriente de la vida cotidiana, en la misma hojarasca de ambiciones, amores, alegrías y tristezas. Para todos sale y se pone el sol. Chéjov escribe sobre la vida sin mayúsculas. La vida descartable, escuálida o glotona que su cronista nunca juzga. Porque a pesar de toda la miseria que hay en la condición humana, que Chéjov vio y narró con sencillez, uno siente que nos quería”.

Es el afecto de un escritor hacia sus lectores, nacido de un compromiso que se parece mucho, por cierto, al periodístico. En la Rusia de finales del siglo XIX, no encontrar su cuento semanal debía producir algo cercano al desamparo. Ese día, la gente dejaba de saber algo importante sobre la vida.

 

ariel2001@prodigy.net.mx