Analecta de las horas

La puntada de la Academia sueca

Ahora ya podemos decir con certeza que lo que la Academia sueca busca es desconcertarnos, ponernos los pelos de punta, descolocarnos. Debe ser parte de un talento adquirido recientemente por estos eruditos, que recurren increíblemente al abandono de lo que todos esperaríamos que conocieran mejor: la excelencia en las letras.

Y como son más que maduros y memoriosos, no encontraron nada más moderno que Bob Dylan (que tocaba ya sus mejores rolas al despuntar los años sesenta) para dar rienda suelta a lo que hubiera podido pasar por una boutade juvenil (una puntada), de no ser porque se convirtió en su determinación oficial. Y así fue como abandonaron la “tradición” para alzar en sus hombros al autor de “Mr. Tambourine Man” y dejar perplejos a todos, lo mismo a los que esperaban que se galardonara a un escritor en serio, que a los admiradores de Robert Allen Zimmerman (a la gran mayoría de los cuales, siento decirlo, les tiene francamente sin cuidado el premio, su sentido, los que compiten por él y, más aún, lo que escriben).

Desde el año pasado —y de la mano de los apostadores— los notables de la Academia, comandados por su secretaria permanente, Sara Danius, buscan el Nobel fuera de las filas tradicionales. Primero fue Svetlana Alexiévich, un premio al periodismo testimonial y a la posguerra fría; ahora, sin más y por mucho que le den vueltas argumentativas, viene a ser un premio a la gran canción estadunidense y a su irregular poética.

El hecho es irrefutable y puede ya marcar una tendencia: uno es el premio Nobel que estamos esperando los que nos jactamos de ser lectores, buenos o malos, y otro, muy distinto, el que la moderna Academia nos depara.

Desde hace algunos años, la noche anterior a que se haga pública la decisión de quién será el Nobel, me la paso especulando sobre infinidad de posibilidades, nombres, obras, países, aspectos a tomar en cuenta con una Academia que muchas veces ha dejado de galardonar a lo más valioso, pero que otras tantas ha atinado.

En esta ocasión divagué hasta tarde creyendo que la Academia podía sorprendernos no con Philip Roth sino con alguien como Richard Ford, o que podría mirar hacia la obra de Mircea Cărtărescu; incluso, en un desvarío, pensé que me tendría que desdecir sobre por qué el Nobel no podía recaer de nuevo en un escritor latinoamericano (¿solo porque Vargas Llosa lo ganó hace poco?) y soñé, despierto, con que la Academia, sabia, ejemplar, volteaba hacia Ricardo Piglia. Qué ingenuo.

Jugué con muchas otras posibilidades, pero sabía que la mañana del jueves, cuando tuviera que comentar la noticia, lo más probable es que me enfrentaría a lo inesperado. Y así fue. Y de modo tan rotundo que no tuve que preguntarme ni siquiera si lo había leído, si lo conocía, si había oído hablar de él, si sus libros se encuentran en México, sino más bien si lo había escuchado. Y claro que lo había hecho, como millones y millones de personas en todo el mundo.

¿Es un gran músico? Sin duda. ¿Es un gran poeta? Lo dudo. Quizá (descontando las numerosas letras que ha escrito de la forma más inútil o aberrante) ha usado cierto tono poético hasta donde ha sido necesario y suficiente para su música. Y de las numerosas acusaciones de plagio que pesan sobre su trabajo, y que tanto lo enfurecen, mejor ni hablemos.

En todo caso, vender su obra poética completa va a ser un dolor de cabeza para los editores que se animen, porque tendrán que incluir no solo “Blowin’ in the Wind” (que todos celebramos) sino muchos llamados a misa y cantos al Señor que francamente son infumables, entre otras muchas mariguanadas que no le dicen nada a nadie.

Dylan es un gran músico, pero convertirlo en Nobel ha sido la mayor bufonada de una Academia que, por lo visto, está perdiendo el rumbo. Su decisión parece ser un capricho, un premio a la nostalgia que por lo visto fácilmente los invade: premian a un Dylan que tiene claramente muchas etapas (algunas muy sombrías y decadentes), pensando solo en el Dylan que acompañó a los jóvenes de los sesenta en sus movilizaciones frente al conservadurismo.

Por eso creo que tiene razón Irvine Welsh, quien grosera pero muy directamente da en el blanco: “Soy un fan de Dylan pero este es un premio de nostalgia mal concebido, arrancado de las próstatas rancias de hippies seniles y balbuceantes”.

En 50 años la música de Dylan seguirá escuchándose, pero no por ser Nobel. Sus libros (es decir, sus memorias y una novela que reto a cualquiera a leer con gusto) estarán en el olvido, lo mismo que las ediciones críticas y apuntadas de su “obra poética completa”. En cambio, en medio siglo, si la Academia sobrevive, seguirá cargando consigo innumerables decisiones erróneas como ésta (porque seguramente se va a seguir de frente en su lucha contra las tradiciones), además de las imperdonables omisiones que ha cometido a lo largo de su historia, negándole el premio por causas ideológicas o enconos académicos (los peores del mundo) a enormes escritores.

Si quisieron quedar bien con los millennials más reacios a la lectura, lo han conseguido; si quisieron ganar popularidad, también lo han hecho. Pero las letras dignas del Nobel y sus lectores se quedaron esperando.

ariel2001@prodigy.net.mx