Analecta de las horas

Basura editorial y derechos de los lectores

Lo difícil de hacer una lista de buenos libros no está en la posibilidad de dejar fuera varios, sino en no dejarse atrapar por las toneladas de libros que inundan el mercado con participación de editoriales hasta no hace mucho independientes.


Pasadas las necesarias polémicas —unas fructíferas y sugerentes, otras tercas y estériles— por las listas de los mejores libros del 2013, abrimos el año con los campeones de siempre: los best sellers. Y es que por más selectas y brillantes, finas y exquisitas que pudieran ser las listas de los críticos y periodistas culturales más exigentes, al final lo que predomina en la mayoría de los puntos de venta de libros del país son esos textos solamente ninguneados por el buen gusto de quienes vienen discutiendo sobre lo mejor y de mayor calidad.

Sobreviven como monstruos a cualquier saeta crítica, a cualquier golpe de la inteligencia literaria o académica: sus ventas, lo saben, no dependen de comentarios agudos ni de grandes hallazgos, sino de frases casi hechas (ese es el truco) que puedan parecer interesantes. Les tiene sin cuidado si no los lee esa capa de la población, muy delgada, que busca libros alejados de las convenciones más burdas del mercado. Por eso ellos siguen ahí en las librerías más importantes del país, ajenos por completo a la discusión de si en la lista de algún crítico faltó una novela de editorial independiente o un buen libro de historia o filosofía. Les menciono solo tres que dejan entrever todo lo que sí vende en serio en un país que no lee: Cincuenta sombras de Grey, de E. L. James; El manuscrito encontrado en Accra, de Paulo Coelho, y (por si faltaba más
penumbra a este paisaje) Cincuenta sombras más oscuras, de E. L. James.

Pero estos libros que puntean en el mercado y que no me voy a encargar aquí de maldecir (un deporte muy facilón de las élites intelectuales o de las que así se ostentan), anteceden a una verdadera masa de títulos con los que uno francamente no sabe a qué atenerse, si bien a mí me parecen mucho más peligrosos para la inteligencia y nuestras capacidades de valoración crítica. La gran mayoría de estas obras desde luego que no son best sellers, aunque quisieran serlo; se trata de una especie de plataforma sobre la que se erigen los que llegan a ser verdaderos megaventas.

Aquí debo aclarar que siempre me ha parecido un criterio falaz el rechazar una obra porque es exitosa. Si a esas vamos, ya podríamos irla emprendiendo contra Cien años de soledad o El guardián entre el centeno, lo que sería una locura. Pero sí creo indispensable advertir de nuevo, en este comienzo de año, que, como ya se sabe, el mercado editorial sigue lleno de basura.

Le preguntaron al escritor francés Daniel Pennac:

–¿Usted tira libros?

–¿Si los tiro? ¡Claro!

–¿Por qué?

–¡Porque son malos! La edición se convirtió en una industria. Antes era un artesanado. Esa industria produce literatura industrial. El 99 por ciento de lo que produce la literatura industrial es basura. No son productos manufacturados, es literatura y asuntos sentimentales, estereotipados. Eso se tira.

Si Pennac tiene razón, lo difícil de hacer una lista de buenos libros no radica tanto en la posibilidad (muy amplia, por lo demás) de dejar fuera varios de ellos, sino en no dejarse atrapar por las toneladas de libros que inundan el mercado con la participación cada vez más sumisa (siento decirlo) de editoriales que no hace mucho se presentaban legítimamente como independientes, porque hay que reconocer que algunos de sus títulos pueden ser tan malos como los de los grandes grupos, con la enorme diferencia de que no se venden (donde no vender no es sinónimo de originalidad o brillantez marginal, resistencia a los gustos dominantes o ejemplaridad estética).

Pero al hablar de todo esto creo que es importante no perder de vista los derechos de los lectores, que fue, por cierto, Pennac quien los enumeró en su libro Como una novela:

El derecho a no leer.

El derecho a saltar las páginas.

El derecho a no terminar un libro.

El derecho a releer.

El derecho de leer lo que sea.

El derecho al bovarismo (enfermedad textualmente transmisible).

El derecho a leer en cualquier parte.

El derecho a “picotear” (buscar libros, abrirlos en donde sea y leer un trozo).

El derecho a leer en voz alta.

El derecho a callarse.

 

Lo que pasa con estos derechos es que no le dicen a uno si lo que invocan es bueno o malo. Y creo que eso es lo más defendible de ellos. No son válidos si creemos que solo lo que leemos (unos cuantos, a veces) o lo que hacemos con los libros (nuestro método de lectura) es lo mejor o que es una obligación leer (atención, Peña Nieto), pero sin duda son legítimos. Además, creo que cada quien puede y debe hacer uso de ellos, si así le place, lo mismo frente a la basura que ante las listas de los críticos. De mucho les servirán.

ariel2001@prodigy.net.mx