Analecta de las horas

Bárbaros

La mayor tragedia del país es la educativa, lo cual es proverbial cuando no nos explicamos la brutalidad con que fueron desaparecidos 43 jóvenes, y también, desgraciadamente, cuando otros piden justicia con actos vandálicos o criminales.

Los acontecimientos ocurridos en Iguala, escalofriantes y terribles, nos han revelado en toda su crudeza la profunda crisis que vive la legalidad y el Estado de derecho en México. Todos lo hemos lamentado, y creo que todos sabemos que se trata de hechos inadmisibles que nos muestran nuevamente cómo en el país convive el peor atraso con algunos rasgos de modernidad siempre insuficientes.

Es, ni más ni menos, una prueba de fuego para las instituciones nacionales, y el propio presidente Peña Nieto lo ha reconocido. Es, en todo caso, uno de esos momentos después de los cuales las cosas no pueden ni deben quedar igual. Simplemente sería vergonzoso, como gobierno y como sociedad, que el caso Ayotzinapa se cerrara en la impunidad y sin llegar hasta las últimas consecuencias en las investigaciones; si tal cosa ocurriera, se estaría dando el mensaje de que solo podemos esperar que esos hechos se repitan una y otra vez.

No obstante, pasadas unas semanas en las que hemos visto de todo —usos y abusos del dolor ajeno; incompetencia oficial y oportunismo vulgar de montones de luchadores por los “derechos humanos”—, es preciso ver las cosas con más detenimiento. Y es que en el balance aparece también un evidente clima de confusión, versiones interesadas y, sobre todo, reacciones bárbaras que conviene no perder de vista para dilucidar qué es lo que está pasando realmente en nuestro país.

Lo digo porque si uno se atiene a ciertos medios, comentaristas y/o a lo que figura compulsivamente en parte de las redes sociales, pareciera que el Estado mexicano vive sus últimas horas (o debería estarlas viviendo). Así las cosas, junto a la catástrofe de un Estado incapaz de responder eficaz y puntualmente a los legítimos reclamos de las víctimas, que ya suman una masa de miles en todo el país (víctimas de secuestro, extorsión, robo, bandas criminales, caciques, narcopolíticos y el largo etcétera que todos conocemos), surge un ambiente preparado artificialmente para la protesta más irresponsable y acciones por lo menos tan ilegales como las que pretenden denunciar y supuestamente impedir que se repitan.

Quiero creer que después de los sucesos de Ayotzinapa, los que pusieron veladoras en el Zócalo con la frase “Fue el Estado” no sabían lo que hacían. Quiero pensar que en medio de su dolor e indignación, se les hizo fácil culpar al Estado —con mayúsculas— de un hecho que tiene como primeros responsables a las autoridades corruptas —ya en prisión— del municipio agraviado y, por supuesto, a sus correligionarios al frente del estado libre y soberano de Guerrero (y no hay burla, sino precisión en el recordatorio que hago de la soberanía de los poderes estatales, misma que, por ejemplo, obstaculiza el impulso firme de la reforma educativa en Oaxaca).

Lo que me cuesta trabajo creer es que en otros ámbitos, precisamente en los que, en teoría, tienen más contacto con la información, se repita irresponsablemente que “fue el Estado” y que justifiquen (o no condenen, buenas conciencias al fin) las atrocidades, actos vandálicos y criminales que los indignados por Ayotzinapa cometen casi a diario en los último días.

Que somos un país bárbaro, ni duda cabe. Basta mirar a sus muertos, torturados o desaparecidos para que esa realidad se constate; pero también basta echar un vistazo a los indignados violentos para confirmar esa condición bárbara. Lo uno y lo otro se entrelazan en forma penosa y
nos pone en el espejo más indeseable como nación: una donde con gran facilidad se añade horror al horror, y luego de la muerte siempre se busca más muerte.

Los indignados desde la comodidad de las redes sociales lo verán todo muy fácil, pero ya en el terreno de la quema de recintos partidistas, el Metrobús CU, la puerta principal de Palacio Nacional, congresos y otras instituciones, la cosa adquiere una dimensión sumamente peligrosa. Y a todos nos debería parecer profundamente irresponsable alentar o justificar este tipo de acciones que son sencillamente bárbaras.

Ser civilizado, dice Tzvetan Todorov, es reconocer la humanidad del otro; ser bárbaro es lo contrario. ¿Y por qué tanto desconocimiento y rechazo a la humanidad y derechos de los demás? Hay que recordarlo: la mayor tragedia del país es la educativa. Y eso es proverbial a la hora en que no nos explicamos la brutalidad con que fueron desaparecidos y asesinados 43 jóvenes; pero también, desgraciadamente, a la hora de ver cómo otros quieren hacer de esto una bandera que les brinde impunidad cuando piden justicia cometiendo actos vandálicos o francamente criminales.

ariel2001@prodigy.net.mx