Analecta de las horas

Atticus Finch se une al Ku Klux Klan

Ni el "ragtime" ni los duros tiempos que describe Doctorow le dicen nada al protagonista de "Ve y pon un centinela"; su alegato contra la injusticia se convirtió en el discurso absurdo e infame de un supremacista blanco.

La cantera de la literatura estadunidense del siglo XX, inmensa y rica, al parecer inagotable, nos ofrece siempre regresos y despedidas, renacimientos y balances. Por lo que hace a la vuelta de algunos autores, hace apenas unos días celebramos la llegada de una novedad de Harper Lee, una que ya estaba lista hace 50 años y que por distintos (y enigmáticos) motivos solo nos ha sido dada a conocer hasta hoy: Ve y pon un centinela (Go a set Watchman, Harper Collins, 2015), origen y continuación —todo a un tiempo, gracias a la petición de un editor— de Matar un ruiseñor (To Kill a Mockingbird, 1960). Me explico: el primer texto que Harper Lee llevó a su editor fue el que ahora conocemos como Ve y pon un centinela, pero al editor le pareció que la historia de los recuerdos infantiles que ahí aparecían merecían mayor despliegue. De ahí surgió Matar un ruiseñor, un best seller instantáneo que ocultó, por lo menos durante 50 años, al texto original, Ve y pon un centinela.

Así que la aparición de esta obra, que espera vender millones de ejemplares, tiene en principio una justificación hermosa y pertinente: la chispeante Scout, que había estado en Nueva York, después de muchos años regresa a su pueblito de Alabama a visitar a su padre, el noble, justo y ejemplar abogado Atticus Finch, quien protagonizó la defensa de un negro acusado de haber violado a una mujer blanca.

En el sur racista de la década de los treinta (y miren que todavía lo sigue siendo), una acusación de esa índole condenaba de manera automática a cualquier hombre “de color” (como estúpidamente aún dicen muchos medios) a la muerte. Sin embargo, he aquí que el gran Atticus Finch cree en la inocencia del acusado y emprende su defensa no solo con los recursos legales a su alcance, sino con una gran valentía y honestidad que le otorgan un valor moral insuperable.

Pues bien, Scout (llamada Jean Louise) regresa en los años cincuenta, cuando ella tiene 26, al mítico pueblito de Alabama donde tuvo lugar aquella historia y se encuentra con un Atticus Finch no solo artrítico sino con convicciones racistas, incluso capaz de asistir a los mítines del Ku Klux Klan.

Puesto que no he leído aún este libro, sigo aquí la alerta emitida por el crítico de The New York Times, Michiko Kakutani, quien recoge, por ejemplo, la pregunta que le hace Atticus a Scout: “¿Tú quieres a montones de negros en nuestras escuelas, iglesias y teatros? ¿Tú los quieres a ellos en nuestro mundo?”.

La polémica publicación de Ve y pon un centinela dará todavía bastante qué decir. Mientras tanto, muchos lectores en Estados Unidos ya acusan el impacto de saber que Atticus Finch (inmortalizado en la pantalla grande por Gregory Peck) también puede volverse contra los principios que alguna vez defendió (y que tanto se necesita seguir defendiendo hoy en un país que constantemente, en muchos sentidos, se redescubre sumido en la segregación y el racismo).

De cualquier modo, el de Harper Lee es el más grande regreso a la escena literaria de los últimos tiempos. Y en contrapartida, la despedida de E. L. Doctorow, fallecido el pasado martes, no tuvo toda la resonancia que merece. Su obra, menos popular quizás que la de Lee, pero sin duda más vasta y profunda, no fue suficiente para que se lo evocara en todas partes al momento de su partida.

Tan solo con Ragtime, que no admite segundas partes ni primeras intenciones fallidas, Doctorow pudo mostrarnos el complejo rostro de una nación como la estadunidense desde el mirador que ofrecen sus migrantes neoyorkinos al abrir el siglo XX.

En esas páginas maravillosas hace desfilar a Freud (diciendo: “Estados Unidos es un error”), Houdini, JP Morgan y hasta a Pancho Villa y Zapata, entre tantos otros que le servirán para un extenso mural en el que queda reflejada toda la miseria y grandeza del naciente imperio. Son los años del ragtime, ese género compuesto por diversos elementos entre los que no faltan las raíces negras; años del ragged-time (“tiempo rasgado”), años donde todo se construye y muchas otras cosas se disuelven.

Es un tiempo anterior al de Atticus Finch, pero con realidades muy parecidas: negros trabajando en plantaciones de tabaco o en las minas de carbón hasta 13 horas por seis centavos; niños negros laborando en las fábricas de conservas y en los molinos. Un tiempo rasgado, acuchillado, donde —escribe Doctorow— “cada año eran linchados cien negros. Cien mineros morían quemados vivos. Cien niños quedaban mutilados. Parecía que hubiera cuotas para todas estas cosas. Parecía que hubiera cuotas para las muertes por inanición”.

Pero ni el género musical —que tuvo como principal compositor a Scott Joplin— ni los duros tiempos que describe Doctorow le dicen nada al Atticus Finch de Ve y pon un centinela. Su gran alegato contra la injusticia se convirtió en el discurso absurdo e infame de un supremacista blanco.


ariel2001@prodigy.net.mx