Analecta de las horas

Arte, azar y robo

Vivimos la afortunada recuperación de diversas piezas y cuadros que fueron robados hace lustros o décadas; el atraco a los museos se ha multiplicado, aunque ahora las medidas de seguridad lo hagan cada vez más difícil.

Desde siempre, el mundo del arte ofrece notables hallazgos, grandes sorpresas y curiosidades sin fin. Sin embargo, nunca antes las habíamos conocido de modo tan inmediato como ahora, gracias, ya se sabe, a todo el nuevo paisaje mediático y los mil y un caminos entrecruzados que plantea. Podemos enterarnos on line de todo, pero lo nuevo más bien es que es imposible no enterarse.

Así que todo se precipita y ahora también es más fácil dar con un ancianito alemán, de modo de vida más bien austero, que resulta tener un modesto departamento repleto de obras de arte presumiblemente saqueadas por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial; ancianas que restauran, a su modo y como Dios les da a entender, obras de gran valor, como sucedió en España, para terminar siendo reivindicadas por las redes sociales y sus críticos como estrellas del art brut, y encontrarnos casi a diario con fraudes millonarios y falsificaciones diversas que nos recuerdan la delgada línea que divide la estafa perseguida judicialmente y la autorizada y alentada por las galerías y las casas de subastas. Al fin y al cabo los falsificadores abundan merced a la fiebre de los nuevos y viejos ricos por poseer ciertas obras de arte cuyo precio, como el de cualquier otra mercancía, se ha ido a las nubes debido a la demanda extraordinaria que generan.

Igualmente, vivimos una y otra vez la afortunada recuperación de diversas piezas y cuadros que fueron robados hace lustros o décadas. El atraco a los museos se ha multiplicado, aunque ahora las medidas de seguridad lo hagan cada vez más difícil. El siglo XX fue inaugurado en este terreno con el famoso robo de la Mona Lisa del Museo del Louvre, una historia que sigue fascinando por todas las vicisitudes que rodearon el caso, incluida la equívoca inculpación de Pablo Picasso y del poeta Guillaume Apollinaire. Por cierto, un poema de este, “Antes del cine”, vale también para repensar el lugar del arte en estos tiempos donde el espectáculo lo es todo:

Además esta tarde nos iremos

Al cine

Qué son pues los artistas

Ya no son quienes cultivan las Bellas Artes

No son los que se ocupan del Arte

Arte poética o música

Los artistas son los actores y las actrices

Si fuéramos artistas

No diríamos Cine

Diríamos Cinematógrafo

Pero si fuéramos viejos profesores de provincia

No diríamos cine ni cinematógrafo

Sino Cinema

También hay que tener gusto, Dios mío.

Cuando el carpintero italiano Vincenzo Perugia sustrajo la Mona Lisa (vestido como empleado del museo la tomó de la escalera Visconti y la sacó como si nada del recinto entre sus ropas), el mundo no estaba tan acostumbrado a este tipo de robos. La obra, como se sabe, fue recuperada más de dos años después, mientras el ladrón intentaba (en un gesto patriótico, adujo) vender el cuadro al director de la Gallleria degli Uffizi (sí, ese lugar donde ahora los turistas más “inspirados” se encueran para imitar a la Venus de Botticelli).

Entonces supimos que los grandes tesoros artísticos pueden ser robados, pero también que existe un buen margen de oportunidad de que sean recuperados (no le puedo atribuir un valor numérico a esta probabilidad, pero hasta en México, donde la impunidad tiene niveles bochornosos, muchas de las piezas robadas al Museo Nacional de Antropología en 1985, por ejemplo, fueron, en su oportunidad, recuperadas). Por supuesto, depende mucho de la actitud del ladrón, en cuyas manos está finalmente que la obra no sea destruida. Si todo marcha bien, si no hay mayores daños que lamentar, la pieza y sus dueños pueden tener ese chance.

La demostración más fehaciente y actual de esta posibilidad la dan dos cuadros, uno de Paul Gauguin (Fruits sur une table ou nature au petit chien, que puede alcanzar los 35 millones de euros) y otro de Pierre Bonnard (La femme aux deux fauteuils, de unos 600 mil). Robados en los años setenta, ahora reaparecen en un lugar por demás inesperado: colgados en la cocina de un empleado de la empresa Fiat de Turín. ¿Él los plagió? En absoluto. Es solo un trabajador italiano que tuvo el buen gusto de llevarse a casa, por unos cuantos euros, dos obras que fueron subastadas como objetos perdidos por una empresa ferroviaria.

La causa de todo es que los ladrones, que habían sustraído los cuadros de la casa de un coleccionista en Londres, viéndose acosados por la policía en un tren que viajaba hacia Turín, decidieron abandonar ahí los cuadros y poner pies en polvorosa. El azar, como estableció Borges, es “nuestra ignorancia de la compleja maquinaria de la causalidad”. La operación de esta, siempre harto intrincada, abre paso a lo que definimos entonces como casualidad, más fácil de entender, sin duda.

ariel2001@prodigy.net.mx