Analecta de las horas

Argentina: adiós al clan K

De ser derrotado, quedará clara la obsolescencia de un gobierno que quiso regenerar viejos discursos antiimperialistas para justificar su fracaso económico, legitimar prácticas autoritarias y convertir en demagogia los reclamos de la izquierda.

Mañana, si todo resulta como lo sugieren las preferencias abiertas por el sorpresivo proceso que ha obligado a una segunda vuelta en la elección presidencial argentina, el kirchnerismo será derrotado. Dejará el poder un clan familiar que tiene en la figura de Cristina Fernández de Kirchner su última y más vergonzosa representación; terminará una forma de gobierno sustentada en un populismo cuya devoción retórica por los pobres culminó en un notable incremento de los mismos, acaso como mecanismo perverso para multiplicar su clientela.

Más adelante se verá cuál es la verdadera situación del país sudamericano, otrora floreciente nación de envidiables clases medias; por lo pronto, las cifras oficiales de la miseria dejaron de producirse durante el gobierno de la señora Kirchner para "no estigmatizar", se dijo, a los más desfavorecidos, si bien todo mundo sabe que su número ha aumentado, lo que ha profundizado una grieta social desconocida en este país hace apenas unas décadas.

Lo que ocurra en Argentina este domingo es importante para toda América Latina porque muy probablemente estaremos viendo la salida de un gobierno que, sin ser de izquierda, subsumió a buena parte de lo que fuera ésta y (algo todavía más increíble) a su intelectualidad, tocada por un discurso reduccionista y maniqueo que, más que convocar su inteligencia, apeló en todo momento a sus sentimientos y anhelos (y claro, a no pocas de sus frustraciones).

El populismo que triunfó en 2003 y que consiguió dinásticamente prolongarse después de la muerte de Néstor Kirchner con su viuda en el poder, es uno que ya tuvo sus momentos estelares en países como Venezuela, aunque con resultados desiguales y también, por fortuna, con un daño diferenciado en la vida institucional. Mientras que en Venezuela todo se encamina abiertamente hacia la perpetuación del grupo chavista, que cree que puede controlar todo en nombre del pueblo, en Argentina el kirchnerismo no ha tenido más remedio que seguir ciertas reglas democráticas y jugarse en ellas su existencia.

Sin embargo, lo que sucede hoy es a regañadientes de un gobierno que se ha confrontado con los medios de comunicación que no le son favorables (recuérdese el caso de Clarín); que ha mantenido organizaciones fascistoides como La Cámpora, una suerte de falange kirchnerista inserta en toda la estructura gubernamental y que ha contaminado la cultura institucional de ese país; un gobierno que ha quedado bajo sospecha tras la muerte de Alberto Nisman, asesinado un día antes de que pudiera presentarse ante el Congreso para ratificar la denuncia que había hecho contra la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y miembros de su gabinete por encubrir a gente relacionada con el atentado terrorista contra la Asociación Mutual Israelita Argentina en 1994.

Un gobierno así —que por si fuera poco incumple sus compromisos internacionales y crea una leyenda negra para denominar a sus acreedores ("fondos buitre")—, al tiempo que genera inmensas corruptelas a la sombra de su poder (el mismo vicepresidente, Amado Boudou, acumula un total de diez causas penales en su contra), por supuesto que no quisiera dejarlo nunca. No obstante, está a punto de hacerlo, obligado por una sociedad que no cree más en la falacia de que defiende a los pobres mientras que el enriquecimiento ilícito es la norma de sus principales funcionarios.

De darse mañana la derrota del clan Kirchner, quedará clara para toda América Latina la obsolescencia de un gobierno que quiso regenerar viejos discursos antiimperialistas para justificar su fracaso económico, legitimar prácticas autoritarias para mantenerse en el poder y convertir en vil demagogia todos los reclamos que alguna vez la izquierda hiciera suyos.

El régimen del que están por despedirse los argentinos hizo del populismo más desaseado su columna vertebral. Hacer de los pobres la inmensa clientela que lo mantuviera en el poder fue y es el peor proyecto que el peronismo (ahora en su forma más distorsionada: el kirchnerismo) pudo abrazar.

El gran historiador Tulio Halperin Donghi escribió en 1963: "Argentina sigue eligiendo como objeto de sus ilusiones la imagen rediviva de un pasado que juzga mejor que su presente". Así ha sido por mucho tiempo. Pero lo cierto es que esta nostalgia (que ha sido "el sentimiento dominante en un país que se resiste vigorosamente a entrar en la historia contemporánea", como escribía también Halperin Donghi) ha quedado exhausta en los últimos años.

La lección quizás sea clara: Argentina no será ya "granero del mundo", ni potencia estanciera, ni paraíso peronista de los trabajadores. A la gran nación argentina le queda solo su esfuerzo de hoy, su enorme capital intelectual, la valía de su gente, pero sobre todo su decisión de dejar atrás el pasado, la voluntad de construir un futuro que no dependa de milagros ni de redentores.

Mañana se verá.

ariel2001@prodigy.net.mx