Analecta de las horas

Ai Weiwei: el arte y la palabra

Como muchos otros, el disidente chino sabe cuál es la realidad de su país y la ha denunciado, lo que le ha costado prisión, censura, golpes, multas y hostigamiento.

La exposición Círculo de animales/ Cabezas de zodiaco, que por estos días se presenta en el Museo Nacional de Antropología, es una gran oportunidad para acercarnos no solo a la obra del artista chino Ai Weiwei, sino también a su pensamiento y trayectoria disidente, gracias a la simultánea publicación en español de su libro titulado Weiwei-ismos (Tusquets, 2014).

Múltiples eran, sin embargo, las noticias que nos llegaban de este creador desde hace algunos años, puesto que su persecución y los notables gestos con que él la ha enfrentado han ganado importantes espacios en internet, las redes sociales y la prensa internacional. Incluso se habría podido sospechar que más (o menos) que un artista estábamos frente a un propagandista enemigo del régimen de Pekín, pero su obra, antes expuesta en espacios como la Tate Modern, de Londres, y en los museos Martin Gropius Bau, de Berlín; Brooklyn, de Nueva York, y ahora el Nacional de Antropología, permiten verlo como un gran artista simplemente comprometido con los derechos y libertades individuales.

Al lado de su manifiesto artístico hay uno político que ahora conocemos en español gracias a la publicación de sus Weiwei-ismos. “Junto con su arte —dice Larry Warsh en el prólogo—, Ai Weiwei emplea la palabra escrita para exponer el enorme abismo entre el uso del lenguaje por parte del gobierno chino y sus acciones autoritarias. Con sus propias expresiones y modismos cuidadosamente elegidos, Ai Weiwei hace responsable a China ante su pueblo y ante la comunidad mundial. Para él esta es una ‘guerra de palabras’ y sus propias palabras —dichas, escritas o tuiteadas— son como ‘una bala salida de un cañón’. La habilidad de Ai Weiwei para hacer de una frase breve una aseveración de tipo cultural se ha ganado la admiración académica y crítica como una forma de arte en sí misma”.

Al respecto, es obvio que el artista recoge una tradición milenaria en la que las sentencias breves contienen una gran fuerza. De ahí su admiración por el Twitter y hasta su reconocimiento de que fue el presidente Mao —gran timonel del totalitarismo que hoy padecen los chinos— el primero en emplear el Twitter (“Todas sus frases están dentro de los 140 caracteres”). Pero en realidad los pensadores y hombres de Estado chinos parecen haber nacido predispuestos para el Twitter: Confucio, Lao Tsé y Mao comparten, aunque en muy distintas direcciones, el uso breve y contundente de la palabra.

Dentro de esa tradición toca el turno a un artista contemporáneo (uno de los mejores) abordar los asuntos que más importan al pueblo chino: la situación de sus derechos y libertades. Y todo sucede en un contexto internacional en el que las exclamaciones de admiración hacia el potencial económico de China soslayan las más de las veces la dramática ausencia de toda forma de vida democrática. “Debido a la crisis económica —dice Ai Weiwei— China y Estados Unidos están juntos. Se trata de un fenómeno absolutamente nuevo y nadie se volverá a enfrentar por una ideología. Son puros negocios. ¿Qué importa que crezca la economía china cuando no existen las garantías elementales para sus ciudadanos?”.

La batalla que libra entonces Ai Weiwei es no solo contra el gobierno chino, sino contra esa “buena imagen” cultivada en el exterior por los nuevos ricos que compran arte como viciosos, el repunte de sus indicadores macroeconómicos y evidentemente por su peso geoestratégico.

Pasadas todas las ilusiones que pudo generar en un momento dado la revolución comunista, China representa hoy lo peor del capitalismo (la superexplotación representada puntualmente por las llamadas “camas calientes” de esas fábricas-dormitorio donde los trabajadores dedican su vida a la productividad que tanto se le festeja al país asiático) y lo peor del comunismo (sin libertad de prensa y bajo el control omnímodo del Partido Comunista).

Como muchos otros, Ai Weiwei sabe cuál es la realidad de su país y la ha denunciado, lo que le ha costado prisión, destrucción de su estudio, censura, golpes, multas y un incesante hostigamiento. Pero su convicción es clara: “Todo es arte. Todo es política”, como reza la contraportada de su libro.

Cuando el gobierno chino, como represalia, le exigió pagar unos impuestos, las muestras de solidaridad no se hicieron esperar. “Hubo cientos de mensajes conmovedores. La gente envió dinero proveniente del salario de su primer mes. Otros decían: ‘Este es el pago de mi jubilación, tómelo’, ‘Este es el dinero para mi siguiente par de zapatos, tómelo’. Para mí fue muy importante ver y oír estas cosas. Lo normal es que no notes la calidez, el humor, el cuidado y la generosidad de la gente cuando escribes en un blog. Sientes tan solo que avanzas por un túnel oscuro y que estás solo”.

Pero hasta ahora, el arte y la palabra de Ai Weiwei se han sobrepuesto a todos los obstáculos. Probablemente pierda algunas batallas, pero tiene asegurado el porvenir.

 

ariel2001@prodigy.net.mx