DE RAÍCES Y HORIZONTES

Espectáculo

Son las nueve de la mañana, estoy en una calle de Saltillo, Coahuila. Debo caminar unas cuadras y el tránsito vehicular me impide cruzar la acera. Me siento como perro en el periférico.

Continúo por la misma calle en la ciclovía, mientras espero no ser arrollada por ciclistas, que por fortuna, no se presentan durante mi paso. Avanzo por el mismo lado de la carretera. Camino al lado de unos enormes pinabetes, a decir verdad, de los pocos que recuerdo en la capital.

Están en plena floración, sus ramilletes claros contrastan con el verde triste de los árboles. Son pequeñas flores blancas abombadas, con una corona de pistilos cafés.

Parecen espigas unidas en espiral a un mismo tallo, son fuertes y delicadas. Descubrí que se convierten en hogar efímero de la mariposa monarca. Muchas de ellas, todas pequeñas, se posan en las flores y comparten espacio con abejas.

Se detienen durante algunos minutos y cambian de ramillete. Es hermoso verlas juntas, en silencio; vuelan, descansan, ocupan las orillas de las flores. Aletean sobre mi cabeza, adornan el cielo. Imagino estar en uno de los Santuarios de la mariposa monarca de Morelia Michoacán o del Estado de México.

Recuerdo su maravillosa travesía de más de cuatro mil kilómetros, desde Canadá hasta nuestro país. Se deslizan solo con su instinto, con el mapa tatuado en los genes. Durante su estancia en México, de octubre a marzo sobreviven solo con agua y néctar de la flor algodoncillo.

Administran sus reservas de miel consumidas antes de emprender el largo viaje. La cuarta generación de la mariposa monarca es llamada Matusalén, ya que puede vivir hasta nueve meses, de las más longevas de su especie. Su nombre es en honor a la monarquía, porque las pupas tienen una corona. Estas reinas necesitan protección de su casa: Canadá, Estados Unidos y México.

Una especie nada frágil, que con medio gramo nos ilumina, nos adorna y nos enseña su capacidad de adaptación a los cambios. Gracias a los numerosos autos que me impidieron cruzar la banqueta. Sin ellos, no hubiera atestiguado este bellísimo espectáculo. 



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