DE RAÍCES Y HORIZONTES

Aviario Lira

Recientemente visitamos mi hija Jimena y yo el Aviario Lira, en Torreón. Después de varios intentos de convencerla, decidió acompañarme, sin entusiasmo. Las instalaciones por fuera son sencillas, lo que aumentó el desánimo de ella, aunque sus pies se encaminaban hacia la taquilla. Una vez adentro, le cambió el semblante.

Con interés empezó a recorrer las jaulas con aves de diferentes partes del mundo. Observamos más de ochenta especies, provenientes de diferentes puntos de nuestro país, así como China, África, Australia y la Patagonia, entre otros.

De México, exhiben la guacamaya roja, el pavo celado, la codorniz escamosa y el guajolote silvestre. Fue interesante ver plumas, picos y cuerpos tan variados en este espacio de recreación para los laguneros y visitantes.

Por cierto, es el único en su tipo en esta región, iniciativa de la familia Lira. Ellos durante años obtuvieron especies para su propia familia y cuando tuvieron una cantidad considerable, acudieron con el alcalde Miguel Riquelme, de quien recibieron apoyo para lograr que el aviario se abriera al público. Familias enteras acuden a este sitio, en el cual los niños y los no tanto, se sorprenden ante la exuberancia y belleza de los pavorreales.

Hay tres diferentes especies, el común con sus característicos tonos verde, azul, gris y blanco; el pavorreal blanco o el cameo, con tonos marrón. Recordemos que en las aves, los machos poseen mayor belleza que en las hembras, con lo que se protegen de depredadores y se conserva la especie.

Siempre sorprende ver un pavorreal con su hermoso plumaje abierto, en preámbulo al cortejo. Uno de los mayores atractivos está en el área central. Hay jaulas que exhiben unos pequeños y graciosos changos.

Son inquietos y están acostumbrados a convivir con las personas. Por una simbólica cantidad, puedes acercarte a las jaulas y alimentar a estas bonitas especies. Puedes tocarlos y sentir sus manos diminutas tomar la comida de tu mano. A mi hija y a mí nos encantó esta experiencia y deseó un chango.

Al terminar el recorrido, me confesó: “No quería venir porque pensé que eran tres cuartos pequeños con veinte pájaros.  Pero la verdad, sí me gustó”. 


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