Desde Sandua

El poeta economista que soñó con Tracy

El poeta mexicano Amado Aurelio Pérez (Guadalajara, 1954) ha transformado su poesía desde la clasicidad hacia la modernidad. En su texto “Anoche soñé con Tracy”, que le da título a un conjunto de poemas y que inicia un poemario tripartito titulado Tretriti, muestra en su poesía más reciente una frescura y desparpajo que no figuraba en sus libros anteriores. Define a Tracy como “delgadísima, engaño de fragilidad. / Tracy es un lápiz en pleno mediodía./ Un tiro de pistola, un murciélago de enciclopedia / (…) Una joven como yo, / víctima de adolescencia visceral”. Aparecen personajes del mundo cultural como Amy Winehouse, John Coltrane, Lucas Cracach, Van Gogh o Baudelaire, entre otros. Posee un dominio muy personal de las imágenes, como cuando escribe: “Fantasmas entumecidos en mi miedo irracional” o “la poesía es una chica fraudulenta”. En la voz de Amado Pérez hay un deje de nostalgia, de frustración con cierto tono de humor, un aire romántico trasnochado, como si su tiempo hubiera pasado y volviera emocionado a él para comprobar que su tiempo estuviera intacto, anclado a su memoria de otra época.

Cuando se pregunta por qué escribe, él mismo se contesta: “Escupo letras por callarme,/ por purificar mi boca / por arrancar de raíz mis alas. / Soy el caudal de mi sangre,/ la cimbra de polvo y luz / que ahuyenta todos los misterios”. En el poema “Lejos del manantial de los ecos” dice que “ignora, que un verso es el residuo / de décadas y décadas de versos encendidos”. Es decir, que la poesía no es fruto de la casualidad o de la inspiración espontánea, sino del deseo de expresar lo inexpresable, de sacar lo más hondo del alma para nombrar las cosas con sus verdaderos nombres, para nombrar a los dioses “y cree que un verso / es un dios previsible por eterno”.

En Espejo y abismo (Saeta. Guadalajara, 1986), su escritura es más sintética, con menos adjetivación y más esencialidad, pero lo que gana por un lado lo pierde en frescura y espontaneidad. Por eso me interesa más su poesía posterior a este libro. Aquí el pensamiento predomina. El poemario se divide en siete partes. Son versos más secos, menos musicales, en los que narra este economista convertido en poeta sus intimidades a través de reflexiones, donde trata temas como el amor, la muerte, la vida, el sufrimiento y la noche ocupa un lugar importante. A veces se acerca al verso coral, donde utiliza la primera persona del plural: “Inventaríamos la lujuria./ Conversos del respiro: / hermanos todos”.

Abunda en este libro un tipo de poesía social, que se transforma al ritmo de un aire filosófico, en poesía íntima y reflexiva: “Se respira un aire salinoso /con la humedad propia del tiempo. / Es grito enclaustrado/ asfixia de reclamo dolidamente secretos: / la misma soledad de cada día / alimenta estos cuerpos / puestos a secar en el olvido”.

Su poesía escrita en los años 80 es más austera, más concreta y ha evolucionado hacia una poética más fresca, más joven, menos redundante. Si lo anterior está relacionado con Lezama Lima como fuente alimenticia, con su máscara y río, grifo de los sueños, la posterior es más moderna, aunque posea elementos culturalistas en una medida no exagerada. Los abismos de unos párpados negros se transforman en una especie de grafiti gótico que todo lo inunda, con la excusa del engaño, de la fragilidad de Tracy, esa joven, víctima de adolescencia visceral a la que me referí al principio. Estamos, pues, ante un poeta con un cauce irregular que fue adquiriendo, con el paso de los años, una voz mexicana propia.

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