Articulista invitado

‘El Quijote’: una tradición universal de valores

El autor explora cómo la obra de Cervantes, sin pasar inadvertida a la mirada de los críticos, no ganó muchos adeptos en sus primeros tres siglos. Puede decirse que no hubo en su momento escritor grande en España que no lo denostara.


Decía un crítico que todos nos sentimos ya no con el derecho, sino con la obligación, de hablar del Quijote. Y efectivamente desde la publicación de su primera parte, el 16 de enero de 1605 en los talleres de Juan Cuesta, la “nueva categoría estética que supuso —al decir de Menéndez Pelayo— un nuevo tipo de insólita y extraordinaria belleza” no pasó inadvertida a la mirada de los críticos, aunque no siempre en el sentido laudatorio al que estamos acostumbrados sino, más bien, en tono de burla y enconado desdén. Puede decirse que en sus primeros tres siglos de vida no hubo escritor grande en España que no lo denostara: Góngora, Gracián, Calderón de la Barca, Lope de Vega y Quevedo no tuvieron para Cervantes y su adalid castellano mas que flechas envenenadas de sorna. Oigamos en representación de todos ellos a Tirso de Molina en su La fingida Arcadia de 1621:

 

Miren aquí que provecho / causan libros semejantes / después de muerto Cervantes / la tercera parte ha hecho / de Don Quijote / ¡Oh civiles pasatiempos de estos días! / Libros de caballerías / y quimeras pastoriles/ causan estas pesadumbres, / y, asentado escuela al vicio, / o destruyen el juicio / o corrompen las costumbres.

 

Por si alguien dudara, oigamos también un fragmento del Testamento de Don Quijote de Quevedo:

 

…Aquí yace Don Quijote / el que en provincias diversas / los tuertos vengó y los bizcos / a puro vivir a ciegas…

 

…Mi lanza mando a una escoba, / para que puedan con ella / echar arañas del techo, / cual si de San Jorge fuera…

 

El siglo de las luces también fue hostil al Quijote. No fue sino hasta la multiplicación de traducciones a otras lenguas, que el romanticismo acogió al caballero de la triste figura como a un niño desvalido en la tormenta. Fue entonces cuando la epopeya tragicómica de un loco que gastaba bacinicas oxidadas a manera de yelmo, recibió la aprobación casi unánime de Europa. Víctor Hugo en Francia, Coleridge y Wordsworth en Inglaterra (¡cuánto le debe Laurence Sterne al hidalgo!), Goethe y Shopenhauer en Alemania y, sobre todo, Turguéniev en Rusia, volcaron su mirada sobre el caballero andante y sus alucinada aventuras.

Pero no fue sino hasta el siglo XX cuando los milicianos de la generación del 98 vieron en el Quijote la encarnación mítica y mística de lo español” (Luis Cernuda). Sin embargo, en los fastos conmemorativos de su tricentenario no todo fue algarabía. Con la reciente pérdida de Cuba y Filipinas, la agotada y deshecha España necesitaba descansar los ojos de tanta conquista y grandeza colonial. Voces se levantaron alegando que la pérdida de las últimas colonias se debía a que habían sido muy “quijotescos”. Esta coyuntura desató la ira de un valiente crítico, Ramiro de Maeztu, último enemigo del Quijote, que había residido en la Habana y resentido especialmente el descalabro, y que consideró la obra de Cervantes como un funesto libro de decadencia que hizo daño a España y a los españoles. Le parecía que el Quijote hurtaba y ridiculizaba lo que tendría que ser más caro a una sociedad: los ideales, las ilusiones, lo que se necesita —decía— no es desencantar sino volver a sentir un ideal, si no, en esta cura de reposo y limpios de ilusiones, no seremos más que una mujerzuela flaca y tornadiza que se deja seducir por quienquiera que sepa sonar bien las espuelas y arrastrar el sable.

Naturalmente Maeztu no fue comprendido, aunque en el fondo no hiciera más que reproducir la tradición crítica del siglo de oro: ninguno hay tan malo —decía Lope de Vega— como Cervantes ni tan necio que alabe a Don Quijote. En plena fuerza y vigor, la llegada del ingenioso hidalgo fue tenida por una calamidad que amenazaba la grandeza de España, el propio año de su aparición, Luis de Góngora escribió: Parió la Reina, el luterano vino…/ Quedamos pobres, Lutero rico / mandáronse escribir estas hazañas / a Don Quijote, a Sancho y su jumento.

Fue en este vórtice como el flaco rocín y galgo manchego se impuso, orinal a la cabeza, como canon de la literatura castellana. ¿Pero cómo oficiar tal prodigio? ¿Cómo trasformar a un loco relegado por la tradición como desecho vulgar, una lastimosa y ofensiva parodia, ni más ni menos que a la categoría de modelo de todo el gigantesco caudal de maravillas de las letras españolas? Miguel de Unamuno, rector por esos días de la Universidad de Salamanca, encontró la fórmula que cuadraba el círculo, desdobló al autor de su criatura, maldijo a Cervantes como lo habían hecho antes todos los grandes y santificó al caballero andante en su libro Vida del Quijote y Sancho, para concluir maliciosamente que muy probablemente el autor de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha no fue Cervantes sino, como él mismo reconoce, el moro Cide Hamete Benengeli. Con esta dudosa alquimia se terminó de echar, como dijo Joaquín Costa, doble llave al sepulcro del Cid.

Desde su transfiguración en canon, el Quijote no ha dejado de crecer. Pero quizá no esté todo dicho y las perplejidades en que hunde a sus lectores sigan vigentes. El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, nos sigue interpelando desde sus centenarias páginas con preguntas sobre la condición humana. La vida —se pregunta Azorín en La ruta de don Quijote¿es una repetición monótona, inexorable, de las mismas cosas con distintas apariencias?, o el mundo es una permanente agitación donde las cosas padecen una embriaguez natural que hace que la misma constancia no sea sino movimiento más lento. Solo los locos, aunque parezcan cuerdos, juzgan por la sola apariencia, don Quijote nos invita a bajar con él a la cueva de Montesinos y ver las cosas por dentro, para enseñarnos que hay otro tipo de cordura más elevada que la del progreso y la técnica, una, llamada por algunos “sabiduría”, que tiene su sede en lo escondido. ¿Qué no es la técnica, acaso, el gigante escondido que disfrazado de molino, nos ahoga y arrastra cada día? Quizá valga la pena hacer ese viaje a la vuelta de las cosas, para descubrir que tras esta mascarada de prodigiosa multiplicidad se esconde el misterio del mundo. Pero quizá valga la pena también levantar al menos uno de los sellos del sepulcro del Cid, no para avasallar  y conquistar, sino para redescubrir una larga tradición de altos valores humanos de dignidad, porque —me pregunto— ¿qué no será don Quijote el propio Cid Campeador, enloquecido ante el triste teatro inconsistente de sueños perdidos?